La agresividad verbal de la izquierda española:

Vamos de mal en peor y muchos representantes de partidos y simpatizantes de la izquierda están perdiendo totalmente los papeles y no tienen ningún reparo en insultar y menospreciar a los que sienten más simpatías por la ideología de centro o de derecha, a la que, para empezar y continuando con la magistral utilización del idioma como herramienta política, han englobado como “las derechas”.

Como estoy viendo que ocurre cuando califican a los organizadores y asistentes a la manifestación del pasado domingo en la plaza de Colón.

Y que conste que no hablo de los políticos “profesionales”. A mí de disgusta que un líder de la oposición tilde al presidente actual de felón y de traidor, como tampoco me gustó que un líder de la oposición, ahora presidente, acusara al presidente de entonces de corrupto. Pero ese mundo, el de los profesionales, ni lo juzgo ni lo entiendo, porque la mayoría de las veces acaban de medio matarse, parlamentariamente hablando, y a continuación se van a tomar unas cervezas y a bromear sobre los momentos más álgidos de la discusión. Que lo he visto.

Me preocupo por nosotros, por los que nos encontramos en las aceras de las calles todos los días o, según edad, en el mismo ambulatorio, y debemos hablarnos y respetarnos.

Volviendo al principio, hay mucho descerebrado al que no se le puede pedir cuentas, pero me desmoraliza ver que entre los insultantes, que no digo discrepantes, hay personajes de los que se podría esperar mucho más. Y, como ejemplo de menor entidad porque también han entrado en el juego hasta ministros de gobierno, pongo a Eva Hache, monologuista y actriz mimada por el público español y que, seguro, no pone ningún obstáculo a que los participantes en la manifestación, “esos mierdas”, acudan a sus espectáculos si abonan las entradas.

Vamos mal, muy mal y ya es hora de que refrenemos el “forofismo” y respetemos las libertades de todo el mundo, incluso la de los adversarios políticos. Por mucho que se pretenda evitar, según la estrategia de Göbbels, una mentira repetida muchas veces no es más que una mentira repetida muchas veces, aunque algunos la quieran convertir en verdad divulgando masivamente noticias falsas, a las que ahora llaman “fake news”, como si no tuviéramos un idioma mucho más rico que el inglés.

En España, señores de la izquierda, no hay millones de franquistas, fascistas, fachas, o como quieran llamarlos. Ni mucho menos. Si atendemos a los resultados de las últimas elecciones generales, el partido “Falange Española de las JONS” obtuvo 9.862 votos a nivel nacional, lo que supone un 0,04 % de los votos totales. Y habrá otros partidos menores de ideología similar, pero de muy poco tirón electoral.

Hay, eso sí, millones de españoles que prefieren un modelo de estado y un tipo de organización social, como hay millones que prefieren otro. Y la gente de nuestra edad hemos olvidado a Franco y practicamos la muy sana y solidaria “desmemoria histórica” que se acordó en la transición cuando se decidió empezar de cero, con mucha ilusión, sin mirar atrás, y con los menos rencores posibles. Decía hoy de broma a un amigo, que la Fundación Francisco Franco, que he descubierto gracias a los últimos intentos de exhumación, debería conceder sus galardones anuales, si es que los tiene, a los gobiernos socialistas por lo mucho que han hecho por mantener viva su memoria.

Y, en cuando a los bloques ideológicos, añado un hecho irrefutable: los primeros son mucho más moderados cuando ocupan plazas y asisten a manifestaciones que los segundos, que tienen en su seno a gente más radical. En la plaza de Colón no se produjeron disturbios, ni se quemaron contenedores, ni se saquearon tiendas, ni se rompieron cajeros.

Y si alguien piensa que por ser “de izquierdas” es más importante o más ciudadano que otro que es del centro o de la derecha, el que tiene el problema es él. Todos somos iguales y a todos se nos valorará, o así debería ser, por lo que hacemos y no por lo que decimos. Y todos tenemos un solo voto y la misma autoridad moral. Y el voto del presidente del gobierno o del presidente dela Conferencia Episcopal vale exactamente igual que el mío o el de mi vecina de 85 años. Por mucho que les pese a la sarta de “iluminados” que florecen en nuestros país que se creen con más autoridad que el resto. Aunque, por mucho que les pese, no consiguen avances en las intenciones de voto.

Yo tengo amigos de todos los colores con los que, afortunadamente, discutimos posturas políticas con un mínimo de acritud. Porque sabemos que hay un punto final, casi sin retorno, que no debemos pasar porque no afecta a los hechos, sino a los sentimientos y las convicciones. Y no se debe sobrepasar para evitar daños irreparables en lo que es más mucho más importante que la política. La convivencia en paz.

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Las “resistencias al cambio” 1 – Los taxistas de Madrid y Barcelona, y otros colectivos.

En los últimos años se suceden los enfrentamientos o las algaradas callejeras provocadas por agrupaciones o gremios especialmente privilegiados, que actúan como auténticos monopolios, porque no aceptan cambios en la forma de relacionarse con el estado, ni acatan las normas que son recomendaciones o de obligado cumplimiento que nos vienen dadas desde la Unidad Europea en favor de la libre competencia.

No hace tanto era el conflicto de los controladores aéreos, más reciente el de los estibadores de puertos, la lucha del comercio minoritario contra las grandes superficies y, más recientemente, el de los taxistas contra los VTC (vehículos de turismo con conductor).

Y todos ellos tienen en común la intención de defender parcelas de actividad tradicionales que, siendo públicas o de utilidad pública, las consideran como de su propiedad, y la no aceptación de lo que consideran “interferencias” del gobierno de turno, su verdadero patrón en muchos de los casos, al que consideran un intruso.

El problema de los taxistas es muy especial porque la mayoría de ellos son patronos autónomos y porque están regulados, demasiado regulados, por los gobiernos regionales o municipales de turno, pero no deja de ser un intento corporativo de bloquear los caminos a su competencia. Dicen defender sus puestos de trabajo, pero también son puestos de trabajo los de los conductores de vehículos VTC que pueden perder su empleo si prosperan las exigencias de los taxistas. Y, como ellos, también tienen compromisos y familias que mantener.

Con el agravante de que los sufridores de sus reivindicaciones somos nosotros, sus clientes, a los que deberían de mimar por la cuenta que les trae y por la amenaza real de que dispongamos de otras alternativas, cada vez más disponibles, que nos resulten más favorables en términos económicos y/o de comodidad en los servicios.

Es cierto, como decía, que los taxistas es un colectivo excesivamente regulado para los tiempos que corren, y esa debería de ser, sin ninguna duda, su verdadera reivindicación. Porque algunas de las trabas administrativas y los controles los que están sujetos les impiden luchar con su competencia más actual en igualdad de condiciones, pero nunca tomando como rehenes a sus clientes, ni intentando poner puertas al campo, frase muy manida pero que describe con realidad este tipo de intentos.

Y no puedo por menos que recordar mis tiempos de empresario asalariado en una multinacional y de empresario real en una modesta empresa propia, cuando me enfrentaba con frecuencia con las “resistencias al cambio”, concepto reconocido y muy tenido en cuenta en el mundo de la calidad cuando se establecen planes a medio y corto plazo o cuando se necesita modificar los procesos de trabajo en empresas y/o entidades. Es decir: cuando se detecta la necesidad de emprender “cambios” de cualquier tipo.

Porque una de las obligaciones de los dirigentes de empresa, como debería ocurrir en el mundo del funcionariado, en el de los líderes sindicales y con los coordinadores de los diversos colectivos, es tener en cuenta que todo lo que va mal es corregible, y todo lo que va bien es mejorable.

Y, aunque suene a pura teoría, que lo es, es bueno que recuerde la fórmula que utilizábamos cuando llegaba la ocasión, tratando de dar valor y peso a cada uno de los factores. Es una fórmula con abreviaturas inglesas, porque es en ese entorno donde empezaron a utilizarla:

Factores que influyen en el cambio = (P x V x CR x TPL)/R, donde P = Presión para el cambio, V= Visión para el cambio, CR = Realidad Actual, TPL= Plan de Transición y R= Resistencia al cambio.

Donde la “presión para el cambio” son las nuevas demandas de los clientes, tan cambiantes en el tiempo, especialmente si afloran nuevas competencias. Competencias que siempre se ven como una amenaza, pero que tiene el valor positivo de ser un excelente revulsivo. El detonante que obligará a activar la imaginación empresarial, tantas veces adormecida.

La “visión para el cambio” definirá cual es el punto al que queremos llegar, los cambios en el producto, o la identificación de las nuevas normas y estrategias. El reposicionamiento empresarial que estimamos necesario para no perder mercado.

La “realidad actual” es el punto en el que nos encontramos como empresa o colectivo en el momento en que se decide el cambio. Lo que hacemos, como lo hacemos y cuál es nuestra posición real en nuestro mercado natural. Es el punto de partida desde el que emprenderemos los cambios, y no es tan fácil de valorar porque solemos ser poco objetivos con nosotros mismos. Requiere un estudio serio y desapasionado de la realidad y no es mala práctica pedir alguna ayuda a expertos “de fuera” que nos ayuden a identificar nuestra situación real.

El “plan de transición” es el conjunto de estrategias o de medidas concretas que tenemos que definir para garantizar el éxito de la transición, en plazos y resultados, desde la “realidad actual” hasta la “visión para el cambio”. La ruta y los medios más adecuados para llegar a donde queremos ir partiendo de donde estamos.
Pero, ¡cómo no!, cada vez que se emprende un plan de mejora aparecen las inevitables “resistencias al cambio” que frenarán el curso natural de la estrategia acordada.

Los “si estamos bien, ¿para que cambiar nada?”. Son importantes y peligrosas. Hay que tenerlas en cuenta y solo hay dos formas de vencerlas o de amortiguarlas: explicar cuantas veces sea necesario la necesidad del cambio y las mejoras que se esperan conseguir, o la disciplina empresarial.

Siendo esta última fórmula la menos deseable porque los afectados aceptarán los cambios porque no tendrán más remedio, pero no se sentirán involucrados ni comprometidos con las nuevas estrategias.

Esta es una definición que he encontrado en internet y que nos puede valer para definir el concepto:

Se denomina resistencia al cambio a todas aquellas situaciones en las cuales las personas deben modificar ciertas rutinas o hábitos de vida o profesionales, pero se niegan por miedo o dificultad a realizar algo nuevo o diferente”.

Porque, en el fondo, es muy, pero que muy difícil, que los que estamos afectados por las medidas “entendamos” la necesidad de adaptarse a las nuevas circunstancias. Por egoísmo personal, porque “no lo ven” o porque sienten verdadero vértigo cuando salen de su “zona de confort”, incluso aunque las zonas no sean realmente confortables desde el punto de vista de la comodidad o de la seguridad. Simplemente es “lo conocido”.

Y la práctica de la evolución continuada que fue necesario imbuir en el mundo empresarial hace cincuenta años, es absolutamente indispensable asumirlo en los tiempos actuales donde los mercados cambian a gran velocidad, y el entorno tecnológico, un auténtico laberinto de oportunidades o fracasos, se nos muestra verdaderamente endiablado por su capacidad de influir en procesos y personas, para bien o para mal, según la preparación de los usuarios.

Recordemos que cuando Henry Ford aplicó el montaje en cadena de sus coches, se dijo, y así fue, que se perderían muchos puestos de trabajo de los operarios que los montaban manualmente. Pieza a pieza.

Pero solo a corto plazo, porque la novedad abarató el precio de los coches, que se pusieron al alcance de más compradores, por lo que aumentaron las ventas de forma casi exponencial. El resultado es que se necesitaron muchos más operarios para abastecer las cadenas de producción, y se crearon oficios nuevos que diseñaban los mecanismos de las cadenas y las mantenían activas.

Lo cierto es que muchas empresas que no fueron capaces de evolucionar tuvieron que cerrar arrolladas por el mercado y la competencia.

Pero hay un caso que siempre he considerado un referente en los cambios: el de nuestra empresa estatal de Correos. La que hace cincuenta años tenía el monopolio real del reparto de la correspondencia y de la paquetería, y a la que le aparecieron graves amenazas en forma de teletipos, empresas de mensajería que transportaban sacas de correo entre las sucursales de las empresas, los correos electrónicos, y los transportistas tradicionales que incorporaron a su porfolio la pequeña paquetería.

Pero Correos se resistió, evolucionó, incorporó nuevas tecnologías, ofreció otras alternativas y hoy en día seguimos viendo la silueta amarilla y azul de los carteros españoles transitando por nuestras calles, conviviendo con repartidores de otras empresas con otros uniformes y otra organización. Incluso ha llegado a acuerdos para distribuir paquetería con empresas que son su competencia.

Así pues, señores taxistas, antes de dar un mal paso identifiquen su “donde están” y su “visión para el cambio” para trazar la ruta adecuada de su evolución. Y háganlo apoyados por los mejores negociadores, que con animadores de algaradas no conseguirán absolutamente nada. Asuman que no podrán mantener privilegios durante mucho tiempo y su prioridad debe ser doble: negociar con los ayuntamientos o con las autonomías los cambios necesarios en su regulación, y mejorar su servicio y sus vehículos para mantenerse como la mejor opción para sus usuarios.

Esa será su única garantía de supervivencia. Incluso de mejorar sus condiciones económicas

El machismo, el sexismo y la violencia de género

En los últimos días, y con motivo de la trágica muerte de Laura Luelmo, proliferan los pescadores en rio revuelto y muy especialmente los movimientos ultra feministas que están distorsionando la realidad partiendo de supuestos totalmente falsos, y aplicando reducciones al absurdo sin ningún fundamento.

En primer lugar, los hombres no somos una amenaza para las mujeres como parece desprenderse de algunas declaraciones, ni España es un país especialmente peligroso para ellas, ya que ocupa un lugar muy destacado entre los más seguros. Es muy cierto que se dan demasiados casos de violencia doméstica (uno ya sería demasiado) y que de vez en cuando nos sacude la conciencia algunas noticias especialmente dramáticas, como es el caso, que nos confunden y nos hacen dudar de la propia raza humana.

Pero no se puede confundir a la opinión pública española con mensajes tan falsos como definir el caso de Laura como de violencia doméstica. Se trata de un asesinato puro y duro con todas las agravantes posibles conocidas. Sexista sí, porque el objeto del asesino era violar, pero en ningún caso se puede definir como de violencia doméstica, porque para serlo es imprescindible que exista una convivencia previa que no se ha dado. Como tampoco lo son otros extremadamente graves causados por depredadores varones. Y me remonto, que ya hace años, al caso de las niñas de Alcacer y a todos los sucedidos durante las últimas décadas.

Y me pone la carne de gallina escuchar los mensajes que se están lanzando desde algunas manifestaciones feministas, tan peligrosos y tan fuera de lugar, como “quiero ser libre para correr por donde me apetezca”. ¿Estamos locos? Jamás, por mucho que se esfuerce el gobierno de turno, se conseguirá la seguridad total, y mucho menos con la presión de las redes sociales y los “reality” de las cadenas de televisión que buscan audiencias mostrando sexo más o menos explícito, presentando a las mujeres como de “quita y pon”, y “animando” a que se practique la sexualidad sin ningún tipo de condicionantes, como si todo valiera.

Cadenas que en lo formal presumen de posturas igualitarias y animan a denunciar abusos, al mismo tiempo que en sus programas asignan a las mujeres el papel de objetos sexuales. Malditas cadenas y malditos sus anunciantes.

¡Claro que hay que guardar precauciones! ¡Claro que hay que evitar sitios alejados o solitarios! ¡Claro que sería deseable, muy deseable, correr o caminar por donde corren o caminan otras personas! Nosotros, los hombres, también evitamos calles oscuras o zonas poco seguras si tenemos otras alternativas.

Y no, señores y señoras de la izquierda política. La barbarie no es culpa de la “derecha”. Ni desde el PP, ni desde Ciudadanos se alientan semejantes conductas. Ni tampoco desde el PSOE. Es más, suelen ser mucho más respetuosos con el lenguaje y con las actitudes que los “torquemadas” de pacotilla, esos señaladores profesionales que parecen haber venido al mundo con la misión de separar a los buenos de los malos, cuando, ¡qué paradoja! no se avergüenzan de sus propias conductas machistas. Hace unos días escuché al Sr. Iglesias, el gran líder de los puros, pedir un perdón que sonaba más a estrategia que a sinceridad, por haber manifestado que azotaría hasta hacerla sangrar, a una mujer famosa y atractiva.

Y ¡claro que hay excepciones! En todos los partidos políticos y todos los colectivos sociales aparecen indeseables de tanto en cuanto. Y, como ejemplo, entre los implicados judicialmente en casos de violencia doméstica reciente hay algunos políticos profesionales de derechas y de izquierdas.

Hoy no quiero hablar de leyes ni de ayudas para que las mujeres consigan una igualdad de oportunidades reales sin perder su condición de mujer, porque el tema es la violencia, pero insisto en que este problema, como tantos otros, no es responsabilidad de “progres” ni de “carcas”.

Es en situaciones como esta cuando todo el parlamento, y toda la sociedad, deberían lanzar un mensaje claro y rotundo, sin fisuras ni matices, de que no hay excusa para el maltratador. Sabiendo, repito, que la seguridad total no existe y que se necesita la atención vigilante de todos nosotros, la denuncia de conductas sospechosas, incluidas las de nuestra propia escalera, y la protección de los/las más débiles.

Y en el grupo de los maltratadores no incluyo a los violadores, a los asesinos, o a los que causan daños importantes a mujeres que no conocen o con las que no conviven, porque son caso aparte que requiere un trato legal diferenciado. Son criminales y, en muchos casos, asesinos. También los que abusan de menores.

Y hay que insistir en la educación sexual de los jóvenes. ¿Qué razón hay para que entre los alumnos de institutos se siga practicando el sexismo, muchas veces apoyado o permitido por las jóvenes? Y la mezcla de todo ello, bombardeo de que todo vale en el sexo en los programas y tertulias de las teles, los comentarios de las redes sociales, el apoyo a esta postura de ciertos partidos de izquierda, (no a la violencia, sí a la “libertad” total) y la falta de criterio de algunos jueces, tiene como consecuencia que el que era sexista casi inofensivo en lo físico, se haya convertido en acosador sin disimulos, cuando no se asocia en “manadas”, el colmo de la degeneración en las relaciones hombre-mujer, que alardean de su prepotencia grabando las agresiones.

Y todos estos no son enfermos mentales. Solo son degenerados sociales, fruto de la falta de ética y de valores entre la población, incluidos colectivos de buen nivel de formación o de posición social.

Educación objetiva, profesional y sin ningún tipo de carga ideológica, incluyendo el conocimiento de los perfiles psicológicos particulares de cada sexo, para reconocer a tiempo el peligro que corren las mujeres antes de tener que llegar al “no es no”, y de interpretar los signos y los mensajes corporales que lanzan las mujeres, en el caso de los hombres, para que sepan respetar tiempos y voluntades.

Y, por cierto, también necesitamos reforzar la represión legal y dejar de lado de una vez ese “buenismo” de suponer que todo reo es reinsertable a la sociedad, porque es evidente que no es así. En casos muy especiales y estudiados con toda seriedad y toda objetividad, prisión permanente revisable para los que se la merezcan. Sin ninguna duda. Y déjense de populismos y postureos tratando de desprestigiar una ley que está vigente en la gran mayoría de los países que nos dan sopas con ondas en experiencia democrática.

Partamos de una evidencia: la violencia de género nunca terminará, por mucho que se castigue a los violentos, ni tampoco los abusos sexuales cometidos por varones. Desde este punto de partida las únicas herramientas de que disponemos son las citadas anteriormente:

• La educación, como principio necesario para concienciar a los jóvenes en los valores y los límites de la convivencia y la sexualidad.
• La prevención, en forma de evitar zonas o situaciones de peligro que faciliten la acción de los abusadores y de los criminales acechantes.
• Y la represión legal, cambios en las leyes incluidos, para castigar con dureza a los infractores, evitar permisos carcelarios poco controlados que faciliten la reincidencia a los catalogados como peligrosos, e incluso retirando de la sociedad de forma permanente a los que han demostrado con hechos ser una auténtica amenaza para las mujeres.

Pero tampoco exageremos la nota. Se trata de un problema real, muy importante, pero la responsabilidad de conseguir mejoras es de ambos sexos, y no con sensacionalismos, sino con actitudes prácticas y decididas.

Sin dejar de reconocer que la sociedad ha mejorado. Y mucho. El machismo, indeseable e incómodo para la gran mayoría de las mujeres, ya no implica necesariamente abusos ni amenazas físicas porque las leyes han puesto las cosas en su sitio, y porque la opinión pública reconoce cada vez más la igualdad de género y no acepta como antes actitudes discriminatorias.

Y del mismo modo que una parte de los varones siguen o han empeorado las actitudes sexistas, también es cierto que la mayoría de los varones jóvenes, y no tan jóvenes, que viven en pareja colaboran activamente en las tareas domésticas y actúan en un plano de igualdad con sus compañeras, que antes no existía.

Y también son mayoría, inmensa mayorías, los varones que están con las mujeres y que acuden a las manifestaciones, o que escriben o comentan su apoyo a la causa de la igualdad de género y de protección a la mujer.

Hace unos días leía en la prensa una entrevista a la actriz Aitana Sánchez-Gijón, y haciendo referencia a la obra que está representando, “la vuelta de Nora”, secuela de “la Casa de las Muñecas”, decía que en ella se defiende un “discurso feminista, pero no panfletario”, con el que se mostraba de acuerdo.

Y es que, en España, una gran mayoría, y no solo las mujeres, defienden el feminismo, pero huyen de su utilización política de bajo nivel. Aunque no lo parezca por el ruido mediático de las “ultra feministas” y algunos partidos políticos. Los pescadores en rio revuelto que comentaba al principio del comentario.

La ineficacia de los políticos y los “cordones sanitarios”.

La política, los políticos, saben que el lenguaje es un excelente camuflaje para enmascarar sus fracasos o para disimular sus faltas de iniciativa, y una de las frases triunfadoras en los últimos años, desde el famoso tripartito de Cataluña, acelerador de la nefasta situación actual, es el invento del muy utilizado “cordón sanitario”.

Se ha utilizado contra partidos de la derecha, se ha intentado, sin éxito, contra algunos fronterizos de izquierda o independentistas, y ahora se lanza como soflama para protegerse de VOX. Y, naturalmente, son legión los que se suben a este carro, aunque cada uno de ellos esgrima argumentos diferentes para hacerlo.

Pero claro, los tiempos son los tiempos y la sociedad, que solo hace unos pocos años votaba muy aborregada, bien a sus partidos de toda la vida o a los que les aconsejaban personas que “sabían más”, empieza a tomar consciencia de la situación de cada momento y resuelve, ¡los muy osados!, utilizar su voto como herramienta de protesta contra esto o aquello, o para manifestar su cabreo o su malestar por lo que hacen o no hacen “los que mandan”.

Y empiezan a aparecer los llamados “ultra”, de izquierda o de derecha según país o según quien mande, que no dejan de ser cajones de sastre en los que cabe cualquier ideología, cualquier sexo, cualquier edad, cualquier posición social, con un solo denominador común: estar hasta el moño de lo que ven, de lo que oyen, o de lo que está pasando.

Ahora, decía, está de moda querer aislar a VOX porque, según dicen, es una amenaza para no se sabe cuántas cosas y para no se sabe cuántos colectivos. Y hasta puede que lleven razón, con independencia de que otros partidos, Podemos por ejemplo, también son una amenaza para no se sabe cuántas cosas y para no se sabe cuántos colectivos. Y para la misma forma de Estado o para la Constitución. Y si hablamos de los separatistas podemos decir que encarnan todo lo dicho anteriormente, más una amenaza para la unidad de España. Y si nos referimos a Bildu ¡que vamos a decir!

Pero claro, unos son de izquierdas y otros no. ¿Cuándo acabará la tan traída y llevada exquisita autoridad moral de la izquierda? Esa izquierda que, historia real en la mano, ha cometido tantos errores y desmanes como la derecha, incluso incluyendo en la estadística algunos exceso puntuales, como fueron los genocidios de la Alemania de Hitler por una parte y las dictaduras del proletariado por la otra.

Que ni las unas tiene nada que ver con “las derechas” actuales, ni las otras con “las izquierdas” del momento, aunque también se denominen comunistas.

Y hasta el muy democrático Valls, especialmente avanzado en estas lides porque nos viene de Francia, paradigma de la tolerancia, de la acogida y del libre pensamiento, aunque tenga raíces españolas, habla de marginar a VOX. Quizás sea porque sus raíces, esos genes heredados, le nublan el seso como nos ocurre a la mayoría de los españoles.

Porque si VOX es un partido registrado es porque cumple los requisitos para que lo declaren partido legal. Como todos los demás, que tienen que aceptar las reglas de juego con una sola condición: que defenderán sus ideas, sean las que fueren, dentro del marco de la Constitución y de las leyes españolas.

Y resulta que en Andalucía les han votado 395.978 andaluces, pero lo mejor es aislarlos. Formar un cordón sanitario que aísle la voluntad de todos ellos porque, evidentemente, son unos proscritos y su voto no tiene el mismo valor que los empleados para las candidaturas del PSOE, del PP, o de Ciudadanos. O los de AA, franquicia de Podemos en Andalucía, que se han atrevido a sacar a la gente a la calle porque no aceptan, ¡no aceptan!, el resultado de las elecciones.

Y si mañana les votaran quince millones en toda España, no importa. Cordón sanitario para los quince millones, porque solo los puros, los de las izquierdas o los de no se sabe de dónde, que también los hay, tienen la razón y la autoridad moral.

Y lo mismo ocurre con los casi ocho millones de franceses que votaron a Rassemblement National, el partido de Lepen, en la primera vuelta en Francia, o los casi ¡sesenta millones de votantes! que se han decidido por Bolsonaro en Brasil. Pues apliquemos la misma solución ¡Más cordones sanitarios! Y también, como no, para los millones que votaron a Donald Trump.

¿Alguien cree que los cordones y los aislamientos son la solución a un problema evidente y en constante crecimiento? Porque, sean las razones que tengan los que están votando a los partidos que bordean la normalidad democrática, siempre, siempre, siempre, se debe a errores y malas gestiones de los responsables políticos, los mismos que están tratando de confundir a los ciudadanos, una vez más, con malos diagnósticos y peores soluciones.

Porque si analizaran cada una de las razones que aducen los cabreados y desengañados se encontrarían con las más variopintas: unos lo están por apuros económicos, otros por la corrupción de los políticos, otros por el paro y la escasez de previsiones de empleo, otros por la falta de autoridad con los independentistas, otros porque están tratando de deshacer la gran obra de la transición, otros porque no se apoya a los empresarios, otros porque se les apoya demasiado, otros por la violencia de género, otros por la seguridad ciudadana…

¿O es que se creen que los votantes de VOX son todos de extrema derecha que quieren que resucite Franco y que todo el mundo cante el Cara al Sol por las mañanas? ¿O que vuelvan esos eslóganes de hace tantos años como el de la mujer “la pata quebrada y en casa”? ¡Por favor!

¡Ya está bien de analizar los problemas como un todo inmanejable y de los que son culpables “los otros”!. Los partidos históricos, unos más y otros menos, pero todos, han perdido de vista los problemas de la sociedad y lo que esperan de ellos. Y si no se aborda con decisión cada una de las causas raíz, las famosas espinas de uno de los diagramas más usados en procesos de calidad, y se aportan soluciones reales, explicadas con toda claridad y ejecutadas con la autoridad que les otorga el haber sido elegidos democráticamente, no habrá suficiente cordel en el mundo para tantos cordones sanitarios.

Y ese es el verdadero peligro actual de las democracias, la falta de claridad, el egoísmo y la timidez de los gobernantes para aplicar medidas eficaces porque están en un estado de “electoralismo” permanente, y no hemos cerrado unas elecciones cuando ya estamos haciendo campaña para las siguientes. Campo abonado para los populismos y para el “buenismo” imperante para conseguir votos.

Y si a ello sumamos la falta de humildad y esa actitud petulante de nuestra máxima autoridad en el gobierno que parece estar por encima del bien y del mal, que trata de presentar una imagen de líder carismático con andares de guapo de barrio, y que casi llega a presumir, a juzgar por las fotos oficiales, de que utiliza el Falcon para ver a la prima de Albacete porque “no me voy a juntar con la gente normal viajando en avión de línea o en tren, no sea que me abucheen”, no hay democracia que lo aguante.

Y lo pongo como ejemplo, no porque sea el peor, pero es el actual. Al que vemos en los telediarios todos los días y del que esperamos soluciones en lugar de ocurrencias y titulares para los periódicos.

Así que, señores responsables de los males que nos afligen, que son los mismos que nos recomiendan utilizar cordones sanitarios y descalificaciones para los votantes que no piensan como Uds., amárrense los machos porque vendrán tiempos difíciles, muy difíciles, en los que un diez por ciento de la clase política seguirá exigiendo cordones sanitarios para el noventa por ciento de los partidos fronterizos, más o menos populistas, que continuarán creciendo sin desgastarse al rebufo de sus errores.

Y, mientras, seguiremos riñendo entre nosotros alentados por la clase dirigente sabedora de la eficacia del eterno “divide y vencerás”, y perdiendo, poco a poco, parte de ese estado de bienestar que hemos mantenido a trancas y barrancas desde hace muchos años.

Y, dicho lo dicho, lo lamentable es que no veo solución a corto plazo. Es tal el endiosamiento de los políticos profesionales, o el no querer perder prebendas y privilegios de los que giran a su alrededor que, seguro, no llegaré a ver ninguno de los grandes cambios, enormes cambios, que necesita la ruta que asegure el futuro de nuestra nación.

¡Ojala me equivoque!

¡Por fin han eliminado la palabra disminuidos en la Constitución!

Ayer me enteré de que el gobierno ha decidido sustituir la palabra “disminuidos” que aparece en el artículo 49 de la Constitución a iniciativa de “los movimientos en favor de los derechos de las personas con discapacidad”.

Es una noticia que en principio no me pareció especialmente importante, seguramente porque, por mi edad, la he escuchado durante toda mi vida sin que la entendiera, ni mucho menos, como una ofensa para definir a las personas que tienen algún tipo de merma en sus facultades. Pero a la vista del revuelo que se ha armado en algunos sectores, me he dirigido al diccionario de la RAE, para comprobar si la palabra tiene alguna acepción desconocida para mí que resultara ofensiva, pero solo dice, referido a personas, “Que ha perdido fuerzas o aptitudes, o las posee en grado menor a lo normal

Y también he consultado el artículo de referencia de la constitución, y el texto completo es: “Los poderes públicos realizarán una política de previsión, tratamiento, rehabilitación e integración de los disminuidos físicos, sensoriales y psíquicos, a los que prestarán la atención especializada que requieran y los ampararán especialmente para el disfrute de los derechos que este Título otorga a todos los ciudadanos.

Y a partir de este momento, serán cosas de la edad, llego a la conclusión que esta decisión es otro de tantos brindis al sol porque se trata de, y ya es un auténtico “tic” político y permítanme la incorrección, que consiste en cambiar cosas para que todo quede igual.

O, como decía el gitano clásico cuando negociaba, “no se gana, pero se trapichea”.

En primer lugar es cierto que el término “disminuido” ha caído en desuso en favor de otros como “discapacitado”, “minusválido”, etc., pero este adjetivo jamás se usó como peyorativo. Solo describía una cualidad real, evidente y claramente demostrable.

Y si quieren buscarle las vueltas, ¿Cómo valoramos las anteriormente citadas “discapacitado” y “minusválido”?

La primera parece indicar que es una persona falta de capacidad para todo porque no se concretan sus limitaciones. ¿Capacidad para qué? Porque yo conozco a muchos extraordinariamente capacitados para determinadas tareas aunque tengan limitaciones para desarrollar otras.

Recurro otra vez al diccionario de la RAE, que define a un discapacitado como: “dicho de una persona: Que padece una disminución física, sensorial o psíquica que la incapacita total o parcialmente para el trabajo o para otras tareas ordinarias de la vida”.

Y a la discapacidad como “falta o limitación de alguna facultad física o mental que imposibilita o dificulta el desarrollo normal de la actividad de una persona”.

Del minusválido dice: “[persona] Que padece una minusvalía (falta o limitación)”. Por lo que hay que aclarar que es una minusvalía: “Discapacidad física o mental de alguien por lesión congénita o adquirida”.

Y llego a la conclusión, como me temía, que es un simple cambio de una palabra por otra, siendo las dos muy similares, y ambas perfectamente utilizables.
Y que, como se ha puesto de moda, es otro intento de los políticos de invadir otro de los pilares de nuestra convivencia, como es el idioma español, para domesticarlo y utilizarlo como herramienta diferenciadora y enseña de que según que ideologías. La que pretende suprimir los genéricos para significarse como progresistas cuando, en el fondo, lo que evidencian es una notoria falta de cultura y lo poco que han leído.

El idioma es de todos y cada uno de nosotros puede utilizar las acepciones que estime oportuno, desde el “cheli” (“Jerga con elementos castizos, marginales y contraculturales”) hasta el más erudito, pero dedicar sesiones parlamentarias a cambiar una palabra que no cambia nada, con todo lo que tienen que hacer, es muestra evidente del empobrecimiento de nuestra sociedad y, muy especialmente, de nuestra clase política.

Pero, insisto, hay que cambiarlo todo para que nada cambie y, claro, de vez en cuando hay que dar giros de 360°, frase que he escuchado a alguno de nuestros padres de la patria.

En la actualidad se usa menos la palabra “puta”, y tampoco está bien llamarlas “prostitutas”. Es mejor “trabajadoras del sexo” o “profesionales del amor” (¡vaya cursilada!), en ese intento de no llamar las cosas por su nombre y blanquear o cambiar el sentido de lo que en realidad queremos decir. Discutamos la denominación, no hablemos de la explotación de la mujer ni de la trata de blancas. ¿Blancas?

Suprimamos la palabra “peón” porque significa “Jornalero que trabaja en cosas materiales que no requieren arte ni habilidad”, lo que en la sensibilidad actual y con lo fina que tenemos la piel, puede marcar a estos honrados trabajadores de toda la vida como gente de tercera, casi marginales. Carecen de arte y habilidad.

Y ¿qué decir de los que usan ese término tan prepotente de “mi chico” o “mi chica” para referirse a su pareja? Lo de mi chico tira que te va porque a los hombres nos están dando por todas partes, pero ¿mi chica? Es un término machista, sexista y todos los “ista” que quieran añadir. Indica superioridad de uno, que posee al otro.

La corrección política y la progresía debería de obligar a cambiar la expresión por “mi pareja”, aunque suena indefinido, como falto de consistencia, la “persona del sexo femenino (o masculino) con la que convivo” (¿compartiendo piso, un proyecto común, una habitación realquilada?), mi mujer (¡ya estamos con el “mi”!)…” o, para no dejar ningún cabo suelto, completar una frase al estilo de “persona del sexo (determinar) de la que estoy enamorado, con la que he emprendido un proyecto de vida en común, con la que espero formar una familia, y a la que apoyaré sin reservas en todas sus iniciativas”.

A lo que habría que añadir la aclaración de que “hasta que la muerte nos separe”, hasta que “aparezca una tercera persona” o “hasta que un día nos cabreemos por lo que sea y lo mandemos todo a paseo”.

Mejor decir “mi chica” y dejar las cosas como están.
¿Y decir que alguien padece de enanismo? A donde vamos a llegar en esta espiral de segregación verbal. Cambiemos el nombre de la anomalía genética. Perdón ¿Qué digo? ¿Anomalía? ¿Mejor de condición estructural diferente? ¡Ya estamos! Otra palabra maldita, a desterrar de nuestro vocabulario cuando nos referimos a personas: “diferente”.

¿Y las “frases hechas”? No digamos. Si le llamas “hijo de puta” a alguien en Castilla puedes acabar en comisaría. En Andalucía también, aunque si sois amigos se puede utilizar como halago o reconocimiento de algo que has hecho especialmente bien.

Para eso, aparte de las palabras, existen las entonaciones (f. Movimiento melódico con el que se pronuncian los enunciados, el cual implica variaciones en el tono, la duración y la intensidad del sonido, y refleja un significado determinado, una intención o una emoción.)

Claro que hay palabras mucho más comprometidas. En estos tiempos de posverdades, la palabra “democracia” es muy fácil de explicar según mi propia interpretación. Para algunos partidos de izquierda, es “todo lo que haga yo, aunque sea no aceptar el resultado de unas elecciones”.

Y son “fascistas”, “franquistas”, “retrógrados”, “derechona”, etc., todos los que no piensen como ellos.

En resumen. Desconozco el total de españoles que se alinean con este tipo de razonamientos irracionales, pero seguro que son minoría. No obstante, ¡que ruido arman, señor, que ruido! Y que cara ponen de estar en posesión de la verdad absoluta. Y como adelantan el busto cuando hablan en los atriles en ese gesto estudiado de “habló Blas, punto redondo”.

De atender a los resultados de las últimas elecciones generales, sin cocina, en España hay 5.863.120 demócratas, el 25,93 %, y 16.740.878 de los “otros”, el 74,03 %.

Como dirían los viejos de cuando yo era joven, todas estas movidas políticas sin fundamento son “falta de faena”. Si vivieran hoy dirían “falta de ideas”.
Decían que la España de Franco distraía a los españoles con futbol y toros. En este momento la distraen con titulares de prensa. Y si los titulares crean controversias, y dividen a los españoles, mejor. Así tendremos menos tiempo en pensar en lo que deberían hacer y no hacen.

Porque es mejor discutir conceptos que preguntar al gobierno de turno que están haciendo para mejorar la calidad de vida y las condiciones laborales de los disminuidos, discapacitados, minusválidos, dependientes, o como quieran llamarlos.

Que lo importante es el fuero, no el huevo. Aunque esta sea una expresión que siempre se ha referido a las revueltas catalanas, acuñada en su día por Francisco de Quevedo Villegas. Un facha.

El terremoto andaluz y las nuevas amenazas.

No voy a defender a Vox, ni al PP, ni a Ciudadanos, ni al PSOE, pero hay cosas que ni se pueden entender ni se pueden aceptar. La otra noche, a raíz de los resultados de Andalucía, escuché declaraciones de todos los colores, unas de “juzgado de guardia”, dicho sea entre comillas, y otras más propias de monologuistas profesionales, por lo esperpéntico, que de políticos serios en ejercicio.

Y así escuché a algunos de la “izquierda democrática” el famoso y nunca conseguido “no pasarán”, animando a no aceptar el resultado de la votación y pedir que se tomen las calles para evitar la “llegada del fascismo”. Gente “demócrata” que no acepta el resultado de unas elecciones llamando fascistas a los que sí que lo aceptan.

Izquierda “democrática”, paradigma de la democracia de los últimos tiempos, que no dudaría en emplear cualquier truco o cualquier trato para desmotar lo que construimos los españoles en la transición, que utilizan impunemente banderas ilegales en sus manifestaciones, que ofenden sistemáticamente a las instituciones, a la iglesia, y a quien no piense como ellos, y que no dudarían en emplear cualquier medio ilegal, no estoy hablando de la violencia física aunque algún descerebrado la haya “insinuado”, para eliminar la constitución, derrocar a la monarquía, y seguir cualquier procedimiento tangencial para llegar al poder. Y una vez en él, consolidarse como ha hecho su admirado Maduro, todos los regímenes comunistas y cualquier gobierno totalitario. Votos, ruido y trampas para llegar al poder. Violencia y represión para mantenerse.

Y he escuchado a Susana Díaz pidiendo el apoyo de los partidos “constitucionalistas” para evitar que llegue al gobierno o a posiciones de influencia uno de extrema derecha. Soy consciente de que Susana Díaz no debe estar muy de acuerdo con las andanzas de su muy amado líder, pero ¡pedir apoyo de los constitucionalistas para frenar a un partido votado legítimamente teniendo lo que tiene en el gobierno central! Y, sin ir tan lejos, parece que tampoco hacía muchos ascos a llegar a acuerdos con AA, que tampoco está claro que pase la prueba del algodón democrático.

Y a nuestro presidente, ¡nuestro presidente!, pedir igualmente que gobierne la lista más votada. No la suma de las menos votadas si forman mayoría, no, ni tampoco la más negociada. Se refería, sin ninguna duda ni ningún rubor a la lista más votada. A este señor le pasa algo porque es imposible que diga una cosa y catorce diferentes manteniendo imperturbable su gesto de niño bueno y su sonrisa de guapo en tan cortos intervalos de tiempo. Querido Iván Redondo ¿Qué clase de experimento diabólico estás haciendo con este hombre?

Y también he escuchado a Juan Marín diciendo con una sonrisa de oreja a oreja que le corresponde ser el presidente, pese a ser el tercero en el ranking, porque son “los que más han crecido” y los que merecen más confianza.

¡No será crecer en sabiduría! Según esta extraña teoría, ellos serían los primeros, VOX los segundos con el mérito añadido de carecer de estructura y de recursos, y todos los demás a la hoguera, porque han decrecido. No deja de ser una manera original de interpretar nuestra ley electoral y de valorar la inteligencia de los votantes. Los resultados de las elecciones, mi querido Sr. Marín, no admiten “cocina” como las encuestas de opinión. Y el voto para AA tiene el mismo valor que el de PSOE, el del PP, o el de VOX. Exactamente igual, nos guste o no nos guste.

Sin coeficientes correctores ni ponderaciones de ningún tipo. Número de votos, número de opiniones a respetar.

Lo que me hace temer que, ¡otra vez! Ciudadanos va a precipitarse y a dar la sensación de que su negociación con el PP no se basará en lo mejor para Andalucía y para los andaluces, sino en lo mejor para su partido. Y no será porque no hay para echarse a llorar pensando en lo que se van a encontrar en una comunidad donde gran parta de la administración y todos los dirigentes de las empresas públicas han surgido de los bien regados campos de “la pesoe”, como llamaba un amigo mío al PSOE español. Y que hará falta hasta la última gota de cohesión, sensatez, y esfuerzo moral para poner las cosas en su sitio.

¡Me temo que estos días va a aumentar notablemente la contaminación atmosférica por el sur como consecuencia de la cantidad de papeles que se van a quemar!

No sé quiénes son los amigos de Albert Rivera, pero deberían darle algún consejo. Gran imagen, don de gentes, brillante, pero seguro que sacó nota baja en la asignatura de estrategia. Su partido ya ha tenido varias oportunidades históricas de llegar a la mayoría de edad, pero siempre las ha desaprovechado por exceso de prisa y por un manejo inadecuado de los “comos”, los “cuandos” y los “conquienes”.

Y no lo digo porque ahora presione al PP buscando, supongo, una posición de fuerza para fijar condiciones al pacto, pero ¿Era necesario salir el primer minuto postulando a Marín para la presidencia barajando incluso alianzas disparatadas? Ahora, otra vez, tendrá que desdecirse porque ellos saben, como todos sabemos, que el único pacto posible es el que es. Y si provocan otras elecciones, seguro que no, ya pueden despedirse como partido con fundamento.

Estrategia, prudencia, visión a medio y largo plazo, y pacto por Andalucía, por favor.

En cuanto a Vox, partido muy lejos de mis afinidades, hay que decir en su favor que no oculta sus objetivos, algunos aparentemente anticonstitucionales y otros al borde de lo asumible, exponiéndolos de forma abierta y, al parecer, sin letra pequeña.
Repito que no es un partido que me resulte cómodo porque, como ocurrió con Podemos y el 11M, se aprovechan de errores de gobierno y del malestar de la ciudadanía por la situación de la política española, para lanzar un mensaje populista que ha resultado atractivo para desilusionados, marginados, o simplemente cabreados.

Pero estos tienen más posibilidades de éxito porque son un partido organizado y con estructura, no un conglomerado de grupúsculos y “mareas”, porque sus dirigentes tienen experiencia política ya que una parte de ellos vienen del PP, y porque su lenguaje no es nada sofisticado. Es muy de calle y cala muy bien entre los españoles cabreados por el mal funcionamiento de algunas autonomías, por el chantaje al gobierno de los independentistas catalanes, y por tantos otros problemas, incluido el desencanto con “los nuevos políticos” que venían a regenerar el país, algunos de los cuales se han integrado en la “casta”, han pasado de “emocionarse” cuando un manifestante agredía a un policía a tener protección en sus domicilios, y han negociado nombres para el Poder Judicial cuando pensaban que la justicia era un aparato “al servicio del gobierno”. Parlamentarios actuales que, en definitiva, se han acomodado a una vida burguesa y aprovechan los vientos favorables.

Y una muestra de la agilidad política de VOX es que han sabido dar la vuelta a una frase que quería ser crítica y despectiva sobre unas imágenes de Santiago Abascal con el torero Morientes y otros más cabalgando por campos de Andalucía, tildándoles de “conquistadores”, en un eslogan fuerte, muy potente: “la reconquista de España empieza en Andalucía”.

Tienen peligro. Mucho peligro. Y el frenar su avance solo depende de los “tres grandes” si, alguna vez, dejan de actuar para la galería, de jugar con el lenguaje y llaman al pan, pan y al vino, vino, de consensuar políticas a medio y largo plazo (que el verbo consensuar sirve para más cosas que para legalizar las subidas de sueldo de los políticos o para mejorar sus beneficios personales. También se puede aplicar para aprobar leyes o decisiones parlamentarias), y afrontan sin palabras huecas y “posverdades” los problemas de este país y de nosotros, lo paisanos.

Monarquía versus república

Parece que los partidarios de la república se mueven últimamente con más intensidad, insistiendo en que esa forma de estado es la única realmente democrática, a lo que tienen derecho, por supuesto, y que los que defienden la monarquía lo hacen porque en España “tenemos tradición monárquica”.

Pero la premisa, como tantas otras en política, es falsa. Nadie estaría de acuerdo hoy en que se reinstaurara una monarquía absoluta, con poder sobre vidas y haciendas, pero sí que lo estamos con el sistema actual, monarquía parlamentaria, en el que el rey ejerce de árbitro sin tener la autoridad.

Y este sistema es tan válido y eficaz como cualquier otro, como lo demuestra el hecho de que naciones que son verdaderos referentes en democracia, auténticos modelos a seguir, como el Reino Unido y algunos países nórdicos lo tienen, lo mantienen, y no se lo cuestionan. Como ocurre con otros con gran tradición republicana, como Italia o Alemania, donde el presidente de la república tampoco tiene poder real.

En el tercer modelo, el francés o el de Estados Unidos, similares al vigente en España durante las dos repúblicas, los presidentes tienen poder ejecutivo.

Ergo en España más que monárquicos somos constitucionalistas que votamos en su día esta forma de estado en la que nos sentimos tranquilos y cómodos. ¿Es más democrática la república? No sé en que se basan en el caso español.

Quiero recordar que, contra lo que se cree o se quiere hacer creer, la segunda república nunca se votó ni se aprobó en las cortes. Se proclamó después de que la izquierda ganara unas elecciones municipales, siendo los primeros en hacerlo el ayuntamiento de Eibar, los segundos los catalanes, república catalana que no nacional, y el tercero Niceto Alcalá Zamora esa misma tarde desde los balcones del Ministerio de la Gobernación.

Y que el paso de monarquía a república no supuso ningún cambio en las formas y los modos de los diputados en cortes, que siguieron siendo igual de viscerales y de radicales como en la primera mitad del Siglo XX, cuando algunos a los que la historia nos hace ver como idealistas románticos, llegaron a amenazar con utilizar la violencia de las armas si la oposición no cedía ante sus planteamientos políticos.

Y esa, y no otra, es la historia real.

Otra ventaja de nuestro sistema actual es que educa a una persona durante toda su vida para actuar como moderador, haciéndole pasar por casi todos los estamentos del estado: universidad, academias militares, etc., lo que me parece mejor que nombrar a uno salido de las urnas como representante de un partido político, con toda la carga de parcialidad que puede conllevar.

Y por mucho que se diga, en España no tenemos una tradición republicana porque tuvimos dos, la primera que resultó un auténtico disparate con los gobiernos cantonales y las declaraciones de guerra entre las “ciudades estado”, y la segunda, desde 1931 hasta 1936, que sufrió 26 cambios de gobierno y acabó como acabó, con un golpe de estado, principio de una guerra civil, del que se acusa a los militares como responsables directos, que lo fueron, pero del que tampoco pueden salir limpios de polvo y paja los gobiernos que permitieron los desmanes de la CNT, de la FAI o de los partidos antisistema de la época.

Y si no tenemos tradición republicana, tampoco tenemos tradición de monarquía parlamentaria, porque es la primera de la historia. Hubo un tímido intento en la Constitución de las Cortes de Cádiz, en la que se dijo que “el poder está en el pueblo a través de sus representantes en Cortes”, pero este intento de quitar fuerza al rey se frustró cuando apenas había empezado con el Manifiesto de los Persas y la vuelta al “absolutismo” que deshizo todo lo dicho, que no llegó a ser “hecho”, poco tiempo antes.

Otro de los tópicos, el del coste económico, es otra falsedad, porque la casa real tiene unos gastos muy similares a una supuesta presidencia de república. En ambos casos un coste mínimo en los presupuestos del estado, aunque muy exagerado por los voceros de turno.

Lo cierto es que a Juan Carlos I, que se ganó el puesto con su intervención del 23 F o en los pactos de la Moncloa, cuando el país iba a la deriva por culpa de los políticos en una situación bastante similar a la de hoy, solo se le ha podido atacar por temas personales, nunca por actuaciones institucionales. Y si nos referimos a Felipe VI, parece que la educación de toda su vida ha dado resultado, cabreo de los separatista catalanes incluido.

En cuanto a votar asuntos como la forma de gobierno cada tres o cuatro años, como ha insinuado algún participante en la discusión, ¿una constitución? ¿Toda la estructura de la nación, régimen de las autonomías incluido? Las constituciones deben ser de largo recorrido para evitar la confusión de los cambios y la convulsión de las campañas electorales, tan afectadas por hechos puntuales de cada momento, mucho más en el momento actual, en el que estamos tan influenciados por las redes sociales, tras la que se suelen ocultar intereses económicos o políticos no siempre claros, hackers rusos incluidos.

Otra cosa son los mitos y las idealizaciones. Como he dicho, la república nunca fue un mar de paz, armonía y buen rollo. En aquella época, como en todas, han existido desavenencias, incluidas las puñaladas traperas entre los mismos partidos de izquierda, rencillas, y grandes discrepancias que llegaron, incluso, a amenazas personales. Y que culminó con el asesinato del jefe de la oposición el 13 de julio de 1936, persona muy vehemente sin duda, a manos de un grupo de la guardia de asalto que le sacó de su domicilio. Asesinato político perpetrado por políticos de lo que entonces era la izquierda más radical.

Cosa que, afortunadamente y me refiero a las amenazas personales, no se producen en la actualidad. Aunque, eso sí, se practiquen acosos a determinadas personas en las puertas de sus domicilios.

Y estos, más o menos, son hechos objetivos. Se pueden buscar figuras simbólicas de ciencia ficción como las “magas” de nuestro querido alcalde, pero el hecho de que gobernara una república no evitó las enormes diferencias sociales y el malestar de la ciudadanía de la época.

Durante la república se consiguieron algunos avances de calado, por supuesto, como ha sucedido en todos los gobiernos, incluida la dictadura que construyó una gran red de aprovechamiento hidráulico con los pantanos, y fue la que implantó la seguridad social española, por ejemplo. Sin que ello signifique, ni mucho menos, que fuera una forma de gobierno a imitar o a repetir.

Conclusión: En mi opinión no importa tanto cual sea la forma de estado por su pureza democrática, que los dos la tienen si han sido aprobados por la ciudadanía, como la estabilidad que pueda proporcionarnos. Y tal como están las cosas, mejor “no meneallo”