Cada cosa en su sitio y respetando las formas y los tiempos. Manifestaciones de cacerola

En el día de ayer y como ocurrirá en los próximos, (porque el tema de hoy es el acuerdo del PSOE y Podemos con Bildu, los herederos de los asesinos de ETA), en los titulares y los comentarios políticos no aparecen o lo hacen con letra más pequeña los muertos por la pandemia, ni los infectados, ni las fases lunares en las que estamos metidos, ni ninguno de los muy preocupantes temas que tanto nos están afectando.

Lo importante son las manifestaciones “espontáneas”, los acosos y las bravuconadas de unos y de otros.

Hechos que según la lógica española de los últimos tiempos, difumina, si no cubre por completo,  las colas de gente que va a pedir ayudas en alimentos a donde pueda encontrarlas, a los afectados por los ERE temporales, definitivos o del estilo que sean que no han cobrado desde hace dos meses, o en las muchas majaderías y contradicciones de los unos y los otros.

Ahora lo importantes es salir a la calle gritando “gobierno dimisión”. Y si es con una bandera española y una cacerola mejor que mejor. 

Pero me parece a mí que si son manifestaciones “espontáneas” no tienen demasiado sentido. Aplausos, caceroladas o música desde los balcones toda la que se quiera, pero en la calle no es el momento porque puede suponer algún tipo de riesgo de contagio o de enfrentamientos con los “contrarios” porque ni están legalizadas ni gozan de la debida protección. Y si están organizadas por algún partido mucho peor porque parece que es cambiar algaradas, que no manifestaciones organizadas, por votos ¿Por votos, para quién?

Porque la última vez que se le hizo algo parecido a Zapatero le vino de maravilla porque provocó un repunte en su caída de confianza de los españoles en las encuestas del CIS. Me refiero al CIS respetado y fiable de entonces y no a la formidable máquina de propaganda  del gobierno, alimentada con las preguntas “inocentes” del en otro tiempo respetable Señor Tezanos.

Que los españoles tienen derecho a manifestar su opinión, por supuesto. Y que nos han secuestrado el derecho a hacerlo formalmente también. Que el gobierno se merece escuchar algunas verdades que tenemos aparcadas, sin ninguna duda. Pero ahora no. Ahora no es el momento.

Porqué la nación española no es ni una falla ni un club de futbol donde puede dimitir un presidente por una “pañolada” y al día siguiente hay un nuevo presidente que ocupa el cargo

Afortunadamente tenemos una Constitución que impide este tipo de alegrías y que para cambiar un gobierno obliga a disolver las cortes y convocar elecciones, para lo que hay plazos y formalidades.

De entrada entre la disolución de las Cortes y las elecciones debe pasar bastante tiempo y una vez conocido el resultado de las votaciones, el Rey nombra candidatos a formar gobierno entre los líderes políticos  capaces de conseguir mayoría suficiente para gobernar. Y si, en el mejor de los casos, el candidato propuesto consigue esta mayoría, se le declara  presidente electo y tiene un plazo para formar gobierno y tomar posesión formal de su cargo.

Mientras y según Artículo 101, punto 2. “El Gobierno cesante continuará en funciones hasta la toma de posesión del nuevo Gobierno”. Es decir: durante todo este proceso que dura muchos meses, el gobierno sigue siendo el mismo, aunque sea “en funciones” y al final, después de todo este recorrido, podríamos tener al mismo presidente si consigue los apoyos necesarios.

¿Esto lo saben los que salen a la calle gritando “gobierno dimisión”? ¿Es el mejor  momento para forzar una dimisión del gobierno actual? En mi opinión no, un no rotundo porque además de todos los problemas que tenemos, solo nos faltaba estar sin un gobierno controlable en el Parlamento. Lo conveniente sería forzar a que el gobierno actual ceda en sus posturas intransigentes y acepte dialogar con la oposición para pactar soluciones. Para lo cual hay que presionar al gobierno y a cada una de las fuerzas políticas del país para que se dejen de componendas, de juegos florales o de pirotecnia de bajo nivel y se dediquen a ganarse el sueldo que cobran por mejorar el bienestar de los españoles, que es para lo que les han elegido.

Sin caer en las trampas que nos están tendiendo. Al Señor Casado o al Señor Abascal no les pueden presionar los militantes o simpatizantes del PSOE o de Podemos. Ni tampoco pueden los votantes del PP, de VOX o de ciudadanos presionar a Pedro Sánchez o a Pablo Iglesias. No conseguirían nada.

La presión que debería sentir cada uno de ellos es la de sus propios votantes. Esa sería la única lógica y la más eficaz. Promover foros, reuniones o mini asambleas dentro de cada partido y hacer ver a sus dirigentes que tienen que llegar a un acuerdo y hacerlo rápidamente. Y cuando digo un acuerdo no me refiero al que se basa en la “adhesión inquebrantable” que reclama el presidente.

Cuando pase este trago sí. Entonces será el momento de que cada cual ponga en funcionamiento los mecanismos institucionales que estime necesario para forzar un cambio de gobierno, si es lo que quiere, o un cambio de rumbo y de política con iniciativas parlamentarias, manifestaciones o lo que crean conveniente.

Y mientras, todos los que están pidiendo “gobierno dimisión” que sigan con sus caceroladas de balcón o de puerta de la calle y se dejen de ejecutar manifestaciones más o menos espontáneas.

Para evitar que se provoquen tensiones entre ciudadanos que, de favorecer a alguien, sería a los más radicales del gobierno. Pablo Iglesias ya ha “anunciado”, o casi, que los suyos acosaran a los que ellos llaman derecha y extrema derecha. A él no le viene nada mal porque es su terreno, su mejor forma de conseguir lo que quiere en forma de algaradas y confrontaciones. Nunca lo ha ocultado.

¿Decisiones sanitarias o decisiones políticas?

Posiblemente mi fantasía se está desbordando a causa de la duración del confinamiento, pero hay cosas y figuras que están siendo habituales y que a mí no me parecen normales. Y me explico:

La situación que estamos atravesando no ha cambiado en absoluto y seguimos teniendo que resolver dos problemas muy importantes  y totalmente diferentes:

  • El primero es el control sanitario de la pandemia, que está en fase decreciente con una amenaza nada desechable de cierto rebrote. Esta operación debería estar dirigida, como nos dicen, por un equipo de expertos, de técnicos sanitarios en epidemiología, control de infecciones  y de las especialidades más adecuadas para el caso, aunque también requiere una serie de medidas económicas a corto plazo para paliar los efectos negativos para las empresas y trabajadores afectados por la pandemia. Medidas económicas que, en pura lógica, desaparecerán cuando se venza al virus y se recupere la normalidad social.
  • Y el segundo es determinar y aplicar las medidas necesarias para recuperar la catástrofe económica causada por la pandemia y que provocarán mucho paro por cierre de empresas. Son daños que perdurarán durante un plazo más largo, no menos de tres años en mi estimación personal, nada fundada, y que requiere estrategias y acuerdos consensuados por todas las fuerzas políticas.  En primer lugar porque puede que se necesiten medidas severas y hay que evitar la utilización política de sus efectos y también porque es muy posible que su aplicación afecte a más de una legislatura en la que incluso pueden variar los partidos en el gobierno.

Pues bien. En lo que afecta a las medidas sanitarias de defensa contra la pandemia y las estrategias del desconfinamiento, especialmente las preventivas, todos dicen que las coordina un “comité de expertos”. ¿Quiénes son y dónde están? ¿Por qué se oculta su identidad? La ley general y la de transparencia en particular obligan a hacer públicos los nombres de los que trabajan directa o indirectamente para el gobierno. ¿Qué mejora sanitaria supone esta situación de ocultismo? ¿Evitar presiones? Una excusa intolerable porque impide que la gente experta en la materia, que no soy yo, puedan estimar si son expertos o no en temas de sanidad. ¿Quién me dice a mí que en ese consejo no está la esposa del presidente, por poner un ejemplo absurdo?

Y no me vengan con otra de sus grandes falacias: Declararlo “secreto de Estado”. Bien está porque no lo hemos podido evitar que sea secreto de Estado los viajes particulares del Presidente en el Falcon, pero estos abusos no pueden acabar bien. Es imposible que se acepten como norma en un estado democrático en el que uno de sus pilares fundamentales es la transparencia.

¿Este comité invisible trata asuntos sanitarios? Porque, de ser así, lo suyo sería que los representantes de la sanidad de cada autonomía se dirigieran a los expertos nacionales y acordaran acciones ajustadas a cada caso y cada situación.

Pero no es eso lo que ocurre. Lo que veo es a un Presidente de Gobierno en funciones de “máxima autoridad”, escuchando a los presidentes autonómicos, de los que recibe peticiones políticas relacionadas con cada una de sus autonomías y a los que contesta con decisiones políticas por mucho que insista en la coletilla de “según los expertos”.

Porque, insisto, si fueran decisiones de los expertos, ¿Qué pinta el Presidente haciendo de intermediario? Tienen que hablar los expertos, claro que sí, y tiene que participar el Ministro de Sanidad porque alguien tiene que representar la autoridad del gobierno y los expertos no la tienen.

La imagen que se proyecta y afecta a mi sentido de la democracia real es la de un “jefe” todopoderoso que, “oídas las partes”, dictamina sin posibilidad de réplica. Como ocurre en el muy antiguo Tribunal de las Aguas de Valencia. Solo que ese tribunal lo componen “hombres buenos” en la terminología valenciana, hombres conocidos, respetables y respetados que representan a las acequias. Y aquí solo se oye la voz del Presidente.

Puede que esta exposición mía sea demasiado en blanco y negro y existan algunos grises, pero yo los aprecio cada vez menos.

Y si, como me parece, son decisiones políticas que afectan a una parte de los derechos fundamentales de los españoles, por mucho que se envuelvan en una coartada sanitaria, el lugar para debatirlas es el Parlamento, casa de la democracia, y no con los presidentes autonómicos, sino con los grupos parlamentarios.

Insisto. Defiendo, más bien considero prioritaria, la intervención de las autonomías en las decisiones que afecten al control de la pandemia, pero no con el formato actual. Y no olvidemos que la sanidad está transferida desde hace muchos años y que, en pura lógica, los consejeros de sanidad de cada autonomía tiene mucha más experiencia y posibilidades de decidir lo más adecuado que un Ministro de Sanidad, titular de un ministerio catalogado como uno de los “maria”, que carece de ella.

Transferencia que en este momento está suspendida de hecho sin que hasta el momento sepamos si ha sido conveniente hacerlo o no.

Lo cierto es que la postura actual es sumamente beneficiosa para el Presidente del Gobierno. Aparece como una figura de autoridad tipo “ordeno y mando” disfrazado de “después de intercambiar opiniones” que en la práctica no pasa de ser un simple “escuchar” porque, por lo que dicen los presidentes, no existe tal diálogo.

Y, naturalmente, el presidente estará cómodo sumamente cómodo porque, repito, no es el representante del “ejecutivo”, sino la máxima autoridad de la nación que toma decisiones acertadas junto con otras de dudosa utilidad, o lo que es peor, de dudosa legalidad en el contexto en el que se están tomando, gracias a los supuestos poderes que le otorga el estado de alarma.

Y esa es otra. Porque el estado de alarma solo autoriza al gobierno a tomar medidas sin el control del Parlamento en lo relacionado con la razón de ser de la propia declaración, pero no permite, es inmoral, utilizarlo para razones totalmente ajenas al hecho. Eso tiene un punto cada vez más acusado de autoritarismo, por no emplear la palabra absolutismo, que no ha sido característica de nuestros gobiernos desde la restauración de la democracia.

El Presidente, por la autoridad que se ha conferido, tiene la llave de las puertas de nuestras casas y nos deja entrar o salir cuando estima oportuno y en las horas que tiene a bien hacerlo, tiene al Parlamento bloqueado y a la oposición amordazada la mayoría del tiempo, se ha convertido en el “señor” de las autonomías, a las que convoca cuando quiere y a las que dicta lo que estima oportuno, ha subvencionado a “sus” televisiones para que apoyen sin fisuras sus decisiones, se ha auto asignado muchas horas de televisión para lanzar mensajes de autobombo y de propaganda indisimulada, decide “secretos oficiales” para ocultar información a los españoles y al propio Parlamento y, entre otras cosas más, tiene la llave del BOE para imponer decisiones sin pasar por los filtros habituales.

Imaginemos que los españoles queremos hacer una manifestación pidiendo “lo que sea” al gobierno porque no nos gusta como lo hace. ¿Cuándo podremos hacerla? ¿Puede plantearse una situación más favorable para un gobierno que tenga “un punto” de totalitarismo?

En un pasado histórico el Rey, que era la autoridad del Estado, podía delegar sus funciones en alguien y a eso se llamaba “dictadura”. Lo que, de hecho, suponía una alteración de la normalidad, siendo la del General Primo de Rivera la última que recuerdo.

Pero en la actual Constitución, que es de hecho la máxima autoridad del Estado aunque su representación última la ostente el Rey, los gobiernos no dejan de ser administradores temporales de los Presupuestos Generales del estado e impulsores de leyes y reglamentos que deben aprobarse en el Congreso.  Los gobiernos no son los “dueños” de nada y mucho menos de las vidas y haciendas de los españoles. Eso sucedía en tiempos del Alcalde de Zalamea.

Son servidores públicos, eso sí al máximo nivel y no pueden tomar decisiones que no estén contenidas en la Constitución o en las leyes españolas. Insisto: Medidas sanitarias sí, las correspondientes al estado de alarma. Decisiones políticas “excepcionales”, ninguna.

Y la otra parte del problema, las medidas a largo plazo para paliar el desastre económico provocado por la pandemia, necesita una solución urgente, pero da la impresión de que el gobierno o no tiene prisa o tiene un plan desconocido para que, muy en su línea, parezca que se hace lo que no se hace.

Ya se ha formado la comisión, pero tiene toda la pinta de ser una comisión parlamentaria más, con intenciones políticas, que no ha incluido a expertos en economía o en materias que van a resultar muy importantes para alcanzar una solución real, práctica, estable y sólida. Solo a políticos de la Cámara. Y a políticos con perfil político, valga la redundancia, no con perfiles profesionales solventes

¿Alguien piensa que la solución puede venir de un acuerdo entre el PP y Podemos, pongo por caso? De ninguna manera.

¿O que esta comisión puede llegar a acuerdos que comprometan a un próximo gobierno sea de la orientación política y social que sea?

¿Alguien que tenga más de cincuenta años puede pensar que Patxi López es el hombre de mente preclara y mano firme adecuado para liderar el grupo y aportar soluciones? ¡Que nos conocemos, por favor!

Patxi López es un “buen mandado”, facilón y acomodaticio a los puestos que ha ido ocupando. Y, en este caso y para aclarar dudas, lo primero que ha dicho que es que la oposición se olvide de que esta comisión “sirva para cuestionar decisiones del gobierno”. ¡Así nos irá! Claro que no se constituye para cuestionar decisiones tomadas por el gobierno.

Eso podría justificar “otra” comisión parlamentaria, pero esta comisión en concreto se crea, o así debería ser, para buscar soluciones de futuro que eviten una auténtica catástrofe económica y social.

Señores congresistas, no acepten una comisión al uso que acabe como la mayoría. En nada práctico. Tenemos un problema de Estado que trasciende al gobierno actual y que necesita a los mejores cerebros de la sociedad española. Sin más condicionantes que disponer de los conocimientos suficientes para sacarnos del pozo lo más rápidamente posible. Sean políticos en ejercicio o no.

Y es por todo esto por lo que cada vez me huele peor lo que está sucediendo. Hace tiempo que “me lo temo” y así lo he publicado en varias ocasiones,  pero cada vez más se aprecia el tufillo de partidismo o del egoísmo personal que tiene como objetivo ganar tiempo para concurrir con una buena imagen a las próximas elecciones y no tanto en solucionar el problema de la nación.

Porque, visto de forma totalmente imparcial y fuera del marco de la política profesional,  el procedimiento que se está siguiendo es totalmente contrario a lo que exigen los estándares de calidad en general y los de “solución de problemas” en particular. Está en las antípodas.

Como sabe cualquiera que haya trabajado en procesos de calidad aunque sea de forma elemental,  el primer paso para resolver un problema, el ineludible, es evitar las bolas de nieve o las nubes que enmascaren los hechos.  Que la visión del bosque no impida la de cada uno de sus árboles.

Es fundamental dividir el problema en cada una de sus partes para abordarlas por separado y con soluciones adecuadas al caso, sabiendo que si se resuelve cada una de ellas, se resuelve el problema general. Y que mientras, se avanza en cada área en concreto.

Aunque parezca algo enrevesado, repito que es práctica habitual en calidad que se emplea en la empresa privada y, seguramente, en algunos organismos oficiales.

Que es exactamente lo contrario que está haciendo el gobierno: mezclar los problemas a resolver a corto plazo con los que necesitan acciones a medio o largo plazo, la salud con la economía, los problemas sociales provocados por la pandemia con los estructurales de la nación, etc.

Y que para abordarlos ha convocado un comité confuso y un grupo de expertos invisibles.

Insisto. Alguien está mezclando las prioridades y este no es el camino adecuado. De hecho no es “ningún” camino. Es el bloqueo total a cualquier solución sensata.

Lo peor es que el gobierno, abusando de la necesidad de que intervenga en el freno a la pandemia impidiendo la movilidad entre autonomías hasta que la situación lo permita, porque es el único que puede hacerlo, no soltará el bocado que ha asestado al cuello de la nación. Hay demasiados interesados en mantener esta situación de control absoluto porque, de hecho, la intervención forma parte de su ideario político. Y mucho más del de Podemos, su socio preferente.

Por lo que, lamentablemente, la única solución es votar en contra de futuras prolongaciones del estado de alarma, o aprobarlas imponiendo condiciones muy severas. Condiciones que favorezcan la democracia, naturalmente.

Y dicho todo lo anterior, que es mi opinión sobre lo que está pasando, un último comentario.

El gobierno ha cometido muchas imprudencias y alguna que otra insensatez desde el comienzo de la pandemia, pero no se le puede acusar de ser el único culpable de lo sucedido. Lo que tengo claro, y ya lo he dicho en otras ocasiones, es que lo que ocurra de ahora en adelante es responsabilidad exclusiva de los ciudadanos inconscientes, sino auténticos descerebrados que están incumpliendo todas las recomendaciones, no solo del gobierno, sino de todos los médicos y personal sanitario de España. Por lo que opino que, desgraciadamente, no habrá más remedio que prolongar el estado de alarma.

Aunque, como también he dicho, el gobierno debe asumir una serie de condiciones para que esta prolongación no suponga una prolongación de la muy extraña situación que ha provocado y de la que no parece dispuesto a renunciar.

Apoyo condicionado sí, sumisión al gobierno, no.

Vergüenza propia, vergüenza ajena.

Tengo que manifestar mi desilusión por lo que está ocurriendo en las calles de toda España en cuanto se abre la mano para al desconfinamiento condicionado de los españoles.

Sin entrar en detalles de lugares ni momentos, otra vez se produjo una mezcla indeseada de mayores con deportistas, bicicletas esquivando peatones, patinetes, gente corriendo sin mascarilla adelantando a otros colectivo sabiendo que su estela de riesgo es mucho mayor que la de un peatón, gente que invade lugares prohibidos o que circula por direcciones contrarias a las señaladas y muchas otras infracciones.

Incluso hay quién ha aprovechado la ocasión para organizar encuentros o botellones en las calles de nuestras ciudades.

Seguro que el gobierno ha cometido errores por omisión o falta de decisión, pero el incivismo y la falta de cooperación no es culpa del gobierno. Es, sin ningún paliativo, de las personas antisociales que se saltan las normas recomendadas por las autoridades sanitarias que consisten básicamente en respetar los horarios por grupos, mantener las distancias sociales, el uso de mascarillas, el lavado frecuente de manos  y, según casos, el uso de guantes.

Podéis estar seguros de que yo no necesito ningún estado de alarma para cumplir estas normas o cualquier otra recomendación que venga de fuentes autorizadas. Y como yo, muchos millones de españoles. Pero todos nosotros, los que cumplimos las reglas, estamos amenazados por los que se las saltan. Ellos también, pero es su riesgo, como el del que se lanza al agua del mar en verano desde acantilados con acceso prohibido.

Por eso, porque hay gente insolidaria y egoísta, fue necesario que se decretara el estado de alarma que confiere la autoridad y el control de los ciudadanos al gobierno de la nación. Rozando incluso algunos de nuestros derechos fundamentales. Y es necesario que sea el gobierno central y no las autonomías, porque podrían haber tomado medidas que perjudique a las autonomías vecinas o a sus propios administrados.

Pero por mucho que se “ordene” no se conseguirá nada si no es con la plena colaboración de los ciudadanos. Porque no tenemos policía suficiente para controlar y sancionar a los insensatos y antisociales. Son demasiados

Y, como siempre, entran en juego las opiniones de cada cual, cosa que es respetable e incluso deseable. He leído en alguna ocasión, la última muy recientemente, que los españoles “entendemos de todo” haciendo referencia a los comentarios sobre decisiones del gobierno, de este o de otros anteriores, y de las autoridades sanitarias.

No entenderemos, pero opinamos y eso no es malo ni ofensivo si no estigmatizamos a los que no piensan como nosotros. Está claro que cada uno tenemos nuestras inclinaciones y es imposible que veamos las mismas cosas del mismo color porque utilizamos nuestros propios prismas. Y, naturalmente, nadie es absolutamente imparcial.

Y pongo un caso de ayer mismo cuando me vi inmerso en una discusión en Facebook por un tema muy de actualidad: la conveniencia de realizar test del coronavirus.

Y entré porque alguien dijo que los test es algo que “utiliza la oposición para atacar al gobierno”. Estoy de acuerdo en que los políticos siempre tratan de capitalizar opiniones, pero es un hecho indiscutible que los test masivos, el mapeo de los infectados sintomáticos o asintomáticos, es lo que ha hecho que algunos países hayan contenido la infección desde un primer momento.

Y que es una demanda, un clamor, del personal sanitario, de todos los relacionados con la logística, la desinfección o los guardianes del orden. Y de los empleados de residencias o similares. Para ellos y para sus acogidos. Y de muchos ciudadanos.

Por eso es urgente que nos protejamos de las manipulaciones de unos y otros y rechacemos las mentiras o las medias verdades. Ya está bien de seguir el juego a voceros profesionales de mangantes e interesados. Los test, el feminismo, los derechos humanos y tantas  otras cosas no son y nunca han sido propiedad particular y exclusiva de nadie. Son patrimonio de la sociedad, nuestro patrimonio, y no de partidos políticos o agrupaciones que se atribuyen la propiedad, por muchas frases altisonantes que pronuncien o pancartas multicolor que exhiban.

Es cierto, decía, que la mejor precaución es el confinamiento o la distancia social, pero también lo es que estos países comenzaron con los test desde el primer momento. Y, aunque no se diga oficialmente, todo el mundo parece estar convencido de que se va a producir un rebrote cuando la gente salga a la calle libre de hacer casi todo lo que quiera. Y por eso no han desmantelado los hospitales de emergencia que se construyeron. Solo que, eso espero, la experiencia de estos meses y la utilización masiva de test hará que se controle mucho mejor y evite que se repitan situaciones tan dramáticas como las actuales.

Y también es un hecho que la sanidad volverá a necesitar un sobreesfuerzo porque a los enfermos de coronavirus se tendrá que añadir la atención a todos los que tenemos patologías diferentes y nos retrasaron  la asistencia o las revisiones por fuerza mayor

Esta semana el gobierno va a repetir su petición de mantener el estado de alarma y hay división de opiniones sobre lo que debe hacer la oposición. Mi opinión personal, sin datos reales para justificarla porque tengo la misma información que la mayoría, que es muy poca, es que estamos en una situación en la que las Autonomías podrían organizar las acciones para controlar la epidemia, pero hay un gran problema: regular la movilidad entre ellas, porque es una competencia que solo tiene el gobierno de la nación.

Por lo que creo que la oposición y hablo del PP y Ciudadanos, deberían apoyar la prórroga. Condicionándola, eso sí, a que el gobierno la utilice únicamente para tomar medidas relacionadas con la pandemia, sin mezclarlas con decisiones que afecten a la economía ni a “colar” nombramiento de direcciones generales, por ejemplo, como ha ocurrido estos días y cosas similares. Solo a la lucha contra la infección del coronavirus.

Ayer comprobé con estupor la malicia y desvergüenza de los voceros de   siempre pregonando por todas las esquinas que si la oposición niega la prórroga serán responsables de miles de muertes. ¿Puede creerse? Nadie ha acusado al gobierno de la muerte de nadie y habría mucho de que hablar por su mala gestión y ahora deciden que si mueren más personas o hay recaídas será por culpa del PP o de Ciudadanos.

Nunca pensé llegar a ver semejante falta de moral. Tanta desfachatez. ¿En eso ha quedado la izquierda histórica? Conocida la experiencia del Prestige, de la epidemia del Ébola o del 11M, no quiero ni pensar lo que estaríamos escuchando en las redes sociales con miles de usuarios salidos de la nada, o en las “sextas” y similares, si en este momento hubiera un gobierno presidido por el PP.

Este tipo de declaraciones, tan miserables, son propias de personas miserables que enmascaran su falta de eficacia o sus intereses personales en mensajes como “España nos roba” o más recientemente “si hubiéramos tenido autonomía habrían muerto menos catalanes”. Yo ya he escuchado en el Congreso un “el PP nos mata” a propósito de los supuestos recortes de la sanidad, pero solo fue un conato que no se repitió. Incluso en el peor momento de mi admirado Rubalcaba, el 11M, no dijo que los muertos fueran responsabilidad del gobierno por no haberlos evitado. Se limitó a un “no nos merecemos un gobierno que miente”.

Y si hay una recaída, que la habrá con o sin prórroga, será en primer lugar por culpa de los ciudadanos irresponsables que no cumplen las más elementales reglas para evitar contagios. Y en segundo de los que, después de tanto tiempo, todavía no tienen mapeada y controlada la difusión del virus. Pero insisto en que solo en segundo lugar.

Y la oposición, apoye o no la prórroga, hará muy bien en publicar muy claramente las medidas que recomienda para que España no pierda cinco años de progreso en unos meses. Sin perder el tiempo explicando que tenemos un gobierno de gasto, con criterios de control de todos los poderes, con tentaciones absolutistas, que con una mano pide dinero a Europa sin ofrecer garantías y con la otra gasta en partidas absurdas y sin fundamento.

Y con este panorama casi lo menos malo que nos puede ocurrir es que Europa nos de las ayudas económicas que le estamos solicitando, pero que imponga un plan de rescate que nos proteja de frivolidades y locuras financieras. Como hizo con Grecia, con Portugal o con Irlanda.

Y duele decir estas cosas. Nunca pensé que podría decirlas. A España no la está arruinando el virus, aunque sea un peso muerto que provocará un importante paso atrás en el progreso. La está sacando del grupo de los países con fundamento la locura de un gobierno que acusa de matar a españoles si no les apoyan en la prórroga de un estado de alarma que está utilizando como un estado de excepción. En el que se siente muy cómodo porque en esta situación puede hacer casi lo que quiera.

Y cabe recordar lo ocurrido al primer Presidente de la Primera República Española, Estanislao Figueras y Moragas, de vida agitada y con notables altibajos, que un día de 1873, con la nación sumida en una gran crisis económica y los partidos políticos profundamente divididos, incluido el suyo, dejó la presidencia y se exilió voluntariamente a París.

No sin antes haber reunido a políticos de su partido y de la oposición para decirles “Señores, estoy hasta los cojones de todos nosotros«.

Es una expresión grosera pero tomándola por el lado castizo, no encuentro otra mejor para dirigirme a esa “casta política· (¡cuánta razón tenía Pablo Iglesias!) y a nosotros mismos, los ciudadanos en general, a los asilvestrado e insolidarios en particular y muy especialmente al ínclito Iván Redondo que muy probablemente será el estratega promotor de muchos de estos disparates.

Y mis citas, como suele ocurrir, están basadas en hechos. Comentados desde mi punto de vista, naturalmente. Vistos a través de mi prisma personal.

Primero de Mayo – Modelo sindical de ayer, lastre para el avance productivo y social del mañana.

En diciembre de 2016 escribí un artículo en mi blog titulado “Sindicalismo tradicional en la era de los robots” en el que decía lo siguiente.

“Esta madrugada he escuchado en una emisora de radio que UGT ha pedido que se grave con un impuesto a las empresas que usen robots en sus cadenas productivas. Supongo que esta petición, de ser cierta y perdonen la ironía, habrá ido acompañada por otra exigiendo que las mismas empresas dediquen más recursos para I+D.

España sigue siendo diferente y los sindicatos “históricos”, los de los dirigentes “históricos”, tienen tanta idea de mercado laboral como yo de física cuántica. Estos señores, que han vivido  en su juventud eso de entrar en una empresa “para toda la vida”, defienden únicamente a los trabajadores “empleados” para que sigan empleados hasta su jubilación, hasta su muerte o hasta  la muerte de las empresas. Y a los que no tengan trabajo que los mantenga el Estado.

Son ensoñaciones sobre tiempos pasados, que no volverán, y que condicionan sus políticas y sus estrategias porque condiciona sus “saberes”.

Parece una barbaridad, pero creo que sería mucho mejor para los trabajadores, empleados o en paro, que a los sindicatos los dirigieran economistas y gente con verdadero conocimiento de lo que son los mercados y las empresas del futuro, y digo empresas porque son estas, incluido el Estado como gran empleador, las que justifican su existencia. Porque los sindicatos no son generadores de empleo.

Seguro que conseguirían mejores resultados, negociarían de tú a tú con grandes empresas, patronales y gobiernos, y llegarían a verdaderos “gana – gana” de ambas partes, en lugar de defender posiciones tan fuera de lugar.

Un ejemplo: No conozco el perfil de los sindicalistas de la Ford de Almusafes, pero han sido un magnífico ejemplo de acuerdos laborales con la patronal, que ha permitido que esta empresa haya mantenido su calidad y sus mínimos de rentabilidad en lo peor de la crisis, sin daños irreparables en la plantilla.

Y ¿Cómo lo han hecho? Negociando ajustes de turnos y horarios para adaptarlos a las circunstancias de cada momento, según los altibajos en los flujos de demanda.

Espero que los Reyes Magos, que están en todo, regalen a los arcaicos dirigentes sindicales de los “dos grandes”, un manual de economía modelo Epi y Blás que, recordando que los costes de empleo son un capítulo importante en el coste del producto final,  diga cosas como esta:

  • Producción manual=más costes de empleo.
  • Más costes de empleo= pérdida de competitividad.
  • Pérdida de competitividad=pérdida de mercado.
  • Pérdida de mercado=pérdida de empleos.

Y su inversa:

  • Más ayuda tecnológica=mayor capacidad de producción/empleado/hora.
  • Mayor capacidad de producción/empleado/hora=menor coste del producto final.
  • Menor coste del producto final= más facilidad para ocupar mercados.
  • Más facilidad de ocupar mercados=mayores oportunidades de crear empleos.

Con el valor añadido de que cuando nos referimos a empresas avanzadas tecnológicamente estamos hablando de empleos fijos y mejor remunerados.

Naturalmente el porcentaje de “producto final hora por empleado” habrá aumentado, que es de lo que se trata, pero no a costa de un mayor esfuerzo físico. Y la pérdida de empleo potencial por la menor necesidad de mano de obra para conseguir el  producto final se compensa con la mayor venta del producto por su bajada de precio.

La resultante debería ser: se abarata el producto, luego se vende mejor, luego se genera más empleo con menos esfuerzo del productor. ¿Dónde está el problema?

Nos guste o no, la globalización exige cada vez más, una tecnificación avanzada de las empresas porque, respetando los mínimos de calidad, estamos y estaremos en una lucha abierta de precios y servicios.

Sinceramente, no se si lo entenderán. O lo que es peor: puede que lo entiendan pero no les interesa. Continuemos con la demagogia y los populismos y sigamos remando contra corriente.

Seguro que hay otras formas, más modernas y eficaces, de proteger a los empleados de los abusos salariales de empleadores desaprensivos sin perder el ritmo de crecimiento de empleo. Seguro que sí.

Pues bien desde entonces y pasando lo que ha pasado, me entero de que los dos genios de la economía y de las finanzas que ejercen como secretarios de los dos sindicatos que fueron tan importantes en la España de la transición a la democracia para corregir abusos patronales amparados por la ley, sugieren que una vez pasada la pandemia se debería estudiar la posibilidad de nacionalizar empresas.

Otros que tal. Como como algunos partidos, incluidos los que componen el ejecutivo, que se han confundido pensando que el momento de desconcierto en el que estamos sumidos y los poderes extraordinarios que se está tomando el gobierno al socaire de la situación, algunos justificados, es el mejor momento para cambiar el ordenamiento político y jurídico español por la vía de hechos consumados.

Y otra vez les digo que no lo conseguirán. Que no lo pueden conseguir. Porque España es un Estado de Derecho, no una propiedad del gobierno de turno, y entre las palabras o las intenciones de cualquier grupo y los hechos, hay toda una batería defensiva que empieza, o debería empezar por el control del propio Parlamento, que continúa en los tribunales, siendo el de mayor rango del Constitucional y que termina, el último baluarte al que será imposible convencer, en la Comunidad Europea.

Pero mientras, los muertos vivientes defensores de estrategias sindicales de principio del siglo pasado, los que dejaron de tener parte de su razón de ser en España a partir del Estatuto de los Trabajadores aprobado en 1995, no evolucionaron como lo hicieron los partidos políticos y las empresas y continúan intentando avanzar por una senda que no les conduce a ninguna parte.

¿Quieren que España de un verdadero salto cualitativo de bienestar? Retiren a estos dos señores que no han aportado nada en su vida como inspiradores de cambio y modernidad, que han consentido corrupción en sus filiales de Andalucía, Asturias y otras plazas alegando que “eso es cosa de las territoriales” y que han luchado contra la reforma de Rajoy mientras despedían a sus propios empleados aplicando las indemnizaciones por despido de dicha reforma porque les favorecía económicamente.

Sus nombres, por si no los recuerda,  son Unai Sordo y Pepe Álvarez y ya casi ni se sabe a qué sindicato representan cada uno. Expertos en nadar entre dos aguas, que lo mismo coquetean con el independentismo que con los proetarras, sin más tareas conocidas que soportar pancartas y sentarse en mesas de negociación para decir lo mismo que vienen diciendo desde que al mundo era en blanco y negro. Porque, o no se  han enterado o no tienen la más mínima capacidad para adaptarse a las nuevas situaciones.

Su mundo ideal: Seguir siendo los líderes sindicalistas de los empleados, que eso da poco trabajo  y que al resto de los obreros españoles, a los parados, les subvencione el Estado. Como a ellos mismos y a sus sindicatos. Que no viven de la cuota de los afiliados precisamente.

Mañana, primero de mayo, recordaré las luchas pasados por los derechos de los trabajadores y me volveré a tapar la nariz cuando escuche las recomendaciones y consejos de los dos líderes sindicalistas.

Lo que no dirán, seguro, es que se ha abierto juicio oral por la corrupción de UGT en Andalucía.

Y mi respeto, todo mi respeto, para los sindicalistas de “a pie” que han luchado por los derechos de los trabajadores en cada empresa. En la mía por ejemplo. En algunas ocasiones del pasado y por razón de mi cargo he tenido que discutir con ellos alguno de los puntos de sus demandas y lo hicimos con firmeza, pero de buena fe y, repito la palabra,  con respeto mutuo. Como debe ser.

La corbata del presidente y el discurso de Margarita Robles

Esta semana y como tengo por costumbre, seguí en directo la sesión del parlamento en la que el Presidente Sánchez proponía a la cámara la ampliación del confinamiento. Proposición que salió aprobada pese al voto en contra o la abstención de algunos de los partidos que le apoyaron en la investidura y con los votos del PP entre otros.

La sesión fue bronca, como acostumbra a suceder y se sucedieron reproches, actitudes defensivas, contraataques, descalificaciones y lindezas semejantes en las que se mueven con tanta comodidad la mayoría de los parlamentarios.

No quiero entrar en lo que se dijo porque en este momento me interesa más lo que no se dijo o lo que se adivinó.

Por lo pronto ni el presidente ni el Partido Socialista utilizaron sus “palabras clave” habituales, como “progresista”, “progresismo” o similares. Parece que han cambiado los tiempos y, como decía en un comentario anterior, a nuevos tiempos nuevos vocabularios. Debe ser bastante sacrificado el hecho de reinventarse  con tanta frecuencia, pero así están las cosas.

Tampoco se citó, o se hizo de forma muy de puntillas, la frase “pactos de la Moncloa”. Ese día apareció el nuevo concepto, “restauración” y parece que es por ahí por donde van a ir los tiros.

Lo cierto es que el término “restauración” siempre ha tenido éxito en España aunque se ha asociado a cualquier cosa noble o cualquier barbaridad. Hay un periodo de restauración que puso fin a las alegrías de la Constitución de Cádiz y “puso en orden a España” bajo el control de un Directorio Militar que devolvió los poderes a Alfonso XIII aunque, finalmente, permitió que fuera el poder civil quién volviera a gobernar. Pero también hemos restaurado la democracia y tantas otras cosas buenas que hicieron de España un lugar más libre y más habitable.

Solo que este cambio de terminología, viniendo de quien viene, provocó que se me pusieran tiesas las orejas para ver si podía adivinar sus intenciones, cosa que no conseguí. Sin embargo algo nuevo e inquietante flotaba en el ambiente porque, otra vez, hablando de democracia y de pactos se dejó caer que el Señor Sánchez, paradigma de la super democracia (por cierto tampoco cito la necesidad de “cambiar de paradigmas” que con tanto énfasis defendió en la última sesión) iba a incluir en los pactos a los Presidentes de las Autonomías, a los Ayuntamientos, a las fuerzas sociales, patronos y sindicatos, y a no sé cuantos más.

A mí me había extrañado que el presidente cediera con tanta facilidad a la imposición del Señor Casado de que se crear un comité en el Parlamento, casa de la democracia y donde se negocia con luz y taquígrafos pero claro, la cosa puede tener truco.

Y repito lo que he dicho varias veces en los últimos comentarios. Nosotros “solo” hemos votado a los Congresistas para que nos representen y legislen. Y en segundo lugar a los senadores para que cumplan una labor complementaria.

Hemos elegido a los Presidentes de las Autonomías para que administres las competencias que tienen delegadas, me gusta más esta palabra que “transferidas” porque este último término tiende a confundir a los interesados que acaban considerándolas “como suyas” y a los Ayuntamientos para que administren en lo que son sus competencias, pero ni hemos elegido a los secretarios de los sindicatos, ni a la Patronal, ni a ninguna asociación civil, tenga las competencias que tenga.

Naturalmente los partidos, digo los partidos y no el gobierno porque parece menos oportuno, pueden y deben escucharlos, pero una vez oídos, cada uno a su casa y la democracia en la de todos. Y la democracia de todos, la representativa, solo reside en el Parlamento.

Únicamente. Sin ninguna duda. Sin interferencias de nadie y con la representación correspondiente a los votos obtenidos por cada partido.

Entonces ¿a qué viene todo esto? Solo puede tener dos objetivos: confundir a la oposición o, lo que parece más probable, ganar tiempo para ver si escampa algo la enfermedad, que no el desastre económico que ha venido para quedarse más tiempo que el coronavirus, poder aparecer como líder de las soluciones y convocar elecciones. Es decir, estrategia muy a lo “Iván Redondo”.

Tiempo que no tenemos porque, como ocurría en “la historia interminable”, la nada, en este caso la miseria, la desigualdad y la marginación, avanza inexorable  destruyendo el “reino del bienestar social”. Cada día, cada minuto.

O quizás es que a mí, cada vez más, los dedos me parecen huéspedes.

Ocurre que en este momento tenemos varios temas que tratar y que conviene hacerlo sin mezclarlos ni confundir deliberadamente a la ciudadanía:

  1. La lucha sanitaria contra el coronavirus,
  2. La identificación de personal infectado y/o sanado
  3. El proceso a aplicar para volver a la normalidad de forma progresiva,
  4. Las medidas a tomar para reducir el gran impacto negativo que está teniendo y tendrá en nuestra economía la pandemia.

Los dos primeros temas  deberían estar liderados exclusivamente por un comité técnico sin ninguna intervención política ni uniformes. Y no entro en más detalles porque bastante hemos opinado todos sobre el asunto.

El tercero es un asunto a consensuar entre autonomías y gobierno central, porque el tratamiento debe estar diferenciado según la situación real de cada lugar. Y la intervención del gobierno es necesaria porque es el único autorizado para regular los desplazamientos intercomunitarios o internacionales, control necesario para evitar contagios  indeseables y evitar nuevos brotes o rebrotes.

En cuanto al cuarto punto, la solución ha de darse por acuerdo parlamentario, consensuado exclusivamente por las fuerzas políticas representadas en el Parlamento y respaldados por la Comunidad Europea. No hay otra fórmula posible. Abstenerse  de presentarlo como propuestas del gobierno con peticiones de adherencia de la oposición so pena de ir “contra el interés de los españoles”. Demagogias, populismo, soluciones simples, ocurrencias e improvisaciones deben quedar fuera de las puertas del Congreso.

Y otro asunto que chirría es la deplorable estética pública y el como guardan las formas los miembros del ejecutivo, a diferencia de como lo está haciendo todo el país.

De entrada es francamente impresentable que teniendo a toda una nación sumida en el dolor, el presidente aparezca en el Congreso con corbatas de colores, roja en muchos casos, como si no pasara nada. Y que sea el Señor Casado el que le obligue a guardar un minuto de silencio por respeto a los fallecidos.

Y esta estrategia “redondista”, que de eso se trata, de referirse a la pandemia como un enemigo y de insistir en frases como que estamos en “una  guerra que tenemos que ganar”, con miembros de las Fuerzas de Orden de alto rango y uniformados para informar de cosas que podría comunicar cualquier portavoz, me parece una manipulación impropia, indecente.

Y lo que es: una pura estrategia de marketing barata, inapropiada e irrespetuosa con los fallecidos, los infectados y los que estamos confinados en nuestras casas. La imagen subliminal  está muy clara: hemos sido invadidos por un enemigo inesperado y en un momento imprevisible y el gobierno de España ha sido sorprendido sin tener oportunidad de establecer  una estrategia de defensa. Como ocurrió en Pearl Harbor

¿Y para que todo esto? Porque a un gobierno invadido y atacado se le pueden pedir explicaciones sobre medidas tomadas en la defensa o el contraataque, pero nunca responsabilidades morales sobre muertos y heridos. Ni siquiera sobre los daños materiales.

Son daños colaterales de los que no se les puede culpar. El único responsable es el atacante.

Y en este escenario de ficción, ni siquiera utilizan la identificación científica COVID19, porque el “19” significa 2019. Año en que se detectó el virus por primera vez. Jugando con las palabras, como hacen los políticos irresponsables, COVD19 tiene fecha de nacimiento. El coronavirus, siendo lo mismo, no. Nació cuando lo diga cada nación. Sobre COVID19 tuvieron “alguna información confusa y difusa”, pero el coronavirus apareció de la noche a la mañana. A traición

Y esta imagen de líder atacado y luchando por defender a su pueblo es la razón por la que el Presidente Sánchez no ha visitado ni hospitales ni tanatorios. No quiere esas fotos.

Cuando se le ha visto, eso sí, en lugares punteros para la defensa: laboratorios, lugares donde se fabrican mascarillas, etc. Imágenes de iniciativas  positivas, de esperanza.

Y por eso no acude al Congreso con ropa más formal y corbatas oscuras, como ha hecho la mayoría de la oposición y hasta los locutores  de las televisiones más serias. Porque en el 11M murieron 192 españoles, y fue un desastre nacional, y hoy llevamos más de 32.500, ¡169 veces más! Y mejor no hablemos de la comparación entre heridos e infectados.

Y no digo, ni mucho menos, que el Señor Sánchez sea responsable de estas muertes, pero si de faltarles al respeto en la forma más miserable de hacerlo: ignorándoles.

Menos mal que la dignidad del gobierno la ha salvado, otra vez, la Ministra Margarita Robles que en la clausura del tanatorio provisional del Palacio de Hielo ha tenido palabras muy emotivas sobre los fallecidos que han permanecido días sobre la pista. Palabras como las que reproduzco literalmente:

«No les hemos podido salvar la vida, pero que sepan que nuestras Fuerzas Armadas, la UME y el Ejército de Tierra, siempre han estado con ellos. No los han dejado solos ni un minuto, como nos decían los mandos: “Son nuestros soldados, nunca los dejamos solos, nunca los vamos a dejar atrás”. En todo momento han estado con ellos, acompañándolos, guardando por su dignidad, por su respeto, orando cuando sabían que eran personas creyentes».

Más trucos no, Señor Presidente y Señor Redondo, que nos jugamos el futuro de la nación mientras que Ustedes, en lo personal, solo se juegan el lugar y la consideración que les concederá la historia. Y tal como están las cosas y si no rectifican, entrarán a formar parte de los personajes más nefastos que nos han gobernado.

Y por cierto y para que nadie se llame a engaño, la responsabilidad no es solo del presidente y de sus asesores. También lo es de todos y cada uno de los ministros que forman su gabinete y que asienten como arrobados cada vez que el Señor Sánchez o la Señora Lastra dicen las cosas que dicen.

Las salidas de pata de banco del Señor Iglesias

Ayer, tras escuchar a unos y otros, me reafirmo en que España es un gran país y con unas estructuras orgánicas y democráticas muy sólidas. Inamovibles. Y me explico:

Nada menos que un vicepresidente del gobierno con aires antisistema y que no cree en absoluto en la separación de poderes, hizo unas declaraciones tachando poco menos de prevaricadores  a los jueces que habían sentenciado a Isa Serra. Pero, por mucho que diga lo que no debe decir, la judicatura tiene una solidez incuestionable y ha actuado como debe. Bien entendido, por supuesto, que la sentencia es recurrible porque así debe ser para garantizar los derechos de los enjuiciados.

El segundo apunte es el mal ejemplo, el muy mal ejemplo que está dando el Señor Iglesias y la falta de respeto al gobierno que representa cada vez que habla. No es de recibo que se ponga chaqueta nueva y utilice los medios del Estado, como es la estructura del gobierno, para atacar a otro de los poderes, en este caso al Poder Judicial. Pero ocurre que este señor no tiene ni tino ni medida. Y no tengan la menor duda que con estas galladas acabará con el propio gobierno.

Un señor que juró guardar y hacer guardar la Constitución sin ninguno de los matices ni fórmulas rocambolescas que suelen utilizar los de su partido y de algunos otros. Y la Constitución, como sabe muy bien, define muy claramente la separación de poderes, aunque es fácil de entender que esta es una doctrina inasumible por los partidos comunistas cuando en sus planteamientos contemplan la subordinación de la justicia “al poder”.  Aunque ellos le llamen “al pueblo”. Teoría que tiene derecho a  defender, pero no desde el puesto que ocupa.

Claro que, muy hábil él, ahora se nos ha hecho constitucionalista, pero “de partes”. De los que eligen el artículo que le conviene y lo utiliza como si la Constitución no fuera un todo y cada artículo pudiera separarse de todos los demás.

En cuanto a disentir de la sentencia, su partido sí. El Señor Echenique  puede opinar lo que quiera sobre las sentencias como también podemos opinar el resto de los españoles.

Pero lo que ninguno de los dos puede hacer es mentir como lo están haciendo. Ambos están afirmando que su correligionaria había sido condenada por “protestar por un desahucio” y esta afirmación es absolutamente falsa. Una mentira. El clásico bulo de los que quería protegerse el gobierno, curiosamente por iniciativa de su ala más izquierdista.

Isa Serra ha sido declarada culpable de  los delitos de atentado, lesiones leves y daños. Hechos probados, como también lo han sido los gravísimos insultos y las amenazas a varias mujeres policía. Feminista ella.

Así pues, Sr. Iglesias, no mienta cuando se ponga delante de un micrófono y convénzase de una vez de que sus bravatas, amenazas y mentirás no harán ninguna mella en el edificio del Estado. En el gobierno sí porque conseguirá romperlo  y en su partido también porque toda esta prepotencia y cerrazón acabarán arrimándole a la cuneta de la política como ha ocurrido con tantos otros dirigentes comunistas de nuestra historia reciente.

Porque si quiere cambios en España no trate de utilizar atajos ni lanzarnos diatribas de ceño fruncido. Haga lo que debe hacer: Consiga votos.

El verdadero perfil del Presidente Sánchez

Los que seguimos la trayectoria de nuestro presidente siempre hemos pensado que detrás de ese aspecto tan cuidado de “guapo” y de hombre dialogante había bastante más de lo que parecía.

Llegar a donde ha llegado después de todos los obstáculos que ha tenido que superar y las zancadillas que ha soportado denota, sobre todo, una voluntad de hierro, una autoestima desbordada, más moral “que el alcoyano” y una actitud de tierra quemada por la que sus adversarios han ido mordiendo el polvo inexorablemente.

Y en el caso de sus compañeros de partido, muchos de ellos han sido apartados de la vida política por el simple hecho de no ser de su cuerda, pese a que algunos de los desaparecidos estaban en edad y sabiduría para ser útiles al país, al partido y a él mismo. Quizás porque temió sus perfiles políticos y su experiencia en la gestión pública.

Y no quiero con esto demonizarle especialmente porque los de más edad hemos conocido como se las gastaban Felipe González, Aznar o Zapatero. Excluyo o atenúo la dureza personal en el caso de Rajoy porque creo sinceramente que ha sido el Jefe de Gobierno más negociador y menos egoísta de los que he conocido. Y seguramente habría sido un gran presidente si después de toda una vida de buena gestión en los cargos que desempeñó, no le hubiera tocado serlo en el peor momento. Y puede que su buen talante y la carencia casi absoluta de “mala leche” fuera la causa de su poca solidez como líder.

Solo que en todos los anteriores había un mayor interés en compatibilizar sus intereses personales y de partido con los de la nación que gobernaban. Incluso en el caso del iluminado Zapatero, padre de la actual criatura política pero con motivaciones totalmente diferentes. Zapatero, el de los treinta y nueve viajes a Venezuela, es un idealista iluminado.  Sánchez es, dicho en castizo, un “trepa” con muchas hechuras.

Y ha sido su egocentrismo, su ambición y su tenacidad lo que le ha permitido ser “califa en lugar del califa” tanto en el partido como en el gobierno de la nación. Objetivo, la permanencia en el cargo, que sigue teniendo incluso en momentos tan dramáticos.

Pero, mira tú por donde, ha tenido la mala suerte de nuestra mala suerte y de que el país se vea atacado por un enemigo formidable, de estrategias poco conocidas, que ya se ha cobrado miles de vidas, especialmente de nuestros mayores y de trabajadores públicos como personal sanitario, Fuerzas de Seguridad, Fuerzas Armadas y tantos otros encargados de cuidarnos.

Y esta circunstancia ha puesto a la luz lo que muchos sospechábamos. Que no es un político de la talla de Felipe González, de Aznar y ni siquiera de Zapatero. Que tras su fachada de guapo y de personaje “amable” que se había fabricado, hay poco más. Y a los hechos me remito.

Ni se me ocurre decir que ha sido el responsable de esta catástrofe porque ni soltó el virus ni ha sido más inconsciente que otros presidentes de gobierno, pero es un hecho incuestionable que ha sido lento y poco valiente en tomar decisiones. Y no por falta de valor, porque para otras cosas no le ha temblado el pulso, sino, en mi opinión, porque ha estado sopesando en cada momento no solo lo que debía hacer como presidente, sino también como afectaría cada decisión a los apoyos que necesitaba de Podemos y de los que le soportan en el cargo.

Y así, conforme avanzaba la crisis sanitaria, se complicaba la situación y nos adentrábamos en la terrible crisis económica que tenemos encima, se ha mostrado cobarde, a la defensiva, tratando de enmascarar los hechos y de compartir las culpas con quién hiciera falta.

Y se ha equivocado rotundamente, seguramente porque le falta talla política suficiente para tomar las riendas del problema y ha confiado en quien no debía confiar.

Y digo que se ha equivocado porque una nación que salió a la calle porque se sacrificó a un perro, en el caso del ébola, ha estado callada y sin acusarle de nada  durante este desastre y porque la oposición, que le ha reprochado con más o menos dureza según partido algunas de sus decisiones, hasta ahora le ha respaldado sin fisuras en lo relacionado con frenar el contagio del virus,

¡A la hoguera! Claman los afines contra VOX, el PP y Ciudadanos. ¡Crucifícalos!

Cuando las críticas, excepto las de VOX que probablemente se ha pasado de frenada, son pecados veniales si las comparamos con las trifulcas parlamentarias  y la dureza de las sesiones en momentos de relativa calma en España. Que se lo pregunten a Alfonso Guerra o a los líderes de AP primero y PP después. O al partido Comunista que se las tenía tiesas con el PSOE. La diferencia es que en aquellos tiempos nadie esperaba fidelidad y acatamiento al líder.

O el vuelco político que provocó el cambio de gobierno tras el atentado del 11M, cuando el que entonces era titular no había puesto las bombas y la única acusación posible, magníficamente aprovechada como suele hacer la izquierda desinhibida de este país, fue el eslogan “no podemos tolerar un gobierno que nos miente”.

Y “el que nos miente” fue el ministro Acebes que, nervioso, desconcertado y agobiado por la prensa y la oposición, que en ningún momento manifestó un apoyo incondicional al gobierno, se contradijo en varias ocasiones. Primero dejó caer que había podido ser la ETA, como también lo pensó el PNV por cierto y desde este punto de partida se dijo y desdijo en varias matizaciones poco demostradas, lo que provocó manifestaciones masivas y “espontáneas” en la sede del PP. Fue el único baldón político que le asigno al, para mí muy admirado, Alfredo Rubalcaba.

Renuncio en el que nunca hubieran pillado a gobiernos con solera democrática, como el de Gran Bretaña, que cada vez que se produce algún atentado no proporcionan ninguna información hasta que están seguros de los hechos. La prensa especula pero tiene mucho cuidado con lo que publica, y la oposición no acosa al gobierno hasta saber qué es lo que ha ocurrido realmente. Luego sí, claro, y si han hecho algo mal se lanzan a la yugular del responsable político. Que, ¡que cosas! normalmente dimite.

Y lo que digo son hechos sucedidos, no hipótesis ni fabulaciones mías

Y por eso digo que al Señor Sánchez le ha faltado talla política y valor. El Señor Macrom y otros líderes políticos, por ejemplo, han reconocido errores. El Señor Sánchez, que acaba de redescubrir el “Españoles…” de Franco o las arengas de Maduro como lo fueron las de Fidel Castro en la forma y en el fondo, se mete en nuestros hogares de forma impúdica para explicarnos en cada ocasión la “excelente” actuación de su gobierno, muy por encima en eficacia a la de otros países, pese a que tengamos el porcentaje de muertos sobre población más alta del mundo y, eso que no falte aunque lo sepamos sobradamente, lo que debemos a los profesionales de la sanidad y a todos los organismo dependientes del Estado.

Que deberles sí que se les debe. A los ciudadanos en general y a los responsables de la sanidad de todos los niveles.

Y en estos dimes y diretes ha quemado a personajes valiosos, como Fernando Simón, al que le obligan a tratar los asuntos con un evidente tinte político cuando seguro que le gustaría hablar como epidemiólogo que es. O al propio ministro de Sanidad, nombrado “por cupo”, filósofo de profesión y que sin comerlo ni beberlo quedará “marcado” por algunas de sus intervenciones. Y nos ha “echado” encima al Señor Tezanos ¡que vergüenza! para que nos explique que los españoles “queremos” que la oposición, la ciudadanía y todo bicho viviente que se mueva debe obedecer al gobierno, siendo el Presidente Sánchez el “único” que nos puede sacar de esta. Sin rechistar y sin críticas en los medios de comunicación no subvencionados.

Y lo último, lo que no haría ningún verdadero líder del mundo de la política o de la empresa privada es excusarse en sus asesores. “Hacemos lo que nos dicen nuestros asesores”, comentó literalmente el otro día. Todos los grandes dirigentes tienen asesores, como no, a los que consultan antes de tomar decisiones, pero la decisión solo es del dirigente. Y ellos mismos se encargan de dejarlo claro, rotundamente y sin ninguna duda. Porque es uno de los signos que identifican  al líder.

No me imagino a la Señora Botín diciendo en una junta general que toma decisiones porque así lo dictan “los asesores”. Jamás lo escuché de mis directores en la multinacional en la que trabajé. Mis directores decidían lo que decidían y nunca supimos si era por consejo de tal o de cual o por propia convicción. Tampoco escuché cosa semejante ni de Felipe González, ni de Aznar ni de Zapatero. Nunca se buscaron “escudos protectores” que, por otra parte, nunca le servirán para nada.

Hay muchos estilos de liderazgo, pero se pueden resumir en dos. El que se apoya en la autoridad del cargo y el que, teniendo el cargo, es líder por su prestigio personal, los “pata negra”, o por su prestigio profesional, que también son buenos.

Y en el caso del presidente está muy claro que pertenece al primer grupo. Se siente cómodo con su equipo de gobierno que ni le rechista, a excepción de Podemos con los que no ha conseguido controlar la situación, y conecta con frecuencia con los presidentes de autonomías que, aunque le presenten objeciones, realmente están subordinados al Estado o, lo que es lo mismo, al Presidente del Gobierno.

Y también está cómodo, muy cómodo, con un micrófono en la mano sin nadie que le contradiga.

Sin embargo uno de sus grandes errores es que todas las decisiones que está tomando las anuncia sin haber consultado con los líderes de la oposición. Y es porque es un terreno que le resulta muy incómodo ya que no tiene control ni sobre ellos ni sobre sus reacciones. Y que no es lo mismo anunciar decisiones como “hechos consumados”, que después de tener un “no” o un “sí, pero” de la oposición. Porque sabe que ni les puede convencer a base de palabras y gestos para la galería, ni tampoco puede controlarlos. Por eso, mejor que se enteren por la prensa o por los “aló presidente”.

Porque cuando falta base se hace lo que se puede. Y el Señor Sánchez no es un tiburón que señorea su territorio con seguridad y sin que nadie se lo dispute. Es un calamar que cuando se ve amenazado lanza su tinta para ver si con ese camuflaje consigue que no se sepa ni donde está ni lo que está haciendo.

Y mientras, el pueblo continúa cumpliendo con su obligación y obedece las órdenes del gobierno con muy pocas excepciones. Y los autónomos cerrando persianas que no saben si podrán levantar, y el sector turismo perdiendo el año, y los alumnos también, o salvándolo de mala manera.

Nosotros, los ciudadanos, no hemos consultado con nuestros asesores. El gobierno nos ha dado una orden y la estamos cumpliendo.

Esta es una frase sacada del “Cantar del Mio Cid” que seguramente nunca pronunció Rodrigo Díaz de Vivar, pero es muy buena y muy ilustrativa de la actualidad: ¡Dios, qué buen vassallo! ¡si oviesse buen señor!

Y digo otra vez que si fuera mejor político “vería” que tiene una ocasión de oro para pasar a la historia con dignidad. Rompiendo pactos estériles, si no perniciosos, y agrupando una gran mayoría de emergencia para sacar a este país del agujero en el menor tiempo posible. No un falso Pacto de la Moncloa, sino el “Pacto del Coronavirus”. Su pacto.

Pero para eso, y como he dicho en otras ocasiones, tendría que desprenderse de parte de su orgullo, de parte de su ideología y de sus ambiciones personales. Y, repito, no lo veo. Ni en su perfil ni el de Iván Redondo, su Rasputín particular,  que entiende mucho de marketing electoral, pero poco de economía ni de gestión.

14 de abril. Día de la República. Y un anexo dedicado a Pablo Iglesias

Hoy es el día de la República, forma de Estado que me parece perfectamente legítima y que funciona muy bien en los países con tradición republicana, como Francia, Alemania, Italia y otros, y funcionó muy mal, por ejemplo,  en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas donde el título era puramente decorativo porque allí gobernaba el Soviet Supremo que pronto se convirtió en una casta dominante que actuaba como una dictadura.

Cuando, curiosamente, se constituyó como un órgano de gobierno de democracia representativa, como tenemos actualmente en España, porque el Soviet Supremo se componía con los representantes de los soviet de cada república.

Pero también hay países muy adelantados, democráticos y prósperos que tienen a la monarquía como forma de Estado, como Gran Bretaña, los Países Bajos, los Países Nórdicos, y también España, por ejemplo. Repito: países prósperos y democráticos como lo es España digan lo que digan los detractores profesionales.

Y si nosotros tuviéramos alguna carencia en democracia y libertades, que hay pocas, sería culpa de los sucesivos gobiernos y no del Rey.

En la actualidad, la diferencia de que una nación tenga una u otra forma de estado es prácticamente irrelevante porque en los países monárquicos los reyes no gobiernan.

Son monarquías representativas y todas las funciones ejecutivas las tienen los gobiernos de turno, reservando para los reyes un papel de mediador entre partes si surgen diferencias entre partidos y de ser la figura de máxima representación institucional de estos países en el exterior.

Y eso también ocurre en Alemania o Italia, por ejemplo pero no en Francia y los Estados Unidos donde el Presidente de la República es también el que tiene el poder ejecutivo.

Y dicho esto, lo que me parecería impensable es que ninguna nación estable y organizada en su forma de Estado pretendiera cambiar de Monarquía a República o viceversa. Provocaría una confrontación muy grande y una confusión entre la ciudadanía de dimensiones incalculables.

Por lo que, respetando historias y tradiciones, mejor “no meneallo”. Y lo digo por España en donde hay una mayoría de republicanos que de muy buena fe rememoran sus tiempos o su forma de Estado preferida, y  otra que está empeñada en romper la estabilidad del país cueste lo que cueste.

Y costaría mucho. En España, por ejemplo, donde no tenemos tradición republicana, la elección de presidentes sería, como es lógico, por votación popular, y saldrían los mismos que están saliendo como presidentes de gobierno: Aznar, Zapatero, Rajoy, Sánchez.

¿Se imaginan la tranquilidad que tendríamos y como respetarían los partidos políticos a un Presidente de la Republica de otro partido? Porque ni pensar que aceptaran la candidatura de un independiente de pata negra.

Ocurriría lo que ocurre con los Jueces del Supremo o del Constitucional. Los mirarían con microscopio, no para ver si son independientes, sino para tratar de proponer a personas con plumaje parecido a los de cada partido.

Y si nos referimos concretamente a las Repúblicas españolas, hay que precisar que para los republicanos la primera “no existe”. No se habla de ella porque terminó como el “rosario de la aurora”, con intentos de segregación de algunas provincias, con ciudades cantonales declarando la guerra a otras ciudades cantonales y otros disparates de semejante calado.

En cuanto a la Segunda República, ¿de qué “bienio” estamos hablando? Porque el primero, el mejor, el de Azaña, también tuvo enfrentamientos importantes entre la Izquierda Radical y los Socialistas- Azañistas, pero pudo sacar leyes que modernizaron algo al país, pero el segundo, el de Alejandro Lerroux, de Izquierda Republicana Radical,  coaligado con la derecha católica, la CEDA de Calvo Sotelo, fue una auténtica contrarreforma del primero porque se anularon parte de lo conseguido por Azaña. Hasta el punto que fue apodado como “el bienio negro” por la izquierda del país.

Y el tercero, el de la coalición de izquierdas que duró unos meses, el del “Frente Popular”, arrancó mal, siguió con disturbios y toma de las calles por quien quisiera tomarlas y acabó con una guerra civil. Ya sé que la guerra comenzó por una revuelta militar que no justifico, pero tampoco hay que olvidar que parte de la ciudadanía la apoyó por la inseguridad ciudadana que estaban padeciendo.

Pero todos ellos, los tres, forman parte de la historia de la Segunda República. No fue la República de Azaña como parece querer transmitirnos. Los tres bienios fueron republicanos.

Así que, amigos republicanos, todos mis respetos para vuestras ideas, pero mejor dejemos las cosas como están. Creo sinceramente que es lo mejor para todos.

Y un consejo para los jóvenes: no os dejéis llevar por idealizaciones románticas ni por cabalgatas de “reinas magas”. No creáis todo lo que os dicen. Buscad literatura imparcial y leed. La República, repito, es una forma de gobierno digna, democrática y muy respetable, pero en España resultó una experiencia más bien desastrosa. La primera República duró once meses y la segunda cinco años.  Es decir, España ha vivido seis años de República, de los cuales solo uno fue relativamente tranquilo e ilusionante. No parece muy buena experiencia.

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Acabo de conocer un comentario de Pablo Iglesias, el Vicepresidente, en el que “ha cuestionado este martes el régimen constitucional de 1978 y ha defendido uno republicano donde el jefe del Estado jamás se vista de militar» y donde «mande el pueblo y no el poder económico».

No me meto en lo del uniforme porque cada uno tiene sus fobias, aunque no conozco a ningún régimen comunista en el que el jefe del gobierno o del estado, o el que mande, no tenga un ejército poderoso que solo está a sus órdenes.

Pero en España no manda el poder económico. Mandas tú y 349 diputados más. Otra cosa es que tú u otros diputados cedáis u os dejéis convencer por el poder económico, por el poder religioso, por la iglesia, por el feminismo, por los sindicatos o por regímenes como el de Maduro, por poner unos ejemplos.

Pero no juguéis con las palabras, como es habitual, ni desvirtuemos los hechos. Vosotros estáis ahí porque os hemos votado y solo vosotros, nadie más, es responsable del “quien mande”.

Si fuéramos una República y siendo como seríais los mismos congresistas, ¿no tendrían la misma fuerza el poder económico, el poder religioso, la iglesia, feminismo, los sindicatos o los regímenes como el de Maduro?

¡Anda ya! Milongas y palabrería.

Y si ese es el gran argumento que tenéis para defender la República, me alegro de haber publicado la nota que he puesto en Facebook hace unos minutos.

Me lo temía – La sesión parlamentaria y los famosos Pactos de la Moncloa

El otro día seguí en directo la sesión parlamentaria y francamente me he quedado muy preocupado por el lamentable espectáculo que dieron los líderes de los partidos y por  lo que allí se dijo.

Intervención más o menos esperada del presidente y también la de la oposición, toda, que estuvo en su papel de críticas y reproches según a quién y por qué razones. Más dura la de VOX que negó cualquier tipo de apoyo a las propuestas del presidente. El PP anunció su apoyo a la prolongación del aislamiento con críticas a algunas actuaciones del gobierno sobre el tratamiento de la pandemia y también una clara oposición a aprobar medidas económicas si no se discuten previamente.

Algo confusas pero sin acritud la de los grupos minoritarios, muy crítica con la actitud de los grandes partidos la siempre clara y directa Ana Oramas de Coalición Canaria  y muy dura, casi malvada, la de EU en boca del Señor Rufián que lució su peor cara para criticar medidas del gobierno en relación con el tratamiento de la crisis en Cataluña, contra la intervención del gobierno, contra la presencia de las Fuerzas Armadas en Cataluña y sobre todo lo que se le puso por delante.

Anécdotas pocas porque no estaba el horno para bollos. Si acaso la petición de reparto de ayudas económicas que un parlamentario muy cercano formuló al presidente, en la que incluyó la solicitud de que fueran lo suficientemente justas para que ninguna comunidad quedara “por debajo de la media”. Solicitud francamente difícil de cumplir, pero hay que comprenderlo. Para ser parlamentario no hay que pasar ningún examen de matemáticas.

Hasta que llegó el turno de la portavoz socialista, Señora Lastra que me dejó totalmente sorprendido porque lanzó un discurso muy duro con VOX, lo que era de esperar, pero exageradamente agresivo en la forma y en el tono con el Partido Popular al que acusó de cosas increíbles, muy exageradas unas y evidentemente falsas otras. Fue un discurso durísimo e inesperado porque, como digo, no todo lo que dijo es cierto y, sobre todo, porque al Señor Sánchez se le ha llenado la boca en los últimos tiempos citando el Pacto de la Moncloa  y se supone que el PP ha de ser un actor necesario para una negociación sobre las medidas económicas y fiscales necesarias para salir del desastre económico en el que estamos inmersos.

No todos habrán tenido humor para seguir el debate en directo, tiempo sí que hemos tenido, pero si no es así les recomiendo que traten de recuperarlo en las redes y que se fijen en la expresión del Señor Casado. He vistió muchos debates y es curioso observar las expresiones de los opositores cuando se les cita o cuando se dice algo que les molestas: de  enfado, de extrañeza, de indignación, de ira y otras parecidas. Pero les aseguro que nunca había visto el desconcierto que expresaba el líder de la oposición.

Desconcierto que pasó a ser de tristeza y desolación cuando tomó la palabra el Señor Presidente y continuó y amplificó el guion de la Señora Lastra. Hay que decir como curiosidad que el Señor Sánchez llevaba la réplica impresa, lo que quiere decir que no era una réplica como tal, sino un discurso preparado de antemano para apabullar a la oposición de centro-derecha dijera lo que dijera, aunque estuvo mucho más comedido con Ciudadanos que con los otros dos.

Quiero indicar que el Señor Abascal sí que le echó en cara que llevara el discurso de réplica preparado, pero es que resultaba evidente y, o no se percató de que “se vería” o no le importó en absoluto, que es lo más probable.

El Señor Sánchez manipuló la información, cosa natural teniendo como asesor al Señor Redondo y se atribuyó todos los méritos del control de la infección cuando lo único que ha hecho y ha sido una excelente medida, es decretar el estado de alarma. Pero no se cortó en absoluto en adjudicarse, como cabeza del gobierno, todos los elogios que ha recibido España desde cualquier organización o medio de comunicación, fueran dirigidos a quien fueran dirigidos.

Los que publicó la Organización Mundial de la Salud sobre la actuación heroica de la sanidad española, organización a la que no hace tanto tiempo tildaban de ineficaz, al comportamiento ejemplar de la ciudadanía española, de muchas empresas, de la sanidad privada y de cualquier grupo social o ONG que haya colaborado a frenar el contagio.

Declaró que el gobierno de España ha sido el “primero en”, el que “más ha”, y el más eficaz de todos los de su entorno. Presentó comentarios sobre la pandemia de España publicados en la prensa internacional, en algunos casos con frases extrapoladas, que alababan a España en alguna de las facetas de la lucha contra el virus.

No citó, por ejemplo, la alabanza expresa y muy destacada al hospital de ICEMA que montó la sanidad madrileña y que los representantes de la Organización Mundial de la Salud adjetivaron como sorprendente y calificaron como de más envergadura y con más mérito que los levantados en China. Ni tampoco a los voluntarios que ayudaron a montar las conducciones de gases y fluidos. Como si solo el gobierno hubiera hecho algo de mérito.

Y por supuesto ni mención a la escasez de equipos de protección que siempre han resultado insuficientes.

Y tuvo la mezquindad de echar en cara a la Señora Díaz Ayuso, Presidenta de la Comunidad de Madrid, que no hubiera ido al parlamento madrileño desde que comenzó la pandemia sabiendo que está en cuarentena por el coronavirus y que la comunidad de Madrid, como el resto de comunidades, cerró el parlamento porque no era esencial para tomar decisiones que ayudaran a combatir la enfermedad. Ni tampoco que su presidenta, como todos los autonómicos, ha estado al pie del cañón y tomando decisiones, en este caso desde su casa.

También la acusó de haber bloqueado durante semanas la entrega de medicamentos y de material de protección. Realmente increíble y rastrero.

Francamente, no entiendo, o si que entiendo  por mucho que me duela, que haya sacado como gran tema la extraordinaria actuación del gobierno contra la pandemia teniendo como tenemos el mayor porcentaje de fallecidos del mundo por número de habitantes y, probablemente y también en tantos por ciento sobre los infectados, la tasa de contagios más alta entre el personal sanitario. No digo que el gobierno tenga la culpa, pero tampoco es para presumir de ser los mejores del mundo mundial.

Por cierto. Allí se dijo que el gobierno había llegado a un acuerdo con la Patronal sobre la renta mínima y al día siguiente esta asociación emitió un comunicado diciendo que no es cierto. ¿Cómo se puede mantener semejante discurso?

¿Sorprendente? Lamentablemente y muy a mi pesar, no tanto.

Porque siempre me he temido que esta gran maniobra de “sus” pactos de la Moncloa no era más que otro de los muchos virajes y trapisondas políticas que ha protagonizado a lo largo de su carrera como secretario del PSOE y como Presidente del Gobierno. Especialmente indeseable estando como estamos en un momento de crisis sanitaria y económica como nunca hemos conocido.

En su intervención no citó ni una sola vez la palabra “progresista” pero si ha repetido muchas veces la frase “cambio de paradigmas”, haciendo ver que es él el que va a liderar  y propiciar estos cambios.

¿Y en qué consisten?

Parece ser que ha pensado en una nueva forma de hacer política y que para ello, como está enfatizando últimamente, quiere contar con la intervención directa de asociaciones como sindicatos, patronal, y otros colectivos o asociaciones de peso en la vida social española.

Como hizo antes de la sesión de investidura cuando habló con todo el que se le ponía por delante, menos con los líderes de los tres grandes partidos de la oposición de centro derecha.

Son los nuevos tiempos de “los nuevos tiempos”. La modernización de la modernidad. La progresión del progresismo.

Y hago un pequeño inciso. El Señor Redondo sabe mucho, muchísimo, de estrategias para campañas electorales. Es un politólogo de prestigio que ha conseguido convertir en presidente al Señor Sánchez, pero me temo que no tiene en mucha consideración ni lo que es bueno para la nación ni la situación en la que nos encontramos. Y hasta dudo que se haya leído con calma la Constitución Española.

Y me explico y pido perdón por la obviedad del comentario:

España es una democracia representativa en la que los ciudadanos elegimos a los congresistas en listas cerradas y a los senadores en listas abiertas, siendo la primera de estas instituciones, el Congreso, el que elige al Presidente del Gobierno. Elección que se hace a propuesta del Jefe del Estado que nombra a un candidato, el líder del partido que ha obtenido mayoría absoluta, o al que le asegure que pueden conseguir una mayoría suficiente para gobernar si no es el caso.

Y una vez elegido es el presidente del gobierno el que elige a los ministros y lo hace con toda libertad, pudiendo nombrara a miembros de su partido, de otros partidos o independientes.

Nombramientos que se formalizan, todos ellos, cuando juran guardar y hacer guardar la Constitución en presencia del Jefe del Estado y del Ministro de Justicia como Notario Mayor del Reino.

Y que la única entidad facultada para aprobar decisiones o cambiar leyes a propuesta del gobierno o por iniciativa popular es el Congreso de los Diputados, excepto  los llamados “decretos ley” que dicta el ejecutivo y  que son de  ejecución inmediata. Solo se deben tomar en circunstancias muy excepcionales y también deben pasar por el congreso posteriormente, aunque últimamente se abusa mucho de ellos porque los gobiernos de turno siempre dicen estar “en circunstancias excepcionales”.

Y estando así las cosas y siendo que el Congreso es el único organismo capacitado para tomar decisiones y para legislar en España, es bueno, muy bueno, que los partidos contacten con sindicatos, patronales y cualquier otra asociación que tenga cierto peso en la sociedad para conocer sus puntos de vista.

Pero los españoles no elegimos por votación a los secretarios sindicales, ni a los dirigentes de la Patronal, ni a los de FELGTB, ni a las feministas, ni a los de la Cruz Roja,  ni a siquiera a los de Cáritas, que me resultan tan próximos. Están inmersos en el sistema, pero al margen de las decisiones políticas.

Y, como es lógico y notorio, ninguno de ellos tiene poder legislativo ni debe influir en las decisiones del gobierno más allá de expresar sus opiniones, sin presiones. Hasta el punto que la ley prohíbe manifestaciones de ningún tipo en los alrededores del parlamento cuando hay sesiones parlamentarias para que los congresistas no se sientan “presionados” por dichas manifestaciones.

Tampoco hemos elegido a los Presidentes de las Autonomías para que intervengan en el gobierno de la nación. Es un colectivo al que hay que escuchar con mucha atención, pero que no tiene la responsabilidad de actuar como “ejecutivo” más allá del área geográfica de su propia autonomía y sobre las competencias que tengan transferidas.

¿A qué viene pues decir que los va a “incluir” en el gran pacto? ¿En eso consiste el “cambio de paradigmas”?

Puede parecer que me las estoy dando de listo, pero es necesario, cada vez más y con más urgencia,  que todos los españoles conozcamos y reconozcamos el terreno que pisamos para no resbalar y dar con nuestros huesos en un conflicto político de dimensiones impensables. Porque últimamente se aprecia un deslizamiento evidente hacia otros planteamientos políticos.

La alternativa, la que siempre ha defendido Podemos, la CUP y otros movimientos a la izquierda del PSOE tradicional, es la democracia asamblearia, que consiste en que sea “el pueblo”, que parece no ser lo mismo que “la ciudadanía”, el que libremente y asociado como crea conveniente, es el que decide que hacer con sus vidas en todos los aspectos. En España, copiando de las primeras experiencias de los “soviet” que dieron lugar a la Unión Soviética, lo habitual es constituirse en “círculos” en los que todos opinan y luego deciden por votación que deben hacer y a quién deben obedecer.

En España hay una fuerte tradición libertaria y recuerdo el viejo lema del anarquismo, tan vinculado con el anarcosindicalismo, “ni Dios, ni patria ni rey”, que presidía sus actuaciones. Una de las características del anarquismo es la defensa de la violencia como arma política y esta es la razón de que sean radicalmente enemigos de las fuerzas de Orden Público y de las Fuerzas Armadas de los países en los que tienen presencia.

Y este movimiento fue la esencia del 15lM de 2011 que sirvió de plataforma a Pablo Iglesias y del que expulsaron al entonces Secretario General de Izquierda Unida, Cayo Lara, cuando se presentó en la Puerta del Sol tratando de conseguir rédito político del movimiento, porque le consideraron dirigente de un partido “vertical”, estatal, del sistema. Pablo Iglesias fue aceptado porque no tenía historia política, es un buen orador muy capaz de cargar de pasión su discurso y, perdónenme la frivolidad,  posiblemente porque llevaba coleta.

Movimiento asambleario que siempre ha tenido truco. El empoderamiento de una clase dirigente aprovechando las inquietudes y las reivindicaciones de las clases menos favorecidas. Pero ese es otro tema.

¿Mis conclusiones? Y esto es opinión, casi especulación:

Yo he trabajado muchos años en una empresa que basaba sus estrategias comerciales apoyándose en un marketing muy potente, hasta el punto que tenía un departamento propio. Mis responsabilidades eran ajenas a ese departamento, pero mi cargo casi me obligaba a adquirir ciertos conocimientos y por eso tengo experiencia en identificar campañas, o participar en ellas y sus mecanismos.

Y, desde esa experiencia, estoy seguro de que estamos en el inicio de una gran campaña política destinada, otra vez, a salvar al “Soldado Ryan”. No al Partido Socialista Obrero Español,  no. A Pedro Sánchez.

Y para ello su gabinete de campaña necesitará desarrollar algunos eslóganes que le resultarán absolutamente necesarios:

  • Desligarle, desligar a su gobierno,  de cualquier posibilidad de error o de falta de iniciativa relacionada con el origen o la expansión de la pandemia  en España. Podíamos resumirlo en “sea lo que sea no estaba en mis manos el evitarlo”. Y si se ve apurado puede echar mano del consabido “esto es consecuencia de errores de gobiernos pasados”, argumento recurrente que ya está comenzando a circular como ha ocurrido en otras ocasiones.
  • Contabilizar como suya cualquier iniciativa que haya servido para frenar la contaminación o para conseguir soluciones a la enfermedad. No importa de quién haya partido la iniciativa o quién son los protagonistas reales de los hechos. Pedro Sánchez debe aparecer como el paladín de las soluciones, el hombre lúcido y eficaz que venció al coronavirus.
  • Aparecer como el presidente que ha roto las cadenas con el independentismo excluyente. Él intentó integrarlos en el conjunto del Estado, pero no le han respondido y no ha tenido más remedio que liberar al gobierno de las ataduras actuales. Será el “único que lo intentó” basándose en el diálogo, pero también “el que tuvo el valor” de ponerlos en su sitio. ¿A que queda bien?
  • La nueva estrategia requiere un nuevo lenguaje. Ya no estamos en la fase del progresismo ni siquiera en la de “consolidar la democracia”. Para la historia que le están fabricando, esa etapa se cerró cuando se desenterró a Franco. Hay que hablar de “cambio de paradigmas”. Y, naturalmente y como hasta ahora hay que emplear un lenguaje muy cuidado para decir algo que no es lo que parece. Como esos periódicos de bajo nivel que publican grandes titulares que no se corresponden para nada o muy remotamente con el texto del artículo.

Y viene a cuento de que se han pasado varios días aludiendo a los Pactos de la Moncloa como una primera etapa para abordar la gravísima crisis económica en la que estamos entrando, en la que ya hemos entrado cuando, como me temía, era un titular que no se corresponde con la intención del redactor.

  • Hacer ver a la opinión pública que, otra vez, es la oposición y muy especialmente el Partido Popular, el que ha hecho imposible el pacto pese a la “mano tendida” de Pedro Sánchez. Son, ellos sí, “el paradigma del egoísmo del autoritarismo y del falso patriotismo”. Es fundamental mantener a toda costa el mensaje de que la autoridad moral, la pureza de la intención, la tiene la izquierda contra los intereses bastardos de la derecha y que cederles terreno, aunque sea con pactos de Estado, sería como volver al pasado, casi a la prehistoria política.
  • Y, como no, tener dispuesta una gran máquina de propaganda y contar con medios afines que apoyen y amplifiquen la campaña. Medios que en parte estarán de acuerdo con sus ideas, otros serán “comprados” con propaganda institucional y subvenciones y otros mitad y mitad. Y eso, controlar una buena parte de la información circulante ya lo han conseguido. Son unos auténticos maestros.

Y palabrerías aparte ¿de que servirá todo esto? Ni los gobiernos ni las instituciones del Estado se rigen por paradigmas, sino por leyes y reglamentos. Pueden cambiar el paradigma de que un representante el pueblo, sea ministro o congresista, debe mantener una cierta  compostura estética por respeto a sus electores y presentarse de forma desordenada o extravagante porque eso no está reglamentado, pero ¿cómo cambiarán los paradigmas del Tribunal Constitucional, o el Supremo, o las propias Cortes? Sueños de verano.

Pero, inevitablemente, nos encontraremos con la imagen de un presidente que venció al virus, que no cedió a las exigencias de los independentistas, que ha sido líder e impulsor de acuerdos favorables a España en la Unión Europea y con un prestigio personal y político reconocido en todo el mundo occidental.

¿Alguien cree de verdad que no puede volver a ganar las próximas elecciones?

Ellos sí que lo creen o no hubieran roto cualquier posibilidad de llegar a acuerdos de Estado con el PP. Y en este escenario ¿Dónde queda el interés de la nación y de los españoles? Porque muchos, muchísimos lo van a pasar muy mal y durante bastante tiempo.

Cosmética política y los errores de Iván Redondo.

Adolfo Suarez, que sí que tenía madera de líder y tomó decisiones valientes y  comprometidas  jugándose el tipo “político”, su carrera  y casi el físico en su Ávila natal, cuando fue Director General de Televisión Española, en su puesto de Secretario General del Movimiento, como Presidente del Gobierno y en los muchos cargos que ocupó a lo largo de su vida pública.

Como después hizo Felipe González, aunque lo tuvo más fácil porque cuando llegó a Presidente del Gobierno ya se había formalizado la transición, si bien quedaba mucho por desarrollar y él lo hizo. Y  España ya era democrática.

Y Suarez, que era un atrevido y que podría haber propuesto un texto para los Pactos de la Moncloa, se limitó a convocar a los representantes de todos los partidos con presencia en el parlamento para que todos ellos, libremente y en una discusión abierta, llegaran a un consenso sobre lo que se debía hacer. Como así ocurrió.

Por lo que los Pactos de la Moncloa no fueron un éxito personal de Suarez en cuanto a su contenido, ni trató de arrogárselo, pero sí que lo fue en cuanto a su visión para determinar su necesidad y por su convocatoria.

Estamos en un momento en el que yo he defendido la necesidad de que se forme un gobierno de concentración nacional encabezado por el Presidente Sánchez porque es impensable convocar elecciones. Como también he defendido que realice cambios entre los ministros de su gobierno, no por sus colores políticos, sino porque no se configuró para afrontar una situación como la que estamos viviendo.

Y eso es lo que está defendiendo últimamente nuestro Presidente, una repetición de los Pactos de la Moncloa. Pero me temo que, o soy muy suspicaz o no recuerda como se convocaron y en que consistieron. Y por eso he escrito esta “entradilla”.

Porque escuchando sus arengas me da la impresión de que lo que pretende es sugerir textos y conseguir adhesiones de la oposición. ¡Que no Señor Presidente! ¡Que Suarez las convocó, se mantuvo como uno más y fue su portavoz, Leopoldo Calvo-Sotelo, el que intervino como representante de UCD en las negociaciones! Y que su opinión y por tanto la de su partido, fue una de las diez que se escucharon en aquellas negociaciones que, siendo tan complejas, abarcando tantos temas y tratándose de fuerzas políticas tan diferentes e incluso enfrentadas entre ellas, como ocurría con el socialismo y el comunismo,  comenzaron el día 8 de octubre de 1977 y se aprobaron en las Cortes Españolas el día 27. ¡Diecinueve días después!

 De nuevo quiero recordar a los que lo vivieron e informar a los que nunca lo han sabido en que consistieron los pactos. Y lo mejor es que utilicen este enlace con el que se puede acceder al texto íntegro.

http://www.vespito.net/historia/transi/pactos.html#2

Quiere esto decir que en estos diecinueve días se consiguió un acuerdo histórico y muy generoso, porque allí no se cambiaban asentimientos por dádivas ni se negociaron adhesiones por concesiones. Los negociadores eran representantes de partidos muy preocupados por lo que estaba ocurriendo en la nación, asesorados en sus equipos por economistas de altísimo prestigio y que aparcaron la ideología política y sus intereses a corto plazo en favor de los intereses generales. Recuerdo y repito, por ejemplo, que en aquellos tiempos Felipe González y Santiago Carrillo estaban muy enfrentados porque se disputaban la hegemonía de la izquierda.

Y que los pactos, que se aprobaron por unanimidad en el Senado el día 11 de noviembre, contaron con la aprobación de los sindicatos.

Y esa es la única forma de conseguir acuerdos realmente eficaces y que duren tantos años como están durando aquellos, que de hecho fueron una antesala de la Constitución, soporte de la transición y que sirvieron de inspiración a leyes y reglamentos que todavía están en vigor.

Espero pues que el gobierno no intente convertir esta iniciativa en un ejercicio de blanqueo de posibles errores de todo este proceso buscando aparecer como el protagonista de los acuerdos.

Aquí hay dos temas que no se deben mezclar. Uno de ellos es el problema sanitario de la infección del virus en el que hay que atender sin reservas las indicaciones de las autoridades sanitarias y de los expertos. Y tiempo habrá para analizar errores, sacar conclusiones y aprender de las experiencias pasadas. Fase ésta en la que la iniciativa la debe llevar el propio gobierno

El otro tema es el cómo hacer frente al gravísimo problema económico que nos viene. Que ya está aquí. Y eso es responsabilidad de todos los partidos. Y todos deberán afrontar este reto con generosidad y sin esconder ninguna carta, a pecho descubierto y aparcando protagonismos o acusaciones innecesarias.

Y, mientras lo resuelvan, no es bueno escuchar declaraciones como las del ministro Marlasca que aseguró ayer que “el gobierno no tiene nada de que arrepentirse”. Como juez debería saber que cuando se analizan hechos, lo único importante  son las pruebas y las actuaciones contrastadas y que de nada valen las palabras y las justificaciones.

Sabiendo además que no hay ningún gobierno, ninguno, que no haya cometido errores en su gestión. Errores que conviene sacar a la luz para “aprender” como comportarse si surgen circunstancias parecidas.

Así que, señores del gobierno, continúen gestionando la crisis sanitaria sin limitar los derechos de los ciudadanos más allá de lo estrictamente necesario para evitar los contagios, sin caer en tentaciones de autoritarismo o caudillismo y sin aprovechar la ocasión para “colar” temas políticos, censurar las comunicaciones, o de usar medios públicos o afines para blanquear o justificar posibles errores.

Pueden estar seguros de que eso no les servirá, como tampoco sirvió al PSOE andaluz tener bajo su control a la televisión pública para evitar que los culpables de los ERES estén en la cárcel. Ni tampoco la influencia del PP, si es que la quiso usar, pudo evitar que sus dirigentes corruptos acabaran en la cárcel.

No habiendo existido mala voluntad, de lo que estoy seguro, lo mejor para ustedes y para el país es que acepten un análisis honesto de lo ocurrido para poder cerrar esta etapa de tanto duelo sin más daños políticos que los estrictamente necesarios.

Y convoquen a todos los partidos del arco parlamentario para llegar a acuerdos en política fiscal y económica. Ya, sin esperar a que hayamos superado la crisis sanitaria, porque el tiempo es oro y urge tomar decisiones.

En cuanto a actitudes, Señor Sánchez, no hay duda de que tiene por delante un largo camino de negociaciones. Y, según mi experiencia, la mejor virtud de un negociador es la prudencia y la discreción, evitando “encabronar” a los adversarios en la negociación. Es muy contraproducente “echar a los perros” a otros países de Europa o tachar de cualquier cosa a los partidos de la oposición.

Señor Presidente, menos arengas públicas y más argumentos privados.

Y si tiene que decir algo a la ciudadanía dígalo de la forma más clara y directa posible. Compórtese como un líder y no como los antiguos charlatanes callejeros. No envuelva el mensaje en retórica vacía, porque al final los que le escuchan se pueden confundir. Yo mismo soy muy de “escuchar” a los que dicen algo y le he seguido en casi todos los debates parlamentarios, pero últimamente, cuando se pone en plan Fidel Castro, con tanta verborrea y tanto pseudo sentimentalismo acabo como decía el clásico “con la cabeza caliente y los pies fríos”. Si no cabreado.

No le aconsejo que siga en esa línea porque es muy probable que no “llegue” a la mayoría de españoles. No atienda las recomendaciones de Iván Redondo porque ya no le sirve como asesor. Hizo su trabajo y lo hizo bien, pero esos tiempos han pasado. Si quiere salvar su imagen personal, salvarnos a nosotros y preparar su lugar en la historia, busque consejeros expertos en economía y en relaciones internacionales de perfil similar o mejor que el de su ministra Nadia Calviño y déjese de politólogos, coucher’s y similares. Gente que trabaje para la nación, no para usted.

Mandaré esta nota a su partido y a todos los demás como suelo hacerlo cuando escribo sobre temas políticos, pero tengo la seguridad de que nunca llegará a sus manos. Y tampoco sé que consideración le merecerían mis comentarios si le llegara.

Pero mi obligación moral y mi derecho es decir públicamente lo que pienso. Y así lo hago