Mercadona arruina a los agricultores españoles

Leo un titular que dice “Mercadona arruina a los agricultores españoles al vender la práctica totalidad de sus judías, garbanzos y lentejas de procedencia extranjera”

Y, otra vez, nos lanzamos a “lo fácil”, sin analizar lo que decimos ni tampoco lo que hay detrás de las decisiones de las grandes superficies.

Y que conste que yo también lo desconozco, pero de lo que estoy seguro es que las cosas no son tan fáciles como parecen. En primer lugar, y como supongo, las grandes superficies sobreviven por el volumen de las ventas y no por el margen comercial de sus artículos.

Incluso en origen creo recordar que casi tenían un margen comercial cero, y su beneficio consistía en que nos cobraban al contado, y pagaban a sus proveedores a 120 días, por ejemplo. En aquellos tiempos los bancos daban altos interesas por los depósitos, y eran esos intereses la base de su negocio. También tendrían margen comercial, pero muy bajo.

Es evidente que los negocios empiezan cuando se compra, y eso las cadenas, y ahora paso a Mercadona, seguro que tienen un buen equipo de compradores que obtienen los productos, los de marca y los “blancos”, a precios muy agresivos.

Condición indispensable porque me imagino que su margen seguirá siendo muy bajo, o al menos es lo que supongo.

Que, por otra parte, es algo que nos beneficia a los compradores, incluidos los familiares de los propios proveedores, porque podemos comprar a precios muy razonables.

¿Por qué no pueden comprar a los agricultores valencianos? No lo sé, pero estoy seguro que, dado el arraigo valencianista de la cadena, si pudieran lo harían. Siempre hemos sabido que el sector agrario ha ido a remolque de los acontecimientos y que, hasta hace pocas décadas, siempre han dependido del comprador a pie de árbol o de campo, cuando en otros países de Europa ya existían  las cooperativas, y los agricultores peleaban por cerrar el ciclo comercial de sus productos desde el campo hasta la tienda.

Ahora han avanzado mucho, pero su estructura, no sé por qué, sigue siendo muy frágil. Si son los impuestos, o el precio de los abonos, o de las tandas de agua, o la falta de protección del seguro agrario ante catástrofes naturales o sequías, lo cierto es que siguen viviendo muy en precario.

Y los intermediarios, comprando y vendiendo, y sin más méritos que tener dinero, redes comerciales y canales de distribución,  siguen haciendo el agosto.

Decimos que Mercadona compra fuera de Valencia, incluidos terceros países. Tengo la seguridad de que esa cadena, como las otras importantes, lo harán en países en los que el menor precio no se debe ni a que los trabajadores estén explotados, como ocurre con la mayoría de las prendas íntimas importadas de la india que las mujeres llevan sin preguntar su origen, ni porque no cumplan los requisitos exigidos por sanidad para las importaciones.

Como ocurrirá, supongo, con la miríada de tiendas de fruta que llenan nuestras calles, casi todas ellas regidas por extranjeros. O quizás no.

Y luego está el tema social, el de la solidaridad. Protestamos por que vengan marroquís a España, por ejemplo, al mismo tiempo que pedimos que no les compren sus productos. Pues una de dos, o les procuramos trabajo en origen, o seguirán viniendo.

En un mundo de contradicciones estamos llegando al paroxismo. Queremos que Mercadona compre a los agricultores valencianos, pero si sus precios son caros compramos en las tiendas de los pakistanís.

Como suele ocurrir es un tema complicado y con muchas causas que inciden en el problema de los precios: El coste real de la agricultura española, incluidos impuestos y la falta de cobertura, la precariedad de los que se dedican a este sector, la mala comercialización de sus productos, y el margen de los intermediarios, entre otros.

¿Hay la más mínima posibilidad de que los disconformes con la política de compras de Mercadona garanticen seguir adquiriendo productos si compran a los agricultores valencianos? ¿Aunque sean sensiblemente más caros?

¿Saben los “protestantes” que la mayoría de las flores que consumimos vienen de China o de no se sabe dónde?

Todo es consecuencia de la globalización del mercado, que favorece a los consumidores, pero perjudica a los pequeños productores si no han ajustado sus estructuras a los nuevos tiempos. O si son víctimas de las políticas estatales, regionales o locales que los acribillan a cargas e impuestos.

Y en el caso que nos ocupa, Mercadona, cadena con la que no tengo más relación que la de ser cliente habitual, resulta que es una empresa cien por cien valenciana, que da empleo a miles de trabajadores, algunos de los cuales conozco desde hace y años y se están haciendo mayores como me estoy haciendo yo, porque la empresa  parece tener muy poca rotación.

Con un dueño Juan Roig, que es paradigma del buen hacer de la empresa familiar porque administra de forma eficaz el negocio, soporta actividades deportivas, apoya iniciativas de jóvenes emprendedores, y da cobertura a la fundación Hortesia Herrero, que está patrocinando restauraciones que han puesto a Valencia en la cima del éxito cultural, como la de San Nicolás.

En mi opinión personal todos estos ataques que surgen de vez en cuando no son más que pura política. Política de la mala porque, en este caso, se dirige contra un empresario que se lo rifarían en cualquier autonomía de España, o en cualquier país del mundo.

Y para los que tienen una concepción contraria al libre mercado. Consum es una cooperativa y funciona muy bien porque tiene planteamientos empresariales puramente “capitalistas”, pero no olvidemos que Mondragón era el gran ejemplo de cómo hacer negocios de otra manera, y acabó siendo un desastre absoluto.

Esto no le ocurrirá a Consum, seguro, entre otras cosas porque conocen los riesgos de salirse de la ortodoxia empresarial.

En cuanto a los “opinadores”, ¡que voy a decir! Siempre habrá quien recomiende soluciones simples a problemas muy complejos. Si los tienen que ejecutar los demás, naturalmente.

Albert Rivera cabalga de nuevo.

Parece que, ¡por fin!, y después de trece años desde que fundó el partido, hemos descubierto el verdadero objetivo personal del hiperactivo líder de Ciudadanos: ser líder de la oposición en el parlamento español.

Como es lógico necesitará cambiar algo en los fundamentos de las matemáticas porque, hasta ahora, ese título lo ostenta el que tiene mayor representación parlamentaria después del ganador,  pero no pasa nada. Aplicamos coeficientes correctores por tanto por cien de crecimiento, o por otros factores de valor añadido, le echamos valor y gesto de “es lo lógico”, y solucionado.

¿Y el partido? Seguimos sin saber qué es lo que quiere hacer además de coleccionar votos. De momento han retirado a Inés Arrimadas de la política catalana cuando ha sido un excelente contrapunto parlamentario a los independentistas, dejando esta función a otros con menor nivel. ¿Para qué?

Aunque es cierto que su mayoría en votos no sirvió de nada porque no quisieron “quemarse”, muy de Ciudadanos, con una moción de censura que iban a perder. Lamentablemente por una vez tengo que reconocer que Quim Torras tiene razón cuando dice que la única huella que dejará la excelente parlamentaria cuando se vaya es el silencio. Silencio en actuaciones reales, de utilidad para Cataluña y para sus votantes.

El líder en Madrid, Ignacio Aguado, se pasó toda la legislatura “aconsejando” a Cristina Cifuentes, que realizó una excelente tarea política enturbiada por sus graves problemas personales, sin dejar  de anotarse todos los éxitos de la presidenta como si fueran suyos porque, según ellos, se debieron  a su “marcaje”. Todo ello sin haberse despeinado.

Así, dando consejos sin asumir responsabilidades de gobierno, cualquiera triunfa. Ahora se dedica a pasearse del brazuelo con Angel Garrido, otro ejemplo de coherencia política, que se dio cuenta de que no estaba en el partido adecuado justo cuando no le nominaron para el puesto que él quería.

Y si Rivera cree que por ese camino va a llegar a alguna parte que valga la pena es que no conoce muy bien al electorado español. Yo tampoco, pero él menos.

Porque ha colocado a Ciudadanos en una especie de tierra de nadie, desde la que trata de crecer robando votos al PP, partido del que conocimos el techo y del que ahora conocemos el suelo, que no va a perder más votos que los que ya ha perdido, al menos en dirección Ciudadanos, porque por la derecha VOX sigue siendo una incógnita a corto plazo.

Ni tampoco va a conseguir más votos del PSOE, por muy desconcertado que esté su electorado y la “vieja guardia” por los quiebros del actual Partido Sanchista Obrero Español, porque en su gran mayoría tienen orgullo de su historia pasada y preferirán abstenerse, como han hecho en Andalucía, que votar a otro partido.

Por lo que, en mi opinión, Ciudadanos nunca serán el partido mayoritario del centro derecha y, aunque lo fueran, no contarán con los escaños necesarios para gobernar. Mucho menos si llegado el momento tiene en contra al que puede ser su aliado natural, el PP, seguramente muy cabreado con ellos por sus campañas y desahogos contra el partido y su líderes, y porque es el que más electores les ha “robado”.

Luego, si las cosas son como parece que pueden ser, y los votos del PP y Ciudadanos pueden estar en cualquiera de los dos lados, ¿hay alguna solución que no sea pactar acuerdos sólidos sobre temas de estado, e incluso acudir a las elecciones, según donde, con listas únicas?

Pero para ello es necesario visión de futuro, generosidad, e interés por España y los españoles. Sin tanto personalismo.

Algo parecido a lo que puede hacer el PSOE y Podemos, aunque, mira tú por donde, sería más difícil porque en esos dos partidos, especialmente si resucita la masa del antiguo PSOE, hay muchas más diferencias ideológicas y de cómo debe ser la organización social y del Estado.

Lo mío es pura ciencia ficción, pero, ¡que quieren! Yo sí que he visto OVNIS. Palabra de honor.

Por cierto. Lo de Iceta en el Senado no me parece nada mal, suponiendo que Sánchez lo haya hecho por lo que yo creo que lo ha hecho.

Aunque quizás sea mucho suponer.

El panorama político y la nueva situación de los partidos.

Hace tiempo que no entro en Twitter,  entraba muy poco, y no frecuento más redes que Facebook, pero, por lo poco que veo, parece evidente que se ha producido una especie de corrimiento de tierras en los planteamientos políticos que, curiosamente, solo afecta a los que estamos a nivel de calle. Los ciudadanos de a pie.

Porque los políticos “consagrados” y sus acompañantes en listas electorales se mantienen en la cima de los montes o en lo alto de grandes torres, sin que les afecten las malas noticias de cada día. Es como si el pintor de la frase humorística se mantuviera en lo alto, agarrado a su brocha, aunque le quiten la escalera.

Y continúan hablando y actuando como si nada hubiera cambiado y aquí no pasara nada. Como si tuvieran la solución, cuando cada vez lo están enredando más por falta de entendimiento entre los que deberían entenderse.

Pero sí pasa. Seguro que ya me faltan neuronas, pero todavía recuerdo cuando los grandes partidos políticos tenían sus corrientes o sus familias, que eran su oposición interna a cara descubierta, pero que, pensaran lo que pensaran eran, ante todo, miembros del partido.

Y así, dentro del PSOE, estaba el grupo del PSP de Tierno Galván, la muy aguerrida Izquierda Socialista y algunos otros, aunque basta con estos ejemplos.

En el PP coexistían diversas familias, desde los antiguos “azulines” hasta los socialdemócratas, que alguno había, pasando por los liberales, los democratacristianos  y algunos más.

Pero, insisto, discrepancias e incluso enemistades personales al margen, todos “eran partido” y cuando el líder de turno hablaba, lo hacía en nombre de todos. Y todos formaban bloque.

Pero ahora no. Pedro Sánchez no representa, ni de lejos, a todo el socialismo español. Si a los órganos de gobierno porque ya se encargó de desalojar de ellos a sus enemigos internos, que los tiene. Y estableció aquella diferencia oportuna entre militantes y votantes.

Pablo Casado tampoco es la voz del PP. Ni mucho menos. Muchos de los antiguos dirigentes abandonaron el partido y otros se mantienen desconcertados y con muy serias dudas. En cuanto a los militantes, una parte permanece fiel  la causa, pero otros se pasaron a VOX, a Ciudadanos, o al nuevo gran partido de España, el de los indecisos.

En cuanto a Unidos o Unidas Podemos, de unidos nada. Pablo Iglesias no ha podido mantener a “las mareas”, y la mayoría de la cúpula fundadora se ha ido a su casa, a las buenas o a las malas, o se ha buscado otros acomodos. Por lo que tampoco él representa al partido original.

De Alberto Garzón, líder de IU, sedimento de los antiguos partidos comunistas, casi no vale la pena hablar. Fagocitado por Podemos, su voz es casi eso: su voz, porque, por lo que parece, tiene casi más disidentes que militantes.

Ciudadanos se salva de la quema por dos razones: Primero porque es un partido absolutamente presidencialista y su líder no permite bromas, y segundo porque nunca ha gobernado, por lo que no ha sufrido desgobiernos, ni fracasos, ni tiene muchos casos de corrupción. No ha habido lugar porque nunca han administrado fondos públicos “a lo grande”.

También VOX es un partido presidencialista. O mejor, partido con líder, que de momento no tienen fisuras. Pero es un partido de avalancha que se nutre de idealistas románticos y  de descontentos varios  que  solo tiene cabida en el espectro político si las cosas van mal. Como ocurrió con Podemos.

Y como nunca tendrán mayorías suficientes, el que las cosas vayan bien no depende de ellos. En cualquier caso, aunque sobreviva, es un partido con techo electoral evidente.

Así pues, no hagamos mucho caso a lo que dicen los grandes gurús de la política cuando hablan ex catedra en nombre de “su partido” porque no es verdad. No existe ningún “su partido”.

Y los que eran algo y alguien en los partidos se han retirado de la política si tenían alternativas, y el resto siguen reptando entre listas electorales y cargos de confianza, porque no saben hacer otra cosa. Incluso algunos son gerentes de grandes empresas públicas.

¿Quiere esto decir que todos los políticos en activos son inútiles o indeseables?

Ni mucho menos. Continúa existiendo una buena parte de gente que cree en que todo esto tiene remedio. Que ya hemos tocado fondo y que las aguas volverán al cauca de la racionalidad. Esperemos que así sea

La moraleja es que la política actual, la de las alturas, es una gran farsa. Nadie es lo que dice ser y todos ahuecan las plumas para aparentar más tamaño que el que realmente tienen. Y a los escaños me remito, incluso con el engorde artificial de la ley D’Hondt.

Decía que no escucho la voz del socialismo en boca de Pedro Sánchez, que nos va a freír a impuestos indirectos mientras dice a pleno pulmón que sangrará “a los ricos” y tontea con los independentistas.

Pero no rechistemos o nos anatemizarán. Los socialistas de nuevo cuño son así. Zapatero ya dijo que éramos “antipatriotas” si hablábamos de la crisis. Esa crisis que era absolutamente notoria para el resto de países, que ya preparaban sus defensas.

Y ayer se nos apareció en las pantallas nuestro ilustre paisano, el ministro Ábalos, para decirnos, con cara de contener sus impulsos naturales de darnos un cachete por bobos, que “atacábamos a la democracia”,  a la justicia social, y a no sé cuántas cosas más, si no estábamos conformes con los impuestos.

Y que la presión fiscal en España estaba lejos de la media europea. A la baja naturalmente.

Seguimos en las mismas: los españoles somos analfabetos políticos y debemos obedecer las consignas de los gobernantes, que ellos sí que saben.  ¡Cuánta razón tenían nuestras madres cuando nos decían que no nos metiéramos en política!

Lo que debemos hacer es votar al Sr. Ábalos y al resto de “los que saben”, y no molestarles con impertinencias. Volvamos al Despotismo Ilustrado. El de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”

Pero, Sr. Avalos, nosotros, yo al menos, no discutimos la evidente necesidad de los impuestos en una nación solidaria y con tantas prestaciones sociales, pero como ciudadano español, tengo derecho, todo el derecho, a criticar los que no me gustan, no por excesivos, sino por injustos.

Como los que aplicarán al diésel, por ejemplo, que castigarán a la gente menos favorecida del mundo social y laboral, exceptuando a los parados,  y que fue el detonante de las manifestaciones de los “chalecos amarillos” en Francia. No lo olviden.

Solo que aquí no pasará nada porque lo ejecutará un partido de izquierdas, los que mantienen esa coartada tradicional de la superioridad moral y de su conexión con las realidades sociales. Ni protestas de la ciudadanía, ni condena de los Sindicatos pese a los evidentes perjuicios que van a causar a los trabajadores en general y a las familias en particular.

Y, Sr. Ábalos,  los que hemos ido a colegios sabemos diferenciar entre lo absoluto y lo relativo. Porque en términos absolutos es cierto que un alemán, un francés, o un británico paga más impuestos que nosotros, pero es igual de incuestionable que sus salarios son mucho más altos que la media española.

Y, como es evidente, si ponderamos ambos conceptos salimos perdiendo. Por goleada. Como dirían Epi y Blas, Sr. ministro, repita conmigo: “absoluto”, “relativo”.

“¡No os metáis en política!”, repito, nos decían nuestras madres.

Y estando así las cosas, resulta que los señores que mandan, que mandaron o que mandarán, han conseguido trasladar la presión política a la ciudadanía que, en buena parte, discute agriamente sobre si este insultó a este otro, o si saluda a unos o a otros, o si le entrega tal o cual libro en un debate. Siempre adjetivando. Adjetivando en letra mayúscula, por no decir gorda, en negrilla y subrayada.  

Y los sindicatos, esos que viven exclusivamente de las cuotas de sus afiliados,  se atreven a decir al gobierno que no pacte con Ciudadanos, que lo haga con Podemos. Seguramente es que solo defienden a los obreros de izquierdas aunque, eso sí y por casualidad, ya están recibiendo ayudas extras del ejecutivo.

Y nos insultamos cada vez con más virulencia por defender a terceros que, en muchas ocasiones, son indefendibles. Y si nos asomamos a los foros de opinión, que son más bien de agitación, parece  evidente que nos odiamos en su nombre, mientras “ellos” se enseñan las fotos de sus hijos al final de un debate agrio, bronco, leñero, de los que gustan a las televisiones porque les proporciona audiencias.

Y creemos que lo hacemos porque defendemos las ideas que ellos representan cuando, como digo, cada vez representan menos a las ideas de sus partidos y más a ellos mismos, sus egos y sus intereses personales.

Suena a cínico, pero es lo que pienso. ¡Ya vendrán tiempos mejores!

De momento seguimos como solía.  El agua del puchero se sigue calentado muy lentamente y la rana, que somos nosotros, acabará muerta por el exceso del calor sin darse cuenta de que la están cociendo.

¿No hay cursos de recuperación para políticos profesionales?

El voto inutil y la postura de Ciudadanos.

Ya hemos celebrado las elecciones generales y todo ha resultado ser como se esperaba que fuera. Mayoría del PSOE, debacle del PP, subida de Ciudadanos, caída de Podemos, concentración del voto independentista catalán en Esquerra, e irrupción de VOX.

¿Y ahora qué?

Desde mi punto de vista, poco fundamentado probablemente, VOX es un partido muy particular, que van a la suya, pero que tiene techo. Es un partido de reacción, como lo fue en su día Podemos y todas sus mareas, que también tiene techo, que ha aparecido y crecido gracias a los errores de los gobiernos centrales, y que, muy probablemente, perderán votantes si PP y PSOE corrigen sus errores.

Ante de hablar de posibilidades, revisemos lo ocurrido en las últimas décadas:

Si repasamos nuestra historia reciente podemos comprobar que la mayoría de los gobiernos de España han tenido consejos de ministros de mucha calidad y parlamentarios de gran talla.

Fueron extraordinarios los ministros de UCD y también los del PSOE de Felipe González. Y los de Aznar. También fueron buenos, algunos muy buenos, los de Zapatero.

Rajoy reunió un gabinete eficaz aunque cometió el error de priorizar la economía sobre la política, seguramente porque cuando se hizo cargo del gobierno estábamos a punto de ser intervenidos, y ese descuido imperdonable hizo que le crecieran algunos enanos, como los nacionalistas excluyentes, y que, gracias a la mala explicación de sus medidas económicas, ¡que deplorable fue la política de información de gobierno de Rajoy!,  la izquierda española encontró el filón de crearle una imagen de antisocial y masacrador de la clase trabajadora. Que algo de eso hubo, pero no como se ha relatado.

Pero han pasado las elecciones, la situación es la que es,  y ya no tenemos un gobierno eventual, como el surgido de la moción de censura. Tenemos a un Pedro Sánchez (yo le apodaría “el batallador”, como Alfonso I), totalmente legitimado, antes también lo estaba, con cuatro años por delante para “hacer cosas”.

Y lo que haga depende en gran medida de con quien pacte para formar gobierno, o para conseguir avances políticos, legales, o sociales

Puede hacerlo con los mismos de la moción de censura, (Dios no lo quiera), intentar gobernar en solitario con apoyos puntuales de podemos y otros, o llegar a pactos con Ciudadanos y el PP.

Ya he dicho que el PP no está para fiestas, pero ¿qué hará Ciudadanos?

Pues, por lo que parece, su hiperactivo presidente volverá a dar la “espantá” y tratará de continuar en su empeño de ser líder del centro derecha, primero, y presidente del gobierno después.

Proyecto exclusivamente personal, perjudicial para los intereses de España y, si no utópico, muy improbable a corto plazo.

Porque, a diferencia de VOX y Podemos, que son partidos de aluvión, Ciudadanos es un partido que se nutre exclusivamente de discrepantes puntuales del PP o el PSOE. Votantes que, muy probablemente, volverán a sus partidos de origen si solucionan los problemas.

Lo que debería hacer Rivera, si de verdad tuviera vocación de participar en los gobiernos de la nación para solucionar los problemas, y digo participar en el gobierno y no gobernar porque esa posibilidad es muy remota, es ofrecerse al PSOE para una coalición de transición que atempere los ánimos del país, y que aborde con visión de futuro los problemas serios de España: la fragmentación de Cataluña, la reforma de la ley de educación, de la ley electoral, la del poder judicial, la del Congreso, que necesita reducir escaños y reorganizar las tareas, convertir al Senado en una verdadera cámara de representación territorial, consensuar una solución definitiva que garantice la continuidad de las pensiones al margen de bandazos políticos, etc.

Una vicepresidencia y dos ministros, con el apoyo puntual del PP para los temas que comento anteriormente es lo que, de verdad, nos sacaría de las marejadas políticas de los últimos años, que en ocasiones han sido de mar gruesa, con serias amenazas de convertirse en arbolada si no se pone remedio.

Y, de realizar ese ofrecimiento, no sé que argumentos podría defender Pedro Sánchez para oponerse.

El problemas es que los egos y los partidos están muy por encima de los interesas nacionales. Egos y postureos.

Titulares del día de hoy en periódicos valencianos: “la mala relación política y personal de Sánchez y Rivera  dificultan todo acuerdo”. ¿Es de recibo que las relaciones personales de dos líderes  perjudiquen tan gravemente a la nación?

O de postureo: “Cs se autoproclama líder de la oposición (dice Cantó en Valencia) ante el derrumbe del PP.”

Pero si todo sigue igual, e igual seguiría si se produjeran nuevas elecciones generales a corto plazo, algo habrá que hacer.

Porque los votantes, que también estamos bastante confusos a la vista de los resultados,  elegimos a nuestros ¿representantes? para que aporten soluciones. No para alimentar egos y fantasías.

Y puestas así las cosas, y refiriéndome concretamente a un partido que despertó mis simpatías, Ciudadanos, y en el que militan algunos de mis amigos.

Un partido que se fundó hace diecisiete años y que creció en Cataluña gracias a su posición antiseparatista, y a nivel estatal porque los partidos tradicionales llevaban demasiado tiempo en el poder central o autonómico, con el consiguiente desgaste, la inevitable apatía por acomodo, y por los también inevitables casos de corrupción.

Pero Ciudadanos ha resultado ser un partido presidencialista, con poca oposición interna y muy  a merced de los caprichos de su líder, contradictorio en ocasiones, y cada vez más alejado de los intereses nacionales aunque formen parte de su discurso habitual.

Como ocurre con el actual presidente en funciones,  que apartó de la Comisión Ejecutiva a cualquiera que le hiciera sombra o le planteara problemas, y que configuró el Consejo de Ministros de más bajo nivel de la democracia, en el que no ha habido ni un solo ministro/a con la más mínima capacidad de influir en el presidente, ni mucho menos con la suficiente personalidad para defender posturas diferentes a las del propio presidente. Quizás Borrell y Ábalos, pero poco, y mucho menos que su gran asesor Iván Redondo.

Pero si Ciudadanos mantiene la postura de “seguir creciendo”, si hacen lo que hicieron en Cataluña cuando consiguieron mayoría (nada, alegando que no tenían votos suficientes para ganar una moción de censura, como si eso fuera argumente suficiente), si continúan en la posición de no mancharse gobernando y crecer criticando, con la única excepción de su entrada en la Junta de Andalucía, ¿alguien puede decirme para qué han servido, para que sirven y para que servirán los votos de Ciudadanos?

Mi querido País Vasco y el cada vez más cuestionado PNV.

Siempre he distinguido, por razones evidentes, los orígenes y las estrategias de los separatistas radicales de Cataluña y los nacionalistas del País Vasco.

Los primeros siguen una ruta perfectamente calculada desde hace mucho tiempo, más de un siglo, con un destino muy claro, la independencia de su república, hasta que algunos recientes acontecimientos, en mi opinión personal la amenaza sobre la familia Pujol coincidente con una debilidad evidente del gobierno de la nación, ha hecho que algunos menos iniciados hayan pretendido acortar tiempos y buscar atajos por donde, por lo que se ha visto, solo existían terrenos inseguros y peligrosos para ellos. Habían acaparado mucho poder en Cataluña conseguido durante mucho tiempo, pero no el suficiente para desafiar al Estado español. Era demasiado pronto.

Resultado: dicen que tenemos un gran problema en Cataluña y que es muy difícil de solventar, y es cierto, pero opino que el problema ya existía, aunque solo ahora ha salido a la luz en toda su magnitud, lo que, evidentemente nos ha ocasionado una gran convulsión que, efectivamente, será difícil de solucionar.

Pero que, aunque parezca contradictorio, es lo mejor que podía pasarnos. Entiendo, como siempre he entendido, que para cambiar o mejorar una situación, el primer paso, el imprescindible, es identificar claramente el problema, dimensionarlo, y averiguar su causa raíz.

Y todos estos hechos han provocado que aflore lo que estaba oculto, para mal de los independentistas conjurados y para bien de los catalanes no independentistas y para el resto de la nación.

Y que todavía no hemos llegado al punto más bajo, el que generará la catarsis, pero que estamos muy próximos a ello.

Pero el nacionalismo vasco siempre ha sido otra cosa. Es más reciente y se radicalizó por la locura de un paranoico, tomado a modo de adjetivo y no como sustantivo, Sabino Arana, que en lugar de desconfiar de todos los demás, como describe la patología del paranoico, promulgaba que su colectivo, el de los auténticos vascos, desconfiaran del resto de colectivos,  y muy especialmente de “los españoles”.

Un Sabino Arana, que entusiasmado con los planteamientos del nacionalismo catalán, del que se inspiró, animó frases como estas, dichas por él mismo o por sus más cercanos colaboradores:

Antiliberal y antiespañol es lo que todo vizcaíno debe ser”, o “El aseo del vizcaíno es proverbial […]; el español apenas se lava una vez en su vida y se muda una vez al año […]. Oíd hablar a un vizcaíno, y escucharéis la más eufórica, moral y culta de las lenguas; oídle a un español, y si sólo le oís rebuznar, podéis estar satisfechos, pues el asno no profiere voces indecentes ni blasfemias.«

Un Arana que, no lo puedo entender, convenció a muchos ilustrados e incluso a parte de la iglesia vasca de que su verdad, la de Arana, era la verdad esperada.

Pero el actual Partido Nacionalista Vasco ha actuado con más sutileza aunque, en mi opinión, igual de desleales y de carroñeros con la nación española, su nación por mucho que no lo acepten,  a la que ha explotado siempre que ha tenido ocasión.

Y lo han hecho con el chantaje de sus votos, tantas veces necesarios para los sucesivos gobiernos nacionales, siempre insensatos y faltos de visión de futuro, que mantuvieron una ley electoral que beneficiaba a las minorías radicales de cada región, y que siempre accedieron a sus exigencias.

Y se veía venir porque ellos, los nacionalistas vascos, ni siquiera tuvieron un personaje generoso en la transición, como fue Tarradellas en Cataluña, que tuvo la visión de que podía existir un futuro con una Cataluña diferenciada, pero unida a España.

Visión que se encargó de destruir el muy ladino Jordi Pujol, su gran enemigo interior, que siempre ha presumido de “apoyar” a España cuando, como lo vascos, pasaba la bandeja a cambio de las ayudas puntuales en forma de más dinero, más transferencias, o más mirar para otro lado, dígase en el caso Banca Catalana por ejemplo.

Pasito a pasito. Pavimentando, losa a losa, la ruta trazada del “prosess”.

Me gusta formarme imágenes de personas y colectivos asociadas a mis lecturas o mis vivencias, y en el caso del PNV lo tengo muy claro:

Me recuerda a aquellos pueblos costeros enclavados en zonas de gran riesgo para los navegantes, que en los últimos siglos salían a la costa cuando habían grandes tormentas confiando en que se produjera algún naufragio.

Y no lo hacían para ayudar a los náufragos, no. Lo hacían para apoderarse la carga que las olas empujaban a las playas o a los arrecifes.

Incluso hay leyendas sobre que en algunos de estos lugares se apagaban los faros o se encendían grandes luces en sitios estratégicos para confundir  a los marinos y provocar las desgracias.

Pues bien. Así ha sido desde la transición, y bien que les ha ido amagando con el independentismo sin llegar a cruzar líneas rojas, no porque fueran peligrosas para el Estado, sino para sus intereses.

Pues bien: hoy, día de sorpresas, me entero de que en el próximo Aberri Eguna, su día de  la patrias vasca, van a exigir al gobierno que les autorice un referéndum de autodeterminación, como el de los catalanes.

Y no me lo puedo creer. ¿El PNV?

Porque se habrán dado cuenta, digo yo, que para ello se necesita reformar la Constitución, y que si se abre esa posibilidad, también será posible anular ese anacronismo insensato del cupo vasco, reconocido como parte de las cesiones necesarias para conseguir el consenso en la firma de la Constitución, y que sobrevive con las dudas del resto de los españoles y de las suspicacias de la Unión Europea, que ya se ha interesado varias veces por esa anomalía.

Y que el título X de la Constitución, cuarta “disposición transitoria”,  dice que, en el caso de Navarra, y a “ efectos de su incorporación al Conse­jo General Vasco o al régimen autonómico vasco que le sustituya, en lugar de lo que establece el artículo 143 de la Constitución, la iniciativa corresponde al Órgano Foral competente, el cual adoptará su decisión por mayoría de los miembros que lo componen (sic).  (sigue)

Otro de los objetivos indudables del PNV y de los independentistas vascos más radicales. Anexionar Navarra al País Vasco. Posibilidad real, según la Constitución, si se cumplen ciertas condiciones.

Y la Constitución, que yo sepa, no dice nada de deshacer lo hecho en caso de que se produzca.

¿Qué el PNV quiere provocar una reforma de la Constitución pensado que solo se van a tocar los puntos que les molesta?

Se nota que ya no está con ellos Javier Arzallus, una mente sibilina y peligrosa, desde el punto de vista de la política por supuesto, porque no creo que lo hubiera permitido.

Preferiría, y así actuó el PNV en sus tiempos, el juego de tensar la cuerda y, si me apuras, de encender alguna hoguera en la costa, la dudosa actuación del PNV en el caso ETA pongo por ejemplo,  para confundir a los navegantes.

Me parece bien que “exijan” el referéndum. Quizás así, y tengo mis dudas, se consiga una reacción esperada de los partidos “nacionales”, incluido el cambio en la ley electoral, para lo que creo no es necesaria la reforma de la constitución.

Y pongo tres ejemplos que lo ilustran. En las elecciones de 2016:

  • Ciudadanos obtuvo 3.123.769 votos y consiguió 32 escaños.  Necesitó 97.618 votos por escaño.
  • El PNV consiguió 286.215 y consiguió 5 escaños. 57.243 votos por escaño.
  • El Partido animalista, PACMA, con 284.848 votos, no obtuvo ninguno.

¿Alguien entiende este disparate? La ley d’Hont, que se consideró conveniente en la transición por la enorme atomización de partidos que se suponía, y que se produjo, no tiene ningún sentido en el día de hoy. Es absurda, injusta y solo favorece de forma descarada a los que se presentan en una comunidad.

Ha llegado la hora de poner a cada uno en el sitio que le corresponde.

Y es en estas cosas en las que los tres partidos mayoritarios, PP, PSOE y Ciudadanos, deben ponerse de acuerdo sin excusa ni pretexto. Y digo los tres porque haciendo un frente común no hay ninguna posibilidad de que los disidentes se alíen con uno de ellos contra los otros dos, o tomen represalias políticas con alguno de ellos.

Y digo los tres porque el cuarto, Unidos o Unidas Podemos, no creo que esté por la labor.

No he leído los programas electorales, pero me figuro que ninguno de ellos plantea esta posibilidad. Pero para eso estamos los ciudadanos. Para empujarles.

Y para los vascos o catalanes no implicados en esta insensatez, llegado el caso no se confundan de enemigo. Son sus dirigentes egoístas y manipuladores los que les han colocado en esta situación. Y, lamentablemente, son ellos o sus antepasados, y no nosotros, los que les votamos.

El fraude de los debates electorales

Somos un país de muchas leyes y pocos desarrollos, incluyendo los capítulos de nuestra Constitución. Y así nos va, porque de vez en cuando se produce alguna circunstancia en la que ni el ejecutivo ni el judicial tienen muy claro que  deben hacer.

Como sucedió con el artículo 155, que no se había desarrollado, como también ha ocurrido en tantos otros casos, porque nadie suponía que sería necesario aplicarlo.

Otra regulación pendiente es la de los llamados debates electorales. He comprobado si hay alguna norma sobre el particular en las competencias de la Junta Electoral Central y, como me suponía, ni se menciona.

Y, como no, los medios de comunicación, especialmente las televisiones,  se han apoderado de ese vacío legal en su propio beneficio, montando supuestos “debates” que no están enfocados, de ninguna manera, a que el ciudadano conozca las ofertas electorales de cada candidato, sino a conseguir audiencia.

Lo primero sería más bien aburrido y serían menos los  televidentes interesados. Una buena bronca, venga  o no a cuento y sobre temas menores, es lo más de lo más.

Los “a mi partido nadie le da lecciones de democracia”, o “de honradez”, o de “patriotismo”, o los “tú más”, que enfervorizan a los entusiastas del amarillismo, es lo que prima.

Y cuando terminan, se vota para saber quién ha sido el “ganador”. ¿Por la calidad y solvencia de su programa? ¿Qué programa? Seamos serios: por la “personalidad”, la agresividad, e incluso la mala leche de los participantes.

No seamos ingenuos. Las televisiones privadas, lo disfracen como lo disfracen, solo buscan fórmulas para mejorar su negocio, lo que resulta lógico y legítimo, pero  sería conveniente que respetaran ciertos límites que se sobrepasan con mucha frecuencia.

Sin embargo yo creo que los debates parlamentarios sí son importantes  sí son serios. Y para que lo sean deben realizarse en la televisión pública, la única que no debería regirse por criterios económicos, y moderados por alguien imparcial y con prestigio.

Con preguntas obligatorias sobre los puntos que más interesan a los ciudadanos y, naturalmente, con una parte de debate sobre esos mismos puntos para que cada uno de los participantes intente demostrar que su solución es la mejor.

Sin insultos ni salidas de tono.

Sería más aburrida, por supuesto, pero tendría más audiencia de lo que se supone y resultaría mucho más clarificadora.

Pero me temo que en este momento ni siquiera los líderes de los partidos están por la labor, y mucho menos los favorecidos por las audiencias.

Un debate comporta el riesgo de tener un “mal día” que empañe una campaña, y les resulta mucho más confortable montar una legión de mini mítines en los que lanzar frases preparadas, consignas, y ardientes soflamas que siempre terminan con una gran subida de volumen en la voz del candidato, voz potente y venas del cuello dilatadas, según manda el manual de estilo. Mítines muy controlados y sin ninguna oposición.

Y, por supuesto, disponen de las redes sociales, donde se puede volcar toda la malicia y la basura que quieran contra los adversarios. Porque en los Twitter, en los Facebook o en cualquiera de las plataformas digitales, no esperes mensajes sobre los programa.

Algunas alusiones suaves y de pasada si los titulares son los líderes, pero detrás y en tromba, aparecen los simpatizantes o supuesto simpatizantes que en una gran mayoría son voceros del partido, si no “replicantes” digitales o  falsos usuarios, disparando con la artillería pesada de los bulos y las descalificaciones.

Hoy he recibido los sobres de cuatro candidaturas, en las que una cara amable me pide el voto para que pueda arreglar España.

En lugar de las papeletas, que no me molestan, preferiría que me mandaran su programa y una declaración jurada de que iban a cumplirlo. Pero, claro, esto no es Brigadoon, el mundo feliz y protegido de los males exteriores.

Es un mundo real en el que, elección tras elección, me piden plena confianza y, elección tras elección, me defraudan. Y lo hacen siguiendo una línea descendente cada vez más inclinada.

Acabo de abrir una página en la web buscando un producto y me aparece la muy fotogénica cara de nuestro presidente con el lema “haz que pase” y la frase “vota al PSOE”

Son los nuevos tiempos y hacen bien en aprovechar las nuevas tecnologías y sus oportunidades, pero la gran pregunta es “vota al PSOE, al PP, a Ciudadanos, o a Podemos…”

¿Para qué? ¿Qué vais a hacer con mi voto?

Me temo que no conseguiría más que frases estereotipadas,  viejunas y desgastadas por el uso:

“Para eliminar la corrupción”, “para cambiar las cosas”, “para defender las libertades”, “para proteger las pensiones”, “para que no nos roben”, “para proteger a la mujer”, “para …”

Lo del “cómo” no viene a cuento ni necesitan explicarlo. Tenemos la obligación de asumir que cada uno de ellos tiene  su “cómo” y que es el mejor. 

Porque, o no se han enterado de que estamos en abril de 2019, o creen que los que no nos hemos enterado somos los ciudadanos.

El otro día me decía un amigo que me veía desmoralizado y le contestaba que a corto plazo sí, pero que a la larga tengo la seguridad de que España, una vez más, saldrá adelante.

Pero si me preguntas “cómo”, la verdad es que no sabría decirte. No llego a tanto.

Había acabado este comentario cuando me entero de la maniobra del presidente para contraprogramar el debate de Antena 3 convocando otro el mismo día en “su” televisión pública por mano de Rosa María Mateo. Dirán que ha sido ella y no el presidente, pero ni me lo creo yo, ni se lo creen los colectivos de empleados de la propia televisión que se han manifestad en contra de esta decisión.

Y, mira por donde, el presidente tuvo un momento de debilidad en la entrevista con Julia, en Onda Cero, cuando la comunicadora le comentó que podrían realizarse los dos debates en días sucesivos.

Sánchez, que tiene ese enorme aplomo y seguridad para contestar todo lo que le preguntan, aunque tenga que desdecirse poco después, se vio obligado a utilizar ese recurso del que no sabe que contestar y necesita lanzar una frase hecha para ganar un segundo de tiempo.

En este caso fue decirle “y yo estoy de acuerdo con usted” para, a continuación, manifestarle la razón por la, pese a lo dicho un segundo antes, no estaba de acuerdo con ella: La Junta Electoral había obligado a cambiar el formato  de Antena 3 excluyendo a VOX.

Con lo que incurrió en un doble fallo y algún contrasentido: La decisión absurda de cancelar su asistencia alegando ese pretexto, y la evidencia de que necesita a VOX, que no es su adversario, como arma arrojadiza contra el PP y Ciudadanos.

Otra novedad y segundo añadido a esta nota: Hoy, día 19, a las nueve y cuarto, he escuchado que Sánchez rectifica y acepta los dos debates.

Mi impresión es que no ha tenido más remedio por la reacción que había provocado con la negativa, pero esta nueva rectificación indica que, importante novedad, en este momento no tienen muy clara la estrategia más adecuada para ganar las elecciones.

Lo tenían todo perfectamente programado y todo transcurría como estaba previsto, pero ha bastado este contratiempo, contratiempo menor por supuesto, para abrir alguna brecha en su equipo de campaña.

Será porque continúan existiendo demasiados indecisos y las encuestas, por muy sólidas que parezcan, las carga el diablo.

Las campañas electorales y la manipulación de los candidatos.

Si alguien que me conoce  quisiera hacerme daño, le bastaría con lanzar esta frase desde un escenario o en una red social: “Yo no creo que José Luis sea corrupto”. Sin más.

Porque lo que acaba de hacer es introducir deliberadamente un concepto nuevo asociado a mi nombre  que, indudablemente, marcará mi futuro en mayor o menor medida dependiendo de la importancia del concepto y de la imagen que los demás tengan de mí.

Porque la mecánica de los acontecimientos a partir de la frase será la siguiente:

Una parte se sorprenderán, o contestarán en la red,  “de ninguna manera, José Luis es una persona honorable”. A otros les entrará alguna duda y pensarán “¿por qué se cuestiona la honorabilidad de José Luis?”, y otro grupo, quizás el menor en número pero el más peligroso, opinará, comentará o retwitteará la noticia en términos de “ya me parecía a mí que detrás de esa fachada podría haber algo oscuro”.

¿Qué ha ocurrido? Que al lanzar esa primera frase, maliciosa porque se ha difundido sin venir a cuento,  ha conseguido asociar mi nombre a la palabra “corrupción”, y causar impacto en muchos niveles de opinión, siendo los más importantes “no lo creo”, “supongo que no, pero” y “algo habrá de verdad cuando se dice”.

Te parecerá una solemne tontería, pero no te confundas. Esta es una de tantas  técnicas de manipulación conocidas y utilizadas desde hace mucho tiempo, que siempre ha funcionado. Bastante más eficaz que la calumnia, pese al refrán de “calumnia que algo queda”, porque en este último caso, si se trata de un hecho concreto y se puede demostrar la falsedad de la afirmación, es relativamente fácil aclarar la verdad, e incluso puede acarrear responsabilidades penales a los calumniadores.

Sin embargo, la frase del ejemplo no tiene ningún tipo de recorrido judicial porque, realmente, no me están acusando de nada.

Este tipo de malicias, que siempre ha existido, se ha hecho mucho más evidente en los últimos tiempos, especialmente cuando las campañas electorales españolas han adoptado el modelo estadounidense, ¡que no importamos de Estados Unidos sea regular, malo o peor!, el mejor “utilizador” de estas técnicas de tan dudosa ética.

Son el equivalente popular al “si yo te contara”, “no quiero opinar” o “no me tires de  la lengua”, frases malvadas que dicen muchísimo y malo sin necesidad de decir nada.

Y en esta campaña electoral no hay candidato que no haya contratado a un asesor que le indique lo que debe decir, cuando debe decirlo, que cara debe poner cuando lo dice, que gesto debe hacer con las manos o con las cejas,  y el entorno en el que debe decirlo.

Y todos picamos. Es cierto que de vez en cuando avanzan alguna frase del programa electoral, pocas y en la mayoría confusas porque dicen que es lo que “van a hacer” pero no explican cómo lo costearán, pero, otra vez o quizás más,  se prefiere atacar al adversario diciendo lo que dicen que han hecho, lo que dicen que hace y lo que dicen que hará si consigue poder. Lo hará, “sin ninguna duda”, porque lo dice el adversario-enemigo-político-personal. Y lo sabe seguro.

Y seguimos cayendo en la trampa: En España no hay ningún partido que pueda atentar contra las libertades, ni contra la mujer, ni contra el progreso, ni contra la unidad de España, salvo los muy extremos, que solo tendrán influencia si los “grandes” les dan protagonismo.

Y no existen porque ni el PP, ni el PSOE, ni Ciudadanos son ni siquiera sospechosos, y porque estamos en la Unión Europea, ¡gracias a Dios!, que no permitiría veleidades ni salidas de tono.

Pero da lo mismo: nuestros muy cultos y comedidos candidatos aceptan, unos más que otros y se nota claramente en los dichos, los hechos y los gestos, las consignas de sus asesores, que no siempre aciertan en indicarles quién es su adversario más peligroso o el público objetivo al que atraer.

No se si acierta o no, pero creo saber porque lo hace: El PSOE califica a VOX, que no es su adversario natural,  como paradigma de la super derecha. Y ¿por qué lo hace? Supongo que para marcar una referencia válida del anticristo de la tolerancia y la modernidad y, a continuación, asociarlos con los partidos que están la derecha del PSOE: el PP y Ciudadanos.

“Las tres derechas”, gran frase de campaña en la que les agrupan, los “tres temores” en la última versión.

Ahora se usa menos  el término “franquista” porque en España este título es demasiado concreto y conocido. Es mejor “fascista”, término cajón de sastre que lo mismo sirve para un roto que para un descosido. Y hasta se puede ver a un “proetarra” llamar fascista a uno de Ciudadanos, pongo por ejemplo.

Podemos introdujo con cierto éxito, los términos “república”, “libertades”, y otros parecidos, que abrieron falsos debates sobre algo que, o es historia común con muchas luces y muchas sombras, o es común a la gran mayoría de los partidos políticos. Pero, en ambos casos, el mensaje subyacente era “la república es la alternativa deseable frente al sistema corrupto actual” o “en España no hay libertades”.

Aunque aprecio cambios en los mensajes subliminales del resto de partidos, y cito las dos acepciones de la palabra, “que es percibido sin que el sujeto llegue a tener conciencia de ello” y “que está aparentemente implícito y sugerido”,  sigo pensando que de los tres “grandes” es el PSOE el que tiene la estrategia mejor definida, porque no en vano tiene detrás a Iván Redondo, politólogo al que he seguido con interés desde hace años.

Y lo personalizo en este asesor que “ni es de aquí ni de allá”. Es un extraordinario profesional que ha trabajado para alguna comunidad del PP, por ejemplo, y al que cualquiera de nosotros puede contratar mañana, si tuviéramos suficientes recursos para hacerlo, si quisiéramos  ser director general de nuestra empresa, u ocupar un determinado cargo político o social. Él nos diría lo que tenemos que hacer y es muy probable que tuviéramos éxito.

Esto es lo que yo creo que está pasando. Y es así, porque nosotros nos dejamos engañar, o al menos seducir, por la parafernalia y la envoltura de los mensajes, sin que lleguemos nunca a analizar la calidad o la solvencia del propio mensaje.

Tierno Galván, “el viejo profesor”  para sus seguidores, aunque murió relativamente joven, y “una víbora con gafas” para la afilada lengua de Alfonso Guerra,  dijo con ese cinismo profesional que le caracterizaba que «las promesas electorales están para no cumplirse». Y así ha sido durante mucho tiempo. Yo creía que estábamos avanzando hacia un concepto de la política más germánico o más anglosajón pero, como en tantas otras cosas, estaba equivocado.

Lo visceral es lo que sigue contando, quizás más hoy que ayer, y cualquier fórmula para “enamorar” como se dice ahora, o para convencer, vale.

Sin ir más lejos, ayer mismo escuché al más auto valorado de los candidatos, a nuestro presidente, decir que si no les convencía del todo como futuro presidente, le votaran “como al menos malo”. Seguramente le costó bastante no decir “porque soy el mejor”, pero las estrategias son las estrategias, y ante el enorme número de indecisos que aparecen en las encuestas, tocaba “una de humildad”

¡Vivir para ver!

Y, lo cierto, es que por unas cosas y por las otras, esta campaña es la más crispada, más violenta verbalmente e incluso físicamente, de los últimos años.

Ayer mismo vi las imágenes de Rentería, pueblo natal de mi abuela María, como he visto las de otros acosos, y los rostros de los participantes son verdaderamente preocupantes, porque no reflejan oposición. Manifiestan odio, mucho odio.

Pero no hay problema. España es muy fuerte y sobrevivirá, una vez más, a ese espíritu autodestructivo que nos caracteriza.

El prólogo de la novela «documento 303»

Una buena amiga, que ha leído y, según dice, disfrutado con mi novela “la cruz de piedra” me ha recomendado que lea “el documento 303”, de José Manuel Surroca, porque, lo mismo que en mi caso, fabula sobre hechos históricos, en este caso relacionados con los orígenes del Reino de Aragón, en una trama que, según me dijo, también  se desarrolla  en diversos momentos de la historia, incluido el tiempo actual.

Seguro que me gustará, pero no puedo opinar porque apenas he empezado a leerla. Lo que sí que me he encontrado es con  un prólogo de mucha calidad de María Luz Rodrigo Esteva, profesora titular del Área de Historia Medieval  de la Universidad de Zaragoza, según he podido comprobar en internet, en la que comenta la confusa  situación del conocimiento de la historia, vulgarizada, difundida e interpretada de forma poco profesional, si no utilizada con fines políticos o a favor de determinadas ideologías.

Eso no lo dice ella textualmente, pero lo añado yo porque es lo que está ocurriendo.

Y en un momento de sus reflexiones se hace la pregunta “¿qué hacer ante los cada vez más crecientes usos públicos de la historia?”

Y yo le contestaría: negarnos firmemente a aceptarlos. Luchar contra los timadores de tribunas, columnistas poco escrupulosos, tertulianos indocumentados, falsos protagonistas de redes sociales, docentes desaprensivos, y cualquier otro falseador de los hechos históricos.

Y denunciarlos con firmeza.

Siempre he asumido que la historia la escriben los vencedores, y que en las cortes medievales eran los escribanos reales los que narraban los hechos, por lo que, naturalmente, no escribían nada que perjudicara el buen nombre del rey su señor, o que cuestionara sus decisiones.

Pero los historiadores profesionales, conocedores como nadie de esta realidad, consultan los relatos de las cortes antagonistas o de las noblezas en conflicto para poder atisbar la verdad de los hechos.

Que complementan buscando donde deben: en las cartas de los interesados, en los pactos escritos, en las capitulaciones, en la correspondencia de particulares, y en cualquier fuente que permita crear una bibliografía que justifique los hechos que describen.

Y, sabiendo que nadie es totalmente imparcial a la hora de juzgar o interpretar los hechos históricos, cada vez se dispone de más información objetiva para analizar la verdad de la historia.

Pero ese nivel, ese magisterio, está reservado a los historiadores profesionales, no a la legión de arribistas que, utilizando parte de lo sucedido, incluso partiendo de oídas o leyendas, construyen historias muy a medida de sus intereses o de su ideología. O simplemente opinan por la vanidad de demostrar que “saben”.

Y que, citándose los unos a los otros, acaban construyendo  una verdadera red de citas y  bibliografías  circulares que no hacen sino dar un barniz de veracidad a lo que es pura invención o verdades a medias.

Y, estando totalmente de acuerdo con sus reflexiones, digo lo que siempre he dicho: pese al “empoderamiento” de la clase política, ningún congresista, o senador, o líder de un partido, tiene la autoridad de un historiador para describir hechos, ni la de un académico para regular el idioma.

Pero se ha perdido la vergüenza Y se atreven a hacerlo incluso cuando vivimos muchos de los que participamos de alguna forma con los hechos que se intentan tergiversar, o los negros acontecimientos que se quieren blanquear.

Y así hay partidos que afirman que debemos pedir perdón a Méjico porque Cortes y unos quinientos españoles masacraron a millones de indígenas, o que tal o cual régimen, excluida la dictadura porque no se puede considerar un régimen, eran “los buenos” y los otros eran “los malos”.

Y me pilla en un momento de especial sensibilidad porque solo hace unos días he publicado un comentario en mi blog sobre los desdichados hechos ocurridos en el parlamento vasco, donde un diputado de Bildu se dedicó a insultar a los que en su día fueron víctimas de ETA, sus antecesores, protegido por esa supuesta capa de impunidad por la que cualquier elegido en una urna puede decir lo que quiera mientras mantenga el uso de la palabra.

Afirmación que, por supuesto, es absolutamente falsa.

Y, aludiendo a esta intervención desdichada, decía entre otras cosas en mi artículo:

“Pasar página sí, pero no permitir ese continuo intento de blanqueo de la violencia y de los violentos, incluso propiciado por otros partidos como Podemos, Izquierda Unida, todos los nacionalistas y, en ocasiones, algunos miembros del PSOE, que quieren hacernos creer, y pueden hacer creer a los más jóvenes, que el lobo del cuento era una víctima de los tres cerditos”.

Y que conste que mi comentario no está alimentado por ningún color político. Cito a los que cito porque todos ellos han sido colaboradores necesarios para que lleguemos a esta situación en el caso de ETA y el relato de lo sucedido.

Espero, pues, disfrutar de la novela como, de momento, he disfrutado con el preámbulo.

Y espero también que alguien, algún día, entienda que esto es inadmisible. Y que la historia es la que es, y no como quieren algunos que hubiera sido.

Y que todos nosotros, sin ninguna excepción, asumamos que tenemos antepasados héroes y antepasados villanos. Antepasados que mataban y antepasados que morían.

Pero que hoy, en pleno Siglo XXI, lo único sensato y práctico es aceptar que la historia es como fue, que aprendamos, y que no repitamos los mismos errores que cometieron las generaciones que nos precedieron.

Que así sea.

Bildu – El matonismo y el blanqueo de los violentos.

Los que tenemos cierta edad y vivimos la negra época de ETA, la de los asesinos cobardes que causaron 850 víctimas de todos los estamentos, que ejecutaron vilmente a militares, fuerzas de orden público, incluidos algunas ertzainas, miembros del poder judicial, políticos de todos los partidos, menos del PNV claro, y entre ellos varios niños, recordamos lo que era parte del manual de los valientes soldados gudaris en caso de que los detuvieran.

Una de las normas era que siempre, y en todos los casos, denunciaran brutalidad policial en el momento de la detención o en los interrogatorios. Siguiendo esta consigna se produjeron más de tres mil denuncias, soportadas y defendidas por sus abogados, la mayoría de los cuales militan hoy o son cargos de Bildu, la sucesora de los sucesores de ETA.

La inmensa mayoría de estas denuncias fueron desestimadas por los jueces porque no encontraron causa, aunque sí que prosperaron algunas de ellas, incluso con algunos encausados entre las fuerzas del orden. Pero, insisto, solo en una mínima parte de las denuncias.

La otra consigna, para los que estaban en territorio francés, era ir armados pero no ofrecer resistencia en caso de ser detenidos. La razón es que llevar armas en Francia es un delito por el que debían juzgarlos en el país, y de esta forma, al existir causa pendiente en territorio francés, no les podían deportar aunque estuvieran reclamados por la justicia española.

Esas, entre otras, eran las consignas difundidas entre los miembros de la banda asesina.

Pues bien. Los mismos, o casi los mismos ideológicamente hablando, que cometían estos desmanes son los que ayer montaron el espectáculo aberrante en el parlamento vasco, incomprensiblemente soportado por los parlamentarios de casi todos los partidos allí presentes, incluido el muy honorable lendakari, y con una presidenta que permitió que continuara con su discurso brabucón, torticero e intolerable, alegando que el parlamentario estaba en uso de la palabra, cuando no hay parlamento de país civilizado que permita que un diputado aproveche su turno en el estrado para insultar, ofender, provocar, y mentir como él lo estaba haciendo.

Y el pretexto para semejante espectáculo fue la defensa de una ley que permite reflotar todas aquellas denuncias por brutalidad policial, ley que ya fue derogada en un intento anterior por el Tribunal Constitucional, y que ayer, para nuestra vergüenza, fue aprobada, ¡con los votos a favor del PSE-EE , el partido socialista del País Vasco! El de Idoia Mendia, la que confraterniza con Otegui, la que dice que trabaja “para que la izquierda abertzale reconozca que nunca se debió matar»

Y, evidentemente, lo está consiguiendo. No hay más que prestar atención. Porque son legión los etarras que se manifiestan arrepentidos por lo hecho, los que colaboran con la justicia para esclarecer los más de trescientos asesinatos sin resolver, y los que se niegan a que les reciban como héroes cuando salen de las cárceles.

Y es que, señora Medía, hágase cargo. Es casi imposible convencer al escorpión de que debe amputarse el aguijón.

Porque, naturalmente, es necesario hacer justicia a aquellos pobres asesinos capturados injustamente por las fuerzas de orden público cuando luchaban descerrajando tiros en la nuca de inocentes por su noble causa.

Ley que, por supuesto y una vez recurrida, como se hará, volverá a ser declarada inconstitucional.

Pero el problema de fondo, el gran problema, es que los radicales, en este caso concreto radicales peligrosos, están envalentonándose cada vez más, y lo hacen amparados por esas leyes nuestras, tan garantistas, que permiten los excesos de personas o partidos que comienzan a ser muy preocupantes.

Y que, en ausencia de protección legal contra semejantes intentos,  están provocando movimientos pendulares de otro signo, como puede ser el crecimiento de VOX, al que, lamentablemente, están alimentando con los extremismos de cada día de los partidos nacionalistas, independentistas, o simplemente antisistema

Todos ellos enemigos de nuestro país y de nuestra convivencia.

Y lamento comprobar que la sociedad civil, la famosa mayoría silenciosa, asimila día a día este ambiente enrarecido e insano de los fanáticos iluminados como si fuera un panorama normal en nuestro horizonte. Habitual sí que lo es, pero indeseable.

Y continúo pensando lo que siempre he pensado: que todo el mundo tiene derecho a opinar como estime conveniente, a expresar sus ideas con toda libertad, y a luchar políticamente para conseguir sus objetivos, pero desde el respeto, sin violencias físicas o verbales, y asumiendo que episodios de matonismo y de ocupar las calles de forma violenta por los que no son sus propietarios, ya son historias superadas. Las de nuestra España en blanco y negro.

Y está bien que nos ocupemos de nuestros asuntos, que nos quejemos de las injusticias de la sociedad,  que gocemos o suframos con el futbol según el caso, o que disfrutemos con las cosas pequeñas o grandes de nuestra comunidad, pero lo cierto es que cada vez estamos más adormecidos. O porque no nos damos cuenta de lo que está pasando en nuestra sociedad, o, lo que sería peor, porque no queremos verlo

Y defiendo sin ninguna duda que debemos pasar página de muchas cosas como se hizo en la transición, incluso de la historia de ETA,  pero sin permitir que se niegue o se tergiverse lo que ocurrió.

Pasar página sí, pero no permitir ese continuo intento de blanqueo de la violencia y de los violentos, incluso propiciado por otros partidos como Podemos, Izquierda Unida, todos los nacionalistas y, en ocasiones, algunos miembros del PSOE, que quieren hacernos creer, y pueden hacer creer a los más jóvenes, que el lobo del cuento era una víctima de los tres cerditos.

Y, si no recuperamos el control de la información, nos puede ocurrir como el ejemplo de la rana y el agua de la cazuela. Y cito literalmente la fábula:

“Si echamos una rana en una olla con agua hirviendo (a veces dicen agua muy caliente), esta salta inmediatamente hacia fuera y consigue escapar. En cambio si ponemos una olla con agua fría (a veces dicen temperatura ambiente) y echamos una rana esta se queda tan tranquila. Y si a continuación empezamos a calentar el agua poco a poco, la rana no reacciona sino que se va acomodando a la temperatura hasta que pierde el sentido y, finalmente, morir achicharrada”.

Y en eso estamos. Si no hacemos nada, y hacer algo es manifestar opiniones, no admitir imposiciones ni mentiras, y votar con conocimiento, acabaremos achicharrados.

Y no quiero exagerar poniendo como ejemplo a países sudamericanos. Los populismo son una de las desgracia de nuestros tiempos y se está estableciendo cada vez más en nuestra muy avanzada civilización occidental. Y, como ejemplo, basta con ver lo que ocurrió en Grecia, lo que está ocurriendo en Italia (¿alguien podía imaginar lo que ocurre en Italia?) y lo que apunta en otros países de la Unión Europea.

Quizás tengamos que volver a cantar con Jarcha  aquel casi-himno de la transición:

Libertad, libertad
Sin ira libertad
Guárdate tu miedo y tu ira

Porque hay libertad
Sin ira libertad
Y si no la hay sin duda la habrá

La democracia, la política, y la «política real» – Elecciones en Bocairent

La palabra “política” tiene varias acepciones, pero a mí solo me interesa la que la define como “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.

Porque otras, como “arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados”, o “actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos” no las tengo muy bien consideradas en estos tiempos.

Porque creo firmemente en la democracia, esta democracia que no “nos vino dada” porque costó muchos sacrificios, muchas renuncias, mucha generosidad y muchas muertes, no empezó a regir, ni mucho menos, como consecuencia de la muerte de Franco, tan querido por las izquierdas con pocas ideas, porque la mayoría de las izquierdas, las que conocen los hechos, tiene muy claro que aquello fue una etapa cerrada.

Y dentro de las varias figuras de ejercer la democracia, mi preferida en estos momentos, como lo ha sido siempre, es la que llamamos “democracia real”, la practicada en los municipios de pocos habitantes, como Bocairent por ejemplo, en la que los rectores pisan las mismas aceras que sus votantes o los que no les han votado, y en donde debe primar la tolerancia y la transparencia porque los cargos electos están muy a la vista de la ciudadanía.

Y se vota por listas, naturalmente, y las listas indican tendencias e ideales, y las tendencias marcan una parte de las políticas municipales pero, normalmente, no las encorsetan porque unos y otros van a las mismas romerías, o son miembros de las mismas comparsas de Moros y Cristianos.

Esta introducción viene a cuento de que he sabido que Josep Vicent Ferre i Domínguez no se vuelve a presentar como alcalde. Yo no le voté, entre otras cosas porque no estoy censado en el pueblo en el que tengo alguna propiedad y muchos lazos afectivos, todos, pero creo que ha sido un buen alcalde. Y lo digo en su despedida y habiendo tenido, como así ha sido, muchos encuentros y algún que otro desencuentro que siempre ha acabado bien. Y me refiero a ese final feliz en el que los discrepantes mantienen sus posturas dentro de ese marco de cortesía, no me atrevo a decir cordialidad, que debe presidir, sobre todo, los desencuentros.

Josep Vicent es un hombre culto que ha trabajado por el pueblo, seguramente no a total satisfacción de todos, especialmente si se le juzga a través del prisma de las ideologías, pero lo ha dejado mucho mejor que lo encontró, y es de lo que se trata.
Y que siendo como es socialista, ha sabido sacar recursos de todas partes, incluido del PP cuando gobernaba la Generalitat o la Diputación.

Como no nos “deja” en el sentido más trágico de la palabra, dejaremos las cosas así y seguiremos manteniendo ese contacto esporádico que hemos tenido en los últimos años. Espero que le vaya muy bien en su vida personal.

Y he comprobado que el candidato del PSOE es Xavi Molina. A Xavi le conozco poco, pero siempre que lo he necesitado me ha respondido de forma muy satisfactoria y me parece un hombre cordial y “de fiar”. Y tengo buenas sensaciones transmitidas por otros bocairentinos amigos míos que son de fiar y que le conocen bien. Esos sí, con derecho a voto.

¿Quiere decir que me gustaría que fuera el próximo alcalde? Ni mucho menos. No conozco a los otros candidatos y es muy posible que me merezcan un juicio igual de favorable, pero los bocairentinos, y no yo, serán los que decidirán con sus votos llegado el momento. Y espero que decidan desapasionadamente entre los cabezas de lista, ponderando eso sí, su capacidad de diálogo y de entendimiento con todo el mundo.

Pero que Xavi sea uno de los candidatos me da una cierta tranquilidad. Espero una lucha noble y reñida, un nivel parecido, y que gane el mejor. Por cierto: tengo curiosidad por conocer los programas de los partidos, porque todavía hay algunos temas culturales pendientes de resolver.

Porque problemas ya tenemos bastantes. Demasiados. Sería bueno que la política local aprendiera de las comparsas de Moros y Cristianos que yo conocí, focos de pasión y acaloramiento, donde, por lo que recuerdo, cuando los ánimos se exaltaban más de lo conveniente, siempre surgía la iniciativa de una de las partas, o de un tercero, que lanzaba el grito mágico ¡festa avant!

Lástima que no esté bien visto, o quizás sí, el grito de ¡política avant!, entendiendo su verdadera etimología griega, “politeia”, la teoría de la polis (ciudad), de la convivencia basada en la ley y el orden, aunque, como sabemos, los que dieron ese primer paso hacia la democracia tampoco eran tan demócratas como nos hacen ver, porque solo podía participar en las decisiones los llamados “ciudadanos”. Pero eran otros tiempos y supuso algo muy diferente a los gobiernos de los “aristos” de Esparta. Su clase dominante.

Lo malo es que cuando salimos de la política real y asciendo a las comunitarias o a las nacionales, cada vez veo más “aristos” y menos “ciudadanos atenienses”.

Pero ese es otro tema.