Los asesores de campaña en general, e Iván Redondo en particular.

Teniendo como tienen tanta fuerza los asesores de imagen y más específicamente los asesores de campañas electorales, me formulo una pregunta:

¿Podría un asesor, depositario de tantos conocimientos, presentarse como candidato y ganar unas elecciones?

Creo que no. Es cierto que en la Europa actual hay o ha habido mandatarios atípicos que vienen del mundo de los negocios, y también del histrionismo y de la farándula, pero no conozco a ninguno que venga del gremio de los asesores.

Un asesor es otra cosa. Analiza situaciones, prepara ambientes conoce técnicas y estrategias, y entrena a su pupilo a mostrar su mejor imagen, a conocer dónde están los charcos para no pisarlos, y a identificar cualquier elevación del terreno, por pequeña que sea, para que pueda subirse a ella y parecer ser más importante de lo que realmente es.

Pero un asesor no tiene porqué ser experto en gestión. Si tienes un cargo importante en una multinacional, le puedes contratar para que te ayude a ser director de la empresa, y posiblemente lo conseguirá. Pero los roles están muy definidos. Tú no sabes cómo llegar a la dirección, pero sabrías dirigir la empresa. Él sabe cómo ayudarte a conseguir el puesto, pero no sabría dirigirla.

Las cosas son como son. Yo he seguido a Iván Redondo cuando ha sido llamado por algunas televisiones para que hiciera análisis de situaciones políticas y predijera posibles alternativas, y siempre me ha convencido. Creo que es muy bueno en su trabajo.

Pero un asesor de campaña, Iván Redondo en este caso, no hace política ni confecciona programas de gobierno. Es una especie de manejador de guiñoles que prepara escenarios, viste a sus marionetas, estudia sus movimientos, programa las entradas y las salidas a escena, y hasta les da voz.

Y creo que Iván Redondo ha hecho maravillas con Pedro Sánchez, pero me da la impresión de que ha llegado hasta donde podía llegar con el personaje.

Se nota una buena mano desde que trabajan juntos. Ha potenciado su imagen física, que ya era buena, y corregido tics y vicios en su dicción o su lenguaje corporal. Le ha enseñado a enfatizar palabras dentro de las frases o frases dentro de un discurso.

Pero Iván no puede subir al estrado del congreso, por ejemplo, y hablar en nombre de su pupilo, ni apuntar las palabras al oído como hacen los “versaors” con el “cantaor” de nuestras maravillosas “albaes”.

La parte marioneta  de los personajes públicos no está sujeta por ningún hilo a sus asesores, y es ahí donde se ven los límites de cada uno.  Una  vez que salen al escenario están solos y sus palabras, sus reacciones, sus gestos, su lenguaje corporal, pueden ser imprevisibles.

Repito que Iván Redondo es un personaje que me ha intrigado porque me interesaba saber hasta dónde podía llegar con su pupilo. El otro día le vi con gesto concentrado, preocupado diría yo, en la tribuna de invitados del congreso, detrás de nuestro desconcertante Ximo Puig y, cuando terminó la sesión y las cámaras siguieron al presidente en funciones encaminarse  al coche oficial, era él el que iba junto a Pedro Sánchez en un segundo plano.

Porque el problema real, insalvable, de Iván Redondo, es que Pedro Sánchez no es un buen político, y como siempre se dijo, “lo que natura non da Salamanca non presta”.

Pedro Sánchez es un gran luchador, tiene una tenacidad a prueba de fuego y no se rinde nunca. Pero no es un buen político. Nunca lo ha sido. Ni tampoco es un buen parlamentario. Es un hombre capaz de decir una cosa y casi la contraria en la misma sesión y, lo que es más grave, no inspira confianza.

Pedro Sánchez no “enamora” como lo hizo Suarez, o Felipe González. Ni tampoco tiene la consistencia de Fraga o de Aznar.

La historia de Pedro Sánchez se puede escribir por sus desencuentros. Nunca se ha llevado bien con nadie porque no es un buen negociador, y porque no soporta críticas ni consejos. Quiere jugar al líder, y tiene muchas de sus cualidades, pero le faltan muchas otras entre las que están saber rodearse de personal “crítico” porque, en el fondo, no tiene la habilidad necesaria para resolver situaciones complicadas, ni  para vencer objeciones.

Desmontó el PSOE histórico para que no le hicieran sombra algunos varones del partido, especialmente los territoriales. Rompió todos los vínculos con el PP con su famoso “no es no”, cuando por mucho que hayan salvado las apariencias siempre han mantenido canales de comunicación eficaces,  y ha “trasteado” a Podemos en faenas de alivio que solo le salieron bien en la moción de censura pero que, a la larga, les ha hecho ver que el presidente en funciones no es de fiar.

La realidad es que en todas sus maniobras ha primado su beneficio personal, a costa de romper la trayectoria histórica de un partido centenario y su tradicional democracia interna. Hablo de un partido que siempre facilitó el aporte de ideas de sus “corrientes”, y que permitió disidencias internas tan importantes como la de Izquierda Democrática.

Y que una vez conseguida la Secretaría general del PSOE, se ha impuesto en el partido por pura autoridad y por el temor de muchos de “no salir” en la foto si se movían. Y ese escenario de disciplina y temor  es el que ha primado a la hora de decidir sus ejecutivas o sus consejos de ministros. Pocas voces autorizadas, muchos “siseñores”.

Pedro Sánchez es un gran superviviente, el mayor que he conocido, pero no es un buen político. Y, como decía, eso no se lo puede enseñar Iván Redondo.

Y se ha evidenciado muy claramente en la moción de censura, en la que utilizó a Podemos, porque ni tuvo intención de permitirles entrar en el gobierno, ni supo encontrar alternativas que les resultaran convenientes.

El señor del “no es no” ha tratado de convencer al PP y a Ciudadanos de que tenían la obligación de abstenerse en la investidura sin ofrecer absolutamente nada a cambio, y con los únicos argumentos de que era “el partido más votado”, que era “el propuesto por el Rey”, o que tenían la obligación de hacerlo si no querían que el gobierno “cayera en manos” de los separatistas o los herederos de los terroristas.

Argumentos pueriles que no vale la pena analizar por su absoluta inconsistencia. Ser político, negociar, no es lanzar frases de cabecilla de patio de colegio, sino buscar lugares comunes, aunque sean pocos, y alcanzar consensos de mínimos,  pero ni lo ha intentado. O no le sale, o simplemente no sabe.

Seguro que Iván Redondo ya se ha convencido de que Pedro Sánchez ha llegado a su techo y no tengo idea de lo que piensa hacer. Puede que esté sopesando una retirada estratégica en el convencimiento de que el proyecto no tiene futuro. Si no consigue la investidura porque no la consigue. Si la consigue porque no podrá gobernar, y si vamos a nuevas elecciones porque nunca conseguirán mayoría absoluta y será una vuelta a empezar en la que no solo la imagen del líder, también la de sus asesores, saldría muy perjudicada.

Y él no puede permitirse el lujo de asociar su trayectoria ala de Pedro Sánchez. Es un profesional que también ha trabajado para algún líder del PP y que, quien sabe, mañana puede estar asesorando a Macron en Francia o a Izquierda Republicana de Cataluña, por poner casos extremos.

Estamos terminando el mes de julio y no tengo varita mágica, aunque me aventuraría a aventurar un cambio en las prioridades del buen asesor.

Aunque también puedo equivocarme, porque cada vez entiendo menos a la sociedad actual y a las personas que la componemos.

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Las elecciones de 2019 y la oportunidad de los resultados

Estaba revisando los resultados de las últimas elecciones, generales, europeas, autonómicas y locales, y creo que pueden suponer una oportunidad  para el país, teniéndolo como lo tenemos y estando en la situación en la que estamos.  Me temo que nuestros sabios dirigentes no harán lo que a mí me gustaría, pero ¡quién sabe!

Lo disperso de los resultados y la falta de mayorías permitiría una composición como esta:

El partido socialista, al que  todavía llamo Partido Sanchista Obrero Español porque no le identifico con el ideario del PSOE histórico, consiguió la mayoría en votos, pero solo 123 escaños. Esta situación le proporciona una relativa seguridad para gobernar, pero no sin recibir serias dentelladas en todo el cuerpo, y manteniéndose en esa posición ambigua y contradictoria tan perjudicial para la imagen del presidente.

Pero, gracias a la situación actual, creo que tiene soluciones que le permitirían  rectificar alguna de sus actitudes más controvertidas y cambiar su perfil por el de un gobernante más al uso.

Para ello, en primer lugar, debería recuperar la confianza de los sectores marginados del PSOE, (algunos de su “barones” han conseguido mayorías absolutas en su comunidades), y nombrar un gabinete con ministros con la suficiente personalidad para plantearle alternativas y algún que otro desencuentro, como ha ocurrido con todos los gobiernos de calidad desde la transición.

No como hasta ahora, que se ha rodeado de figuras que representaban un papel, diseñadas por un asesor de marketing para visualizar que el presidente respeta a colectivos muy variados, y con acusada tendencia al “si bwana”. Un gabinete “bonito” y sumiso al “ordeno y mando”.

Y si quiere romper el nudo gordiano con el que nos han atado los independentistas y la extrema izquierda, ahora tiene la oportunidad. Buscar una alianza sólida con Ciudadanos, a pecho descubierto, incluida la entrada de miembros de este partido en su gobierno.

Como decía, le daría una imagen de mejor estadista en España y en Europa, tendría mejor aceptación en el mundo empresarial, y facilitaría la negociación de acuerdos con el PP en los temas de estado que tenemos pendientes.

Evidentemente esta decisión supondría una mayor enemistad de los independentistas, que ya son sus enemigos como lo son de todos  nosotros, y el cabreo de Podemos. Pero Podemos tampoco es ni ha sido nunca un aliado claro del PSOE porque su objetivo es ocupar su lugar en el espectro político.

Ciudadanos, mejor dicho su hiperactivo líder, porque este es un partido claramente presidencialista, podría desempeñar por primera vez un papel importante en España si accede a llegar a acuerdos con el PSOE en una alianza de gobierno, y con el PP en los gobiernos locales y autonómicos donde estos partidos tenga mayoría de votos.

Su inclusión en el gobierno le daría visibilidad, le aportaría experiencia en gestión de mucho nivel, abandonando el toreo de salón al que nos tienen tan acostumbrados, y ayudaría a moderar alguna de las posturas más radicales de Pedro Sánchez.

Y, como decía, debería llegar a acuerdos con el PP para apoyarse mutuamente las listas más votadas de ambos partidos en las comunidades y los gobiernos locales. De esta forma podrían  tener presencia real en toda España y cambiar su imagen de partido inútil desde el punto de vista de la inoperancia de sus votos.

En cuanto al PP, que ha amortiguado lo que parecía una caída libre, con estos resultados tendrá tiempo para reconsiderar algunos de sus planteamientos, ajustar mejor su ideología de centro derecha, y definir sus objetivos como partido de gobierno.

Que son estos fundamentos, y no el nombre de determinadas personas, por muy brillantes que sean, los que deben cimentar su futuro y dar confianza a sus electores.

Son las figuras estelares del pasado reciente, esas que “querían” tanto a su partido, las que lo han hundido abandonando el barco cuando han perdido protagonismo político, cuando se han aprovechado de sus puestos con fines particulares cayendo en la corrupción, o cuando se han sentido poco valorados si  les han apeado de las listas electorales o no les han colocado en los primeros puestos.

Como dice el refrán, hay amores que matan.

Y daría nombres, muchos nombres, de personas retiradas de la política o que se han buscado acomodo en otros partidos después de que, tras muchos años, han descubierto donde estaba la verdad verdadera.

Como los futbolistas que fichan los clubes: Prácticamente todos coinciden en que jugar en el nuevo club era su ideal de toda la vida.

Y defiendo al PP  porque España necesita que se recomponga, como necesita que lo haga el PSOE. Después de muchas vueltas y revueltas y de tantos experimentos, siguen siendo los únicos partidos de gobierno, aunque sea con pactos, y los necesitamos como alternativa.

De Podemos poco que decir. Están bajando rápidamente hasta su nivel de competencia, porque es un partido, o una agrupación, sin sentido, sin norte y sin sur, con el único objetivo, hasta hace un mes, de desacreditar la transición, derogar la Constitución, y fraccionar España.

Amigos de nuestros enemigos, abanderados de banderas separatistas, partidarios de medidas anticonstitucionales, y defensores, hasta hace poco, de los valores de los regímenes bolivaristas. Es un partido de importación, sin ninguna posibilidad de echar raíces en Europa.

Sigo opinando que ni nos conviene como ciudadanos españoles, ni tampoco como sociedad civil. Digan lo que digan no es un partido de izquierdas ni tiene sus condicionantes éticos. Han actuado como auténticos antisistema que empezaron diciendo que la democracia real está en las calles, aunque ahora, acomodados en el parlamento, ha rectificado alguna de sus posturas iniciales. ¡Como diría yo!: Podemos no parece un partido español, y no porque sea de derechas o de izquierdas. Es porque está desubicado, fuera de cualquier lugar reconocible.

Y digo que mucho de todo esto ha durado hasta hace un mes, porque desde ese momento, Pablo Iglesias se  transformó en una especie de telepredicador con la Constitución bajo el brazo y exigiendo que el gobierno cumpla ese articulado tan denostado hasta ahora.

Y adoptando un todo de moderador enemigo de los insultos y las agresiones verbales. Es que hasta en el postureo son inconsistentes.

Si IU recobrara la sensatez volveremos a tener un partido de centro izquierda, el PSOE, y otro de izquierda más radical, IU, pero me temo que han salido demasiado dañados con la aventura de aliarse con el gran depredador y están casi en muerte cerebral.

¿A que todo lo dicho anteriormente parece una buena solución? ¿A cuántos españoles les disgustarían pactos como los que señalo?

Pero me temo que no será lo que suceda porque la política de los últimos tiempos, gracias al personalismo de sus líderes y sus ambiciones personales, se ha convertido en el arte de complicar todo que pueda tener una solución sencilla.

El voto, una obligación y una oportunidad.

Esta semana tenemos una segunda convocatoria de elecciones, y de nuevo hay que tomar una decisión. Decisión que, como digo en el título, tiene mucho de obligación y también es una oportunidad de tratar de reconducir la política en la dirección que creamos más oportuna para nuestra forma de pensar y nuestro ideal de nación.

Pero para ello necesitamos salvar muchas barreras, algunas de ellas de mucha altura.

La primera es tratar de desapasionar el voto. Soy consciente de que la emotividad es inevitable y comprensible, pero conviene rebajarla al máximo porque es indeseable

Todavía hay una gran cantidad de población para la que el amor y la fidelidad a unas siglas, que no a las ideas, es un gran condicionante, pero no debería bastar para decidir el voto.

Y digo las siglas y no las ideas porque cada momento histórico tiene sus circunstancias y hacen que el PSOE o el PP de hoy, por ejemplo, defiendan posiciones diferentes a las que defendieron en algún otro momento. Dentro de una horquilla de ideario, pero sensiblemente diferentes.

Sin embargo cada vez es más frecuente que las campañas estén dirigidas por politólogos, coacher (entrenador  en inglés)  y asesores de imagen, que preparan a sus empleadores para que convenzan con su aspecto, sus gestos, o su forma de expresarse, con independencia del “mensaje”, generalmente repleto de frases hechas y lugares comunes.

Es más, parece que hay una norma no escrita y común a todos los partidos que les predispone a eludir los temas conflictivos para “no meter la pata”, y evitar las preguntas porque pueden ser embarazosas. Es mucho mejor “decir” lo que se quiere en un mitin, o en las redes sociales, que despejar dudas de electores o periodistas en foros abiertos o ruedas de prensa tradicionales.

Y entre las formas elementales de lanzar mensajes populistas, una muy frecuente es decir que defienden a colectivos. Que “todos los pensionistas”, o “todas las viudas”, o “todos los parados deben votarme a mí porque…”  Como si los problemas de cada uno de los jubilados, de las viudas o de los parados fueran exactamente los mismos.

Todos ellos, eso sí, tienen un mínimo común denominador de malestar, pero también es cierto que casi todos los partidos llevan en sus programas soluciones para estos problemas. Y, siendo muy fácil detectarlos, los problemas, es mucho más difícil decidir la fiabilidad de las ofertas de solución.

El voto es una decisión muy personal, de cada individuo, y por mucho que lo intenten con frases recurrentes o alzando el todo de voz, ellos son los primeros en saber que ningún partido tiene “la solución”.

La única solución a los grandes problemas, la solución real, definitiva o a largo plazo, requiere grandes acuerdos de los partidos con capacidad de gobierno, solos o cogobernando con otros.

Y por eso, considerando la gravedad de los problemas actuales y  la complejidad de la situación política, creo que es imprescindible aplacar la visceralidad, y  racionalizar la mejor opción.

No será necesario llegar al extremo de emplear alguna “herramienta” que ayude a tomar la decisión, que existen,  pero hay algunas normas que pueden ayudar a decidir, empezando por excluir a los partidos que incluyan en su programa electoral alguna medida  que vaya contra nuestra propia conciencia:

Un ejemplo: Si estoy en contra de división de España, o de cambios en la estructura del Estado, descarto de inmediato a cualquier partido que la defienda, aunque el resto de su programa sea de color de rosa. O viceversa. Si eres partidario de estas opciones, descarta a los que las cuestionan.

Y no se oculta que los partidos tienen propuestas realmente peligrosas para la convivencia y la estabilidad, y como muestra de lo variopinto y disperso de los planteamientos, bastará con escuchar los juramentos o promesas de sus señorías en la sesión de apertura de la legislatura en el parlamento español.

Hay que tener en cuenta algo incuestionable: los líderes cambian y, como he dicho antes, el ideario de los partidos evolucionan, pero las decisiones que toman los gobiernos (leyes, sistema educativo, sistema electoral, modelo de justicia, o la misma Constitución) son muy difíciles de cambiar y agarrotan a la ciudadanía durante mucho tiempo, puede que por generaciones, porque la cobardía de los ejecutivos, tan en cuarto creciente en los últimos tiempos, les impide realizar cambios aunque sean necesarios.

Puede que en algún tiempo se realizaran sondeos para saber lo que opinamos sobre determinados temas, no lo sé, pero tengo la seguridad de que ahora se realizan encuestas de opinión para conocer cuántos votos le sumarían o le restarían al proponente determinada decisión. Puede parecer lo mismo, pero no lo es.

Por lo que es importante leer propuestas y programas porque, aunque suelen incumplirlas o cumplirlas a medias, casi siempre al final de las legislaturas, lo cierto es que cada vez las respetan más, entre otras cosas porque nosotros se lo perdonamos menos.

Y ese es otro punto importante a considerar: La historia de formalidad electoral, de compromiso con la ciudadanía con las promesas electorales del pasado. Tan importante como la eficacia de las políticas que aplicaron. Aquí sí, memoria histórica.

Luego está la valoración de si las ofertas, por muy buenas que sean, pueden cumplirse. Este es un punto muy delicado porque ni somos capaces de cuantificarlas ni conocemos el grado de fiabilidad de las partidas de ingresos y gastos, aunque cada vez sabemos más y vamos descubriendo que administrar un estado procurando el bienestar de los ciudadanos, que eso y no otra cosa es gobernar, es como llevar las cuentas de una familia. Solo que la familia es muy numerosa.

Desconfiemos de frases huecas como “defensa de las libertades” o “de la justicia” o “de la democracia” porque eso, afortunadamente, está muy superado y no depende en absoluto del gobierno de turno. Prácticamente todos, y especialmente  los mayoritarios, la garantizan. Y además tenemos el paraguas de la Unión Europea que no permitiría veleidades.

Claro que, jugando con las palabras, los más populistas incluyen en el catálogo de los “derechos” y de las “libertades” cosas sin el adjetivo de “fundamentales” y que, de hecho, no lo son. Yo podría defender como “libertad” el botellón, por mucho que moleste a los vecinos y ensucie las calles, o ir en patinete por donde me da la gana.

Libertades fundamentales son las que se incluyen en la carta internacional de los derechos humanos, o las que define los estados democráticos una vez que comprueban que no perjudican a terceros. Solo esas. En nuestro caso las que define la Constitución, que no son contradictorias con las anteriores.

Lo demás son opiniones interpretaciones personales e interesadas sin ningún fundamento.

Y no nos dejemos engañar. Tenemos problemas, pero este es un país muy bien estructurado en lo social, no tanto en lo laboral, con ventajas que muy pocos países tienen. Imaginaos que vuestro hijo, vuestra mujer, o cualquiera de tus familiares tienen un cáncer u otra enfermedad grave,  y no les tratan  porque no tienes seguro privado, que cuesta una fortuna, pese a que hay tratamiento.

Eso, que lo vemos como lo más normal del mundo, ocurre en países tan avanzados como los Estado Unidos, por ejemplo, cuando aquí subvencionamos hasta los cambios de sexo.

No perdamos el horizonte influidos por las peleas de políticos barriobajeros que en lugar de luchar por su país, hay ocasiones en que no se sabe por lo que luchan.

Y como siempre, eximo de estas reflexiones a los gobiernos municipales de pueblos y ciudades con pocos habitantes.

Conocéis a los candidatos. Olvidaos de las siglas y votad a los que más confianza os merezca. Tendréis más posibilidades de acertar

Y no te quedes en casa. No existe la democracia sin votos.