Las causas de las minorías, los perjuicios a los ciudadanos, y la ley de huelga.

Barcelona está sumida en un grave caos social porque los taxistas de la ciudad han decidido movilizarse para que el Ayuntamiento retire o limite las licencias de los coches de alquiler con conductor, que son una de sus competencias actuales.

Pero hace unos días, el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya declaró que el Área Metropolitana de Barcelona: “Carece de potestad reglamentaria para regular el arrendamiento de vehículos con conductor. Un argumento con el que el tribunal mantiene vigente la suspensión cautelar del reglamento metropolitano que pretendía restringir este tipo de licencias VTC.

El tribunal es consciente de que la suspensión cautelar del reglamento puede perjudicar al sector del taxi, que puede resultar gravemente afectado por la competencia de los vehículos con autorización VTC”, admite el auto, que concluye, no obstante, que la AMB no tiene competencias sobre este tipo de licencias, sino sólo en lo que respecta al taxi.

El recurso, presentado por la Comisión Nacional de Mercados y Competencias (CNMC), ha propiciado la suspensión cautelar del TSJC, pese a que el Supremo avaló el límite de 1 licencia de VTC por cada treintena de taxis en pro del “interés general””(La Vanguardia 28/7/18)

Es decir, los Ayuntamientos tienen capacidad legal para regular los servicios de taxi de sus respectivas localidades, pero no para tomar medidas de ningún tipo sobre los coches con conductor.

El caso es que los taxistas insisten en querer bloquear este nuevo servicio y para conseguirlo han pasado de la queja a la protesta, y de ahí a la algarada y a la ocupación ilegal de calles y plazas de la ciudad, dificultando, incluso paralizando, la libre circulación de vehículos.

No entiendo de razones jurídicas y mucho menos en un tema tan complejo que atañe a jurisdicciones locales, nacionales, e incluso de la Comunidad Europea, pero hay una cosa que está muy clara.La huelga, definida como “forma de protesta de los trabajadores consistente en el cese del trabajo hecho de común acuerdo con el fin de conseguir mejoras laborales o sociales” está recogida en la Constitución, concretamente en el artículo 28.2, en el que “se reconoce el derecho a la huelga de los trabajadores para la defensa de sus intereses. La Ley que regule el ejercicio de este derecho establecerá las garantías precisas para asegurar el mantenimiento de los servicios esenciales de la comunidad”.

El primer problema, y muy importante, es que la ley que se invoca en el artículo nunca se ha abordado en el Congreso. Y no se ha hecho por cobardía manifiesta de los partidos de izquierda, a los que considerarían desleales y traidores a las esencias de la lucha obrera, y de los de la derecha, para que no les tachen de recortadores de derechos sociales, y de ser partidarios del sindicalismo vertical de la época de Franco.

Y, por esa razón, tenemos lo que tenemos. La huelga se concibió como herramienta de presión a las empresas para forzarlas a negociar mejoras salariales, sociales o de condiciones laborales, pero en un momento determinado los grandes colectivos descubrieron que era mucho más eficaz tomar como rehenes a la ciudadanía, a la que no dudan en perjudicar de forma indiscriminada y salvaje “porque ellos tienen razón”. Y lo seguirán haciendo “hasta el final”, frase estas tan de moda desde hace una década.

Y no importa en absoluto que en el atasco hayan personas mayores, o enfermas, o que iban a comenzar sus vacaciones, o que se dirigían a su puesto de trabajo. O a tomar una cerveza con sus amigos, que tanto da.

Eso sin contar las molestias menores y la mala imagen que se está dando de Barcelona en particular y de España en General. Pero, claro. Ellos tienen un problema y se consideran cargados de razón y, lo que es más grave, de inmunidad.

Pero los ciudadanos y la imagen de la ciudad no importan. Son simples daños colaterales porque los alborotadores se sienten cargados de razón. Y “van a conseguir” lo que se proponen.

Y, otra vez, la cobardía de los políticos y de las autoridades responsables de mantener el orden público. Yo no quiero que carguen contra ellos o que retiren los taxis con excavadoras. No son tiempos de tomar estas medidas, que tampoco son necesarias.

Cargar contra esos veinte manifestantes que bloquean una carretera incendiando cubiertas de automóvil si no obedecen a la autoridad, sí. Pero contra los cientos de taxis parados no. Es mucho más sencillo, y seguramente mucho más eficaz, tomar las matrículas de cada uno de ellos e imponerles la sanción máxima posible con cobro ejecutivo. Que hoy en día, si las multas se pasan a cobro ejecutivo nadie se libra de pagarlas. Como hace la Guardia Civil en las carreteras.

Y, claro, luego está el Artículo 65.4, de la “norma de conducir por puntos”, que considera faltas muy graves, sancionables con hasta 6, alguno de los supuestos previstos en la norma. Como los siguientes:

b) Paradas y estacionamientos en lugares peligrosos o que obstaculicen gravemente la circulación constituyendo un riesgo u obstáculo para la circulación, especialmente de peatones, en los términos que se determinen reglamentariamente.

j) No respetar las señales de los agentes que regulan la circulación.

¡No me digan que no tienen herramientas legales para proteger a los cientos de miles, quizás millones, de perjudicados por esta moda de machacar al ciudadano en su beneficio! Adviértanles de que sufrirán sanciones económicas y retirada de puntos. Y si siguen en su actitud, ejecuten.

Y sin querer marcar similitudes, que no las hay, la Kale Borroka se acabó cuando los que quemaban autobuses, o sus padres, tuvieron que pagar los daños producidos.

Y con ello no quiero decir, ni mucho menos, que los taxistas no tienen razón, porque lo desconozco. Pero de lo que sí que estoy seguro es de que este no es el método. Y que la responsabilidad, aun siendo ellos los infractores, no es suya. Es de los que consienten que estas cosas ocurran pudiendo evitarlo por miedo a parecer como los malos de la película.

Protestas y manifestaciones autorizadas sí, porque tienen todo el derecho. Tomar las calles no.

Ley de huelga pronto, por favor.

Fundación del Monasterio de la Virgen Santísima de los Dolores y los Tres Reyes Magos

Parte del libro “Historia de la provincia de la Corona de Aragón” – De Don Antonio Francisco Aguado. Parte del libro en el que se relata la fundación del Monasterio de la Virgen Santísima de los Dolores y los Tres Reyes Magos, de la Orden Agustina en 1556

Páginas de Historia Corona de Aragon – Agustinas de Bocairent

La política sexista, el léxico, y el “no es no”

El otro día escuché las declaraciones de la vicepresidenta, y no puedo por menos que manifestar mi sorpresa al comprobar que el gobierno tiene un plan prioritario, prioritario, entre los varios planes prioritarios que ha anunciado: Impulsar la terminología de géneros, animándonos a desmontar los genéricos para utilizar los masculinos y los femeninos. Perfecto. A eso se llama economía de lenguaje y rascarse la cabeza cuando lo que nos pica son otras partes del cuerpo. Avanzando hacia una sociedad modelo “¿Cómo están Uds.?”, para lo que están buscando asesores y asesoras en el mundo de la diversión y de la farándula, me figuro, porque no los encontrarán en el de la Academia.

Recuerdo que de niño jugábamos a modificar el idioma de diversas maneras. Una de ellas era añadir una especie de sufijo, solo que no era al final de cada palabra, sino después de cada sílaba, y que se componía de la letra “p” y la vocal contenida en la sílaba. Por ejemplo: Sí la frase era “mañana nos veremos en clase”, teníamos que decir “mapañapanapa nospo veperepemospo enpe clapasepe”. Supongo que mis amigos y amigas de mi misma edad de Bocairent lo recordarán. Lo cierto es que conseguíamos bastante fluidez en la conversación y era divertido.

Naturalmente eran juegos de niños y, como es lógico, me refiero a una época sin teléfonos móviles, tablet’s, televisiones, ni internet, donde nuestro mejor escenario cuando salíamos de clase era la calle o el monte, y nuestro mejor juguete la imaginación. Juguete que no consumía pilas ni necesitaba recargarse, y que se ajustaba a cualquier momento y a cualquier situación.

Época de solidaridad y convivencia necesaria porque todos, y me refiero a los mayores, se necesitaban los unos a los otros para salir adelante. Era una época en la que la sencillez en las relaciones y las comunicaciones entre personas era lo habitual. La gente se entendía porque la ignorancia de algunos sectores de población que vivían aislados en las masías, y el analfabetismo de muchos mayores, convivía con la buena voluntad general, y todos acomodaban, acomodábamos, la comunicación y los mensajes al nivel de los menos “estudiados”. Sin utilizar palabras grandilocuentes ni pasarnos de listos.

Pero ahora no se trata de juegos de niños. Son problemas muy serios que hay que atajar, porque hay toda una batería de reclamos para que nos salgamos de la ortodoxia de los comportamientos sensatos, y la sociedad ha perdido gran parte de la solidaridad.

Cuando hacía alguna trastada, una de mis abuelas me decía, “cuando el diablo no tiene nada que hacer mata moscas con el rabo”. Los mayores de Bocairent eran menos sofisticados y cuando veían que alguien hacia o decía alguna inutilidad, lo que ahora llamamos “una parida”, lo simplificaban diciendo que era como consecuencia de la “falta de faena” del promotor de la iniciativa. Y, como era habitual en la filosofía popular, no andaban muy desencaminados.

El problema es que esta sociedad de ilustres subvencionados ha sido caldo de cultivo de los que tienen demasiado tiempo libre en la administración, y necesitan inventar normas y reglas para justificar sus sueldos y hacerse notar. Dar la impresión de que hacen algo.

Y, francamente, todo esto de miembros y miembras, portavoces y portavozas, suena un poco a broma. A “porpotapavopocespe”. Es correcto decir parlamentarios y parlamentarias o jueces y juezas. El diccionario, por ejemplo, contempla la voz “juez, a”, por lo que decir “la señora jueza” es igual de correcto que “la señora juez”, y lo mismo ocurre con “parlamentario, a” y con “ministro, a”. Pero de ahí a tener que “feminizar” todas las voces hay todo un mundo de trabajo innecesario y de postureo. Mucho postureo.

El que manda en el idioma es la Academia que, afortunadamente, es independiente de los gobiernos y de los parlamentos, y es la que se encarga de admitir nuevas voces cuando son de uso popular o utilizadas por escritores acreditados. Y no todo lo contrario. Lo correcto, lo práctico, lo pedagógico, y lo establecido, es que el gobierno y los parlamentarios utilicen las palabras registradas en el diccionario, y no que el diccionario, y el habla del pueblo, tenga que aceptar el uso de las palabras, palabros, que se les ocurra a los gobiernos de turno o a nuestros muy insignes representantes en el parlamento.

¡Faltaría más!

En cuanto a la supuesta protección de la mujer via léxico, no pueden estar más equivocados. Hay depredadores, demasiados, pero son minoría entre los varones. Como hay depredadoras entre las mujeres, y asesinos, por poner un caso, en ambos sexos. ¿Creen que decir portavoces y portavozas hubiera detenido a “la manada” o a los violadores reincidentes?

Mi opinión es que cuantas menos distancias se marquen, menos barreras se levanten y menos tabúes se manejen en las relaciones hombre/mujer será mejor para ambos y muy especialmente para la mujer. La mujer no necesita semejantes majaderías para que se la respete. Y el que no quiere respetarla no se parará por giros gramaticales ni juegos de palabras. Ni siquiera, lamentablemente, por la amenaza de sentencias muy severas, que hay que aplicar, porque los que cometen delitos graves suelen hacerlo por pasión, maldad, o impulso irrefrenable que les nubla la mente. Y lo harán “pase lo que pase”, excepto algunos que suponen vanamente que no les descubrirán.

Parte de la violencia de género tiene su origen en la tan mal entendida filosofía tradicional de “la maté porque era mía”, tan extendida por la cultura popular, que incluso inspiraba canciones tan difundidas como “en la cárcel de Villa”

“En la cárcel de Villa – hoy me van a encerrar – pues los jueces castigan – el delito de amar – Ella fue mi tormento – ella fue mi pasión – pero un día la ingrata – de mi amor se rió”.

Lo que justificó que:

“Por sus malas acciones – la partí el corazón – pues el mío partío – me dejó su traición”.

Y estas actitudes, la de considerar “delito de amar” a una mujer el partirle el corazón con un cuchillo, no se resuelven con sentencias que, repito, deben de ser muy severas, sino con educación escolar, familiar, cívica y social. Empezando por los propios políticos, varones y hembras, que en muchas ocasiones hacen gala de un machismo o feminismo inculto, desproporcionado, e inaceptable en cargos de representación. Y no quiero citar casos concretos.

O son muy lo uno o lo otro según quién ofenda a las mujeres, porque también aquí hay bandos. En algunos casos son actitudes muy reprobables que merecen todo el desprecio social, y en otro, las mismas frases dichas por otras personas son bromas inocentes, están “sacadas de contexto”, o se apela a la libertad de expresión.

Y a la historia de los últimos cien años me remito. Bajo la apariencia de que la mujer de entonces aparecía como subida a un pedestal, por conveniencias de los varones naturalmente, tenía que someterse si era esposa, esconderse si era amante, trabajar en según qué oficios, y pasear con sus novios con “carabina”.

Dando un salto en el tiempo, la mujer se ha liberado de perjuicios y tiene reconocidos los mismos derechos que el varón, pero este nuevo estatus ha provocado situaciones desconocidas hasta ahora. La igualdad, tan justa como necesaria, ha originado nuevos problemas porque una parte de las mujeres, especialmente las jóvenes, han querido emular al varón, si no igualarlo, recuperando en un tiempo record el tiempo perdido. Digamos mejor que el que perdieron sus madres y sus abuelas.

No es el mismo caso, pero también ocurrió con el famoso “destape” que, con un disfraz de libertades, consiguió que se usara a la mujer como objeto de taquilla a base de desnudarla viniera o no viniera a cuento. A cuento que nunca venía con los varones que, como máximo, se presentaban en las pantallas en ropa interior. Y cuando yo me asombraba del hecho, me decían que la mujer tenía todo el derecho a desnudarse. Claro que sí, pero también tenía todo el derecho a ver hombres desnudos en las pantallas, cosa que no ocurría. Al final lo que se disfrazaba de libertad, no era más que otra forma de manipulación, en este caso por motivos económicos.

Y cuando se asumen libertades y nuevos roles, también se tienen que asumir los nuevos peligros y tomar más medidas preventivas. Como la mujer fuma más, padece más cánceres de pulmón que sus antecesoras. Como sale a la calle con más libertad y con horarios ilimitados, tiene más riesgos de sufrir percances. Como acuden a lugares masificados donde se bebe, es más fácil que las agredan. Como a los hombres. Solo que ellas tienen un riesgo añadido por ser mujeres.

Porque, hay que decirlo y repetirlo hasta la saciedad, con reconocer derechos y promulgar leyes no basta. De hecho solo nos sirve a los que, de natural, respetamos las leyes y a las mujeres.

Es necesario reforzar la educación de niños y niñas, y tomar medidas preventivas. Me gusta la de una ciudad, no se si Bilbao, que ha decidido que sus autobuses hagan paradas intermedias por la noche si las mujeres lo solicitan. ¡Eso está muy bien! Y es una medida sencilla y práctica.

Porque pregonar a los cuatro vientos que el “no es no” solo valdrá si la pareja respeta las normas. No solamente estas, sino las normas en general. A los varones que se consideran por encima de la ley, a los sociópatas, a los ebrios, a los drogados, o a los que tienen trastornos mentales, no les parará un millón de “noes”.

Lo práctico es pues potenciar la prevención con la educación, y advertir a los jóvenes de ambos sexos de los peligros que tiene el alcohol, las drogas y el exceso de confianza. Y muy especialmente esta última que parece la más inofensiva: el exceso de confianza.

Y con esto no quiero decir, de ninguna manera, que una mujer que se ha tomado unas cervezas sea la responsable de su violación, pero debe evitar los ambientes por donde pululan hombre poco de fiar, varones que también han tomado alcohol y que, desinhibidos, pueden sobrepasarse, y varones u otras mujeres, que las inciten a beber alcohol o las droguen para abusar sexualmente de ellas.

Parece que la multitud protege, pero es mentira porque depende del tipo de multitud que te rodea. Si estás en un botellón, es muy probable que nadie haga nada por evitarlo. Que no te vean. Que ni se den cuenta de que te están violando. Incluso puede parecerles que “estás de marcha”.

El otro día, hablando de estos temas con una persona joven y muy querida le pregunté qué pasaría si, después de decir que “no”, el varón no paraba. Y me contestó que se le podía parar con una “hostia”. Craso error propio de la ignorancia y el subidón de moral y de falta de realismo que han dado a las mujeres con el tema de la igualdad. Si son varios no tendrá remedio, y si es uno solo, lo más probable es que tampoco. Seguramente abusarán de ella y, según quien sea su agresor, puede acabar maltratada o muerta.

Porque la mujer, que suele ser más inteligente que el hombre, no es más fuerte que el varón salvo en contadas ocasiones. Yo le decía que lo único práctico era marcar el “no” mucho antes de que se llegara a un nivel de intimidad peligroso, pero no creo que aceptara mi consejo. Se la veía muy segura de su fuerza. Muy “gallito”.

Situación tan peligrosa como ir de noche, sola, por calles poco frecuentadas y mal iluminadas. El terreno preferido de ladrones y de acosadores. Nosotros, los varones, también las evitamos. Prevención por nuestra parte, y vigilancia y protección por parte de las autoridades competentes.

Por cierto y volviendo al “nuevo idioma”. Tal como están las cosas me extraña que los colectivos gay no hayan reclamado para sí artículos determinantes. Ni “los” ni “las”. ¡Otra complicación!

El Gobierno de la Generalitat, y el antiguo convento de Santo Domingo.

He seguido con sorpresa la insistencia del tripartito que nos gobierna en que les cedan la propiedad del edificio de Capitanía y yo, que trato de adivinar el porqué de las decisiones, no encuentro las razones que puedan tener para este empecinamiento.

No puede ser para que los valencianos puedan acceder y disfrutar de unas instalaciones de tanto valor arquitectónico, histórico y cultural, porque ya lo hacemos. No está abierta 24 horas al día, pero sí que tiene horarios muy cómodos y, normalmente, se organizan visitas guiadas por personas afines a las fuerzas armadas, conocedoras del edificio y de su historia, y con voluntad manifiesta de presentarlo con toda su carga de emotividad. Ningún guía podría hacerlo mejor.

Tampoco debe ser porque el Gobierno de la Generalitat necesite edificios emblemáticos para desarrollar su actividad representativa o al servicio de los ciudadanos. Tenemos los suficientes de mucho nivel, y hay muchos otros cerrados o cedidos que se podrían utilizar.

Y si no es por el servicio al ciudadano, ¿Cuál es la razón para pedir la cesión?

“Ocupar” Capitanía obligaría a mantenerla en un estado de conservación similar, como mínimo, al actual, lo que supondría un gasto muy importante que tendría que asumir la Generalitat, cuando tenemos tantas carencias por resolver y estamos reivindicando al gobierno una mejora en la asignación presupuestaria porque “no llegamos”.

Luego, si esta petición no favorece a los ciudadanos y supondría una carga adicional, y no pequeña, a las arcas de la Generalitat, solo se me ocurren razones políticas, de esas tan peregrinas a las que nos tienen acostumbrados los políticos en ejercicio.

Esa especie de voracidad que les empuja a ocupar todo lo ocupable, e incluso lo que no pueden ni deben ocupar, cueste lo que cueste y valga para lo que valga.
Se ha extendido el mensaje de que lo único importante en la vida pública, lo fundamental, es la política y su labor de defender el bienestar de los ciudadanos y administra sus recursos. Y por supuesto no estoy de acuerdo porque es una opinión interesada que minimiza al resto de la estructura organizativa del Estado.

Sin duda, la parte de la política que se ocupa de la gestión de lo público es fundamental. Algo con lo que contamos y necesitamos para disfrutar de las ventajas de una sociedad adelantada como la nuestra, pero, llegados a este punto, doy mucho más valor a la llamada “política real”, la de los ayuntamientos, que son los que en realidad gestionan nuestro día a día. Los que nos aseguran que los pueblos y la ciudades sean habitables y cómodas. Suministran o regulan el suministro del agua, de la electricidad, son los que recogen nuestras basuras, proporcionan el alumbrado público, limpian nuestras calles, regulan el tráfico y ejercen una vigilancia de primer nivel para que podamos transitar con un mínimo de seguridad por las calles.

Podríamos asegurar que esta es una tarea personal e intransferible que no admite delegaciones. Por eso, aunque de vez en cuando esté en desacuerdo con alguna decisión o discuta alguna iniciativa, soy muy respetuoso con la figura del alcalde, porque soy consciente de que, aunque no se vea, pasan muchas horas cuidando que todo vaya bien y controlando el buen funcionamiento de su municipio.

Y luego están los otros estamentos, Generalitat, Diputación, mucho más cuestionables porque, y por culpa de los propios responsables de su gestión, cada vez se convierten más en carga que en ayuda. Los poderes de la Generalitat los soportó directamente el gobierno de turno con sus ministerios durante la monarquía, la república y la dictadura, y no nos fue tan mal.

Se creó el estado de las autonomías para acercar la gestión a los afectados, pero a la larga, y manteniendo la vigencia de su razón de ser, se están convirtiendo en pequeños reinos de taifas que duplican tareas y complican con demasiada frecuencia el buen funcionamiento del Estado y la convivencia de los españoles por disputas de lo que es mío o es tuyo, de quien son o no son los ríos, o por la lucha por conseguir ventajas en la distribución de asignaciones de los presupuestos generales de la nación.

Insisto en que creo en el estado de las autonomías, pero entiendo muy necesario que se replanteen misiones y funciones de cada cual porque, o se resetea la situación, o no habrá forma de parar ese virus de las diferencias que nos está destrozando.

Las diputaciones son entes más cuestionados. Es cierto que prestan apoyo a los municipios y a la Generalitat, pero son servicios que podrían asumir directamente los apoyados. Opino que son prescindibles, pero no desaparecerán sin lucha porque se han convertido en casa y refugio de mucho amiguismo y de muchos intereses de imagen y poder.

Pero, lo mismo que lo dicho anteriormente es verdad, no es menos cierto que el Estado necesita complementos menos visibles en el día a día, pero imprescindibles. Necesitamos un ejército que nos defienda, no solo la seguridad de la nación, sino los valores y las libertades del mundo occidental, y de ahí la gran cantidad de misiones en el extranjero.

Como necesita un poder judicial, unas cortes, un cuerpo diplomático, unas fuerza de seguridad del estado, y tantas otras cosas que no “se ven” en lo cotidiano, pero que necesitamos que estén ahí cuando tenemos un pleito que resolver, un asesino que detener, una urgencia hospitalaria que nos salve la vida, etc.

Y si los necesitamos debemos asumirlo si reservas, apoyar su labor, y destacar sus méritos para conocimiento de la ciudadanía.

Pero llegamos a donde, posiblemente, deberíamos llegar. Al mundo de las ideologías y de las miserias de nuestros dirigentes.

Es posible que nuestro gobierno regional opine que Capitanía ha dejado de cumplir su misión de cuartel de tropas, que nunca lo ha sido, y “no entienden” su utilidad real.

Pero ocultan que este edificio es propiedad del ejército, y sede oficial del Capitán General de la III Región militar, figura de mucha dignidad protocolaria y una de las autoridades reconocidas en nuestro marco jurídico y legal, y que, afortunadamente, tiene una presencia funcional y no depende de las autoridades de la autonomías, sino del Ministerio del Ejército. Y las jurisdicciones de las capitanías, que es cambiante según los planes del ministerio, no coinciden exactamente con los de las diversas autonomías.

Como ocurre con las Zonas de la Guardia Civil, comandadas por un general, que dependen del Ministerio del Interior.

Y es como debe ser, porque si dependieran de los entes autonómicos, seguro que alguno de nuestros iluminados que presiden autonomías ya habrían decretado la salida del ejército o de la Guardia Civil de su territorio. Los mismos que han pedido en algunas ocasiones su desaparición.

Así pues, mis muy respetados responsables de la Generalitat Valenciana, dedíquense a lo suyo que bastante tienen. Y procuren combinar la gestión con la pedagogía, porque también es su responsabilidad. El primitivo convento de Santo Domingo se estableció como sede de Capitanía en Valencia desde la Desamortización de Mendizábal, por lo que, en el caso de que alguien pueda reclamar la propiedad histórica sería la Iglesia, y por supuesto no lo hará.

No incordien con sus sueños de poder y de grandeza, si no de perjudicar al ejército, y dedíquense a lo suyo, por favor. Que buena falta nos hace.

El Panteón de París – La sana envidia.

Acabo de leer la noticia de que Simone Veil y su marido, este último por el hecho de ser consorte de la ilustre política judía, ex presa en el campo de Auschwitz, destacada por su defensa de los derechos de la mujer, han sido trasladados al Panteón de París.

Y mi reflexión no se centra en la figura de la reconocida con este honor, sino en nuestra vecina Francia, nación de asilo que acogió a muchos exilados de nuestra guerra civil, la de la Revolución, de la Ilustración, de las comunas, y de la guillotina.

Y en su Panteón están enterrados revolucionarios, «ilustrados», pintores, escritores, científicos, militares, políticos y personajes históricos de cualquier tipo. Gente de la que Francia y los franceses se sienten orgullosos. Gente que hizo a Francia más grande desde sus tubos de ensayo, sus manuscritos o sus hechos de guerra. Y de cualquier signo político.

Y esto es lo que hace que naciones como Francia, que honran a sus ilustres y no reniegan de su historia, incluidos los episodios más negros y sangrientos, sean grandes y fuertes. Y que sus políticos canten juntos La Marsellesa cuando la nación se siente amenazada. Porque la historia, toda, es enseñanza. Porque los franceses no se consideran hijos ni de los unos ni de los otros. Son hijos de todos ellos. La consecuencia de éxitos y fracasos que no esconden ni de los que se avergüenzan.

Recuerdo con gran emoción mi visita a la cripta del Panteón al descubrir tumbas de personajes que estudié en mis libros de texto, cuando los libros de texto no se habían empequeñecido con historias manoseadas y empequeñecidas de las grandezas de cada autonomía, y nos sentíamos herederos de la cultura greco romana. Con la aportación inestimable de la iglesia católica, la de los aciertos y los errores, la de los santos y los pecadores.

Y la sana envidia de verlos juntos en aquellas galerías, cuando habían sido tan diferentes en vida. Pero tenían en común el hecho de ser franceses por nacimiento o por adopción, y haber contribuido a la grandeza de Francia, a su “grandeur”. Muchos con bustos o símbolos alusivos a su persona o su personalidad.

El panteón se comenzó durante la monarquía y se concluyó durante la revolución, y además de los féretros de los allí enterrados, en las paredes hay más de 1.000 placas conmemorativas de otros tantos personajes importantes de Francia.

Me considero español y estoy orgullosos de nuestra historia y de nuestra realidad, pero siempre he considerado la oportunidad perdida en tiempo de Fernando VII, ¡esa sí que fue una verdadera oportunidad perdida!, cuando tildaban de amanerados y poco españoles a los “afrancesados”, a los que defendían el acercamiento al país vecino, y la conveniencia de que se incorporara a la sociedad española parte de la enorme modernización que supuso la Revolución Francesa.

Seguro que otro gallo nos cantaría. No el gallo francés, porque España seguiría siendo España, pero una España que habría dado un salto en la historia iluminada por las luces de la Ilustración.

Aquí no. En España seguimos separando a los buenos de los malos, a los de derechas de los de izquierdas, a los que piensan como “yo” de los otros.

Si en España hubiéramos tenido un Panteón, y hablando solo de escritores y poetas, descansarían juntos Pio Baroja, Azorín, Miguel de Unamuno, Rafael Alberti, García Lorca, Gregorio Marañón, Miguel Hernández, José María Pemán, Rafael Duyos y tantos otros, todos ilustres, que tuvieron en común su amor a España y se diferenciaron por sus ideas políticas, sociales o religiosas.

Y en medio de todos ellos, poniendo paz, nuestro genial Mingote.

Pero no, nosotros somos un país intelectualmente subdesarrollado y mucho más cerca de los tiempos de la inquisición o de las checas de lo que nosotros mismos creemos.
Dios salve a España, lo digo como convicción, pero también como frase hecha para no herir sensibilidades, porque, por lo que veo, los españoles no llevamos camino de “salvarla”. Más bien de hundirla un poco más cada día.

Nosotros nunca hemos tenido tiempo de construir un panteón de ilustres. Andamos demasiado ocupados cambiando nombres de calles y rebuscando por las alcantarillas de la historia las partes oscuras de las biografías de los hombres y mujeres que han hecho algo por España.

Nosotros somos así. No podemos comportarnos como esos revisionistas cobardes “de fuera”. Somos gente de honor y no podemos perdonar ni olvidar. ¡Tenemos “memoria histórica”!

El “gobierno bonito” del “chico nuevo”.

Que quieren. Cada vez que veo a nuestro flamante presidente de gobierno en la tele, me viene a la cabeza las primeras estrofas de la salsa “Pedro el navaja” que triunfaba en mis años treinta:

Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar
Con el tumbao que tienen los guapos al caminar…”

El caminar es suyo, el de siempre. Pero todo lo demás, ese correr como deslizándose tipo Obama, sin sudar y con una camiseta, muy casual, con el logo de Barcelona 92, esa escena con su perro tipo Obama, esa foto en el helicóptero con gafas de sol modelo piloto de combate, tipo Obama son, claramente, fruto de una asesoría de imagen.

También es suya, ¡el jodido es un guaperas!, esa sonrisa de media boca acompañada de un semialzado de ceja, marca de la casa. Pero lo de las manos, no. Esas manos expresivas, de conductor, de director de orquesta, son absolutamente artificiales. Buscadas. De cualquier manual de imagen.

Y pongo este ejemplo: en la página “En cuatro gestos que profundizarán tu liderazgo”, de “Finanzas»Personales”, se dice: “Si usted está en una posición de poder, es importante que refuerce su imagen de líder, para lo cual, expertos en lenguaje corporal le otorgan varios tipos para profundizar esta percepción,”

En la sección “cuatro gestos que profundizarán tu liderazgo” de esa misma página, y en el apartado “tome las riendas” se dice: Tome una posición en la que parezca que sus manos sostienen una rienda imaginaria. Y ése es el secreto del gesto: un hombre recio, líder, impetuoso y que aun así no pierde el “control” de la situación.

Tampoco es casual la composición del “gobierno bonito”, tan diferente al serio y de aspecto excesivamente profesional del gobierno de Rajoy, en el que se ha estudiado hasta el último detalle de la “nueva era” con la incorporación de personajes de todo tipo y condición, algunos excesivamente traídos por los pelos, otros no, y con serias dudas sobre su eficacia. Pero no es eso lo que se pretende, la eficacia, en este primer paso de una larga, muy larga, campaña electoral. Seguimos trabajando la imagen.

He seguido y atendido con mucho interés las intervenciones del politólogo Iván Redondo, al que ha contratado nuestro presidente, y que ya colaboró con él en las primarias del PSOE. Está en muy buenas manos. Sabe muy bien cómo hacer llegar mensajes a la masa militante y a la votante, y es un auténtico experto en campañas electorales, muy especialmente las de los Estados Unidos. Esas campañas tan profesionales donde se trabaja tanto la imagen, los mensajes, y los impactos mediáticos a la ciudadanía, que han llegado a convertir en presidente del estado más poderoso del mundo a un personaje como Donald Trump. O al Pato Donald si se lo hubieran propuesto.

Por cierto, si buscan la web de Redondo y asociados, http://www.redondoyasociados.com/ se encontrará con que la única imagen, con una enorme fuerza expresiva, es la de unas manos. Manos abiertas, manos que acogen, manos que abarcan.

Visto lo cual ¿no da miedo semejante poder de manipulación a las masas que todos, políticos, empresarios, marcas comerciales, y marketineros en general emplean para influir en nuestras decisiones? Son técnicas muy sofisticadas contra las que no es fácil defenderse.

Aunque, de momento, solo hemos conocido la presentación de la cara más amable de nuevo gobierno. Lo demás solo se intuye. Parece que ha de venir, pero solo se atisba. Como dijo Rubén Darío con gran fuerza expresiva:

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
¡La espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines!

Han proyectado con gran eficacia la imagen de un cambio profundo, hay expectativas, y hasta están consiguiendo que la gente se olvide de sus orígenes, legítimos pero con poco fundamento.

Pero todos sabemos, Pedro Sánchez el primero, que eso no será suficiente para conseguir lo que nunca ha logrado. La confianza de los ciudadanos en forma de mayoría de votos en las elecciones generales.

Y este “chico nuevo” de Europa tendrá que hacer mucho más que desenterrar a Franco, fomentar cambios de calles “franquistas”, proponerse como líder de la tolerancia con la inmigración, resucitar las iniciativas de Zapatero contra la religión y la iglesia católica, o tener gestos cariñosos con los separatistas, con los unos y los otros, que tienen en común que son muy poco de fiar.

Tampoco le será suficiente forzar un cambio en la televisión pública aunque, claro, ayudará. O le perjudicará si cede su control a Podemos, porque esos tienen claro a donde van y lo que pretenden. Anticonstitucionales, antimonárquicos, partidarios de la democracia asamblearia. ¿Qué tienen en común con los que realmente son sus verdaderos adversarios políticos?

Antes les unía el odio a Rajoy, pero Rajoy ya no existe políticamente, ese chollo se ha acabado, y el PP está fuera de plano, al menos de momento.

Porque todas esas medidas solo contentan y emocionan a minorías nostálgicas, las de su cuerda, de la misma forma que molestarán a otras. Minorías, las suyas, que tampoco le votarán si no les resuelve el tema de las diferencias salariales, del paro, de las listas de espera de la sanidad y de la protección social en general. Y tampoco lo harán si lo consigue a base de machacar con impuestos a los “muy controlados” trabajadores con nómina, autónomos, y colectivos con ingresos visibles y vulnerables ante hacienda.

O con impuestos indirectos aplicados de forma general, pero que perjudican más a los españoles que “casi no llegan”. Los otros, los menos agobiados, simplemente tendrán más gastos. ¿Quién recuperará a esa clase media que ha estabilizado a este país durante tantos años?

Nosotros, muchos de nosotros, nos llenaremos la boca de frases bonitas y/o pancartas que surgen de la nada y fabricadas no se sabe con qué financiaciones, pero en el fondo queremos lo que ofrecían los antiguos charlatanes callejeros, tomados como profesión y no como insulto, con su “bueno, bonito y barato”, ampliado con sus llamativos discurso de “y por las veinte pesetas no solo le ofrezco el peine, la plancha y la bonita jabonera de piedra, sino que además le regalo…”.

Y Uds., en lugar de explicarnos que nadie ata perros con longanizas, nos siguen la corriente, incluso con un “yo doy más que el otro” que confunde al ciudadano, pero consigue votos. Y, como dice el refrán, el que venga detrás, que arree.

Porque si de algo estoy seguro, completamente seguro, es que ninguno de Uds. se atreverá a explicarnos que no existen los conejos de la chistera, y que para dar algo más en alguna partida presupuestaria hay que restarlo de otra o subir impuestos. Y no parece que estén por la labor de reducir el gasto público. Hay demasiadas redes clientelares y votos del funcionariado.

Y tarea, Sr. Presidente, tiene mucha. “Una jartá”, que dicen los andaluces. La primera de todas, en vista de la descomposición del Estado, es una muy barata en euros, aunque costosa en desgaste: Reforzar nuestros símbolos más representativos, los que nos deben de unir, y que no es “la roja” precisamente. Esos símbolos con los Ud. mismo ha jugado al despiste en algunas ocasiones, como son la figura del Jefe del Estado, el himno y la bandera.

Y clarificar sin ningún género de dudas que España es una nación única y soberana, que estamos en una monarquía parlamentaria, y que nuestro sistema autonómico, extremadamente bienintencionado y al que hubiéramos deseado el mayor de los éxitos, necesita algunos ajustes porque lo que está ocurriendo es una auténtica inversión de grados y de niveles.

Y que las autonomías son una parte del estado, su representación. Como ocurría en la edad media con los antiguos señores feudales, pero ningún señor feudal estuvo nunca por encima del rey, su señor natural y del que recibió el poder. Y si lo pretendió siempre salió perdiendo.

Transferencias sí, pero siempre en nombre y representación del estado, sin delirios de grandeza ni salirse del guion.

Así pues, Sr. Sánchez, incluso puede pasar a la historia como el que recondujo las derivas de la nación. Es muy difícil, casi imposible, porque solo dispone del 24 % de los escaños, y aunque trate de consensuar lo que son auténticos temas de estado (pensiones, autonomías, reforma de la ley electoral, del poder judicial, etc.), le sería muy complicado porque solo podría negociarlos con el PP, y “no los veo”.

Pero lo cierto es que tienen que hacer algo y hacerlo con urgencia. Tenemos demasiados problemas políticos, y también sociales, que ni mejoran ni tienen aire de mejorar.

Inténtelo. Siéntese a pecho descubierto con el PP, con Ciudadanos, y también con Podemos, aunque estos últimos son imprevisibles en temas de futuro. Involucre a todos los estamentos del estado e intente otros “pactos de la Moncloa”. Es utópico, pero no imposible. Y si le sale mal también le beneficiará porque la ciudadanía es cada vez más sensible a las posiciones de cada cual, y tomarían nota. Y, ¡quién sabe!, tampoco parecía posible que ganara una moción de censura con 84 escaños y lo ha conseguido.

Llámelos como quiera, “los de la exhumación de Franco” si quiere, pero haga algo, o en España acabaremos como en tantos países americanos que nunca detuvieron sus deslizamientos de tierra y ahora tienen a sus ciudadanos en lodazales sociales, políticos y económicos de los que les resultará casi imposible salir.

La ventaja es que nosotros seguimos en buena situación, todavía estamos a tiempo, y tenemos el respaldo de la Comunidad Europea.

En la que, por cierto, ha entrado con buen pie gracias a lo que se ha encontrado hecho y a las circunstancias. La economía española, aún con desajustes y carencias importantes, está bastante controlada, y la locura y el populismo de una buena parte de la Europa del sur y de algunos movimientos del centro, hace que España sea, prácticamente, la única nación fiable de la zona. Es una posición privilegiada que le facilitará pactos con Francia y Alemania. Que son con los que hay que llevarse bien.

Opinar o no opinar – Esta es la pregunta

Cuando Shakespeare hace que Hamlet, en su soliloquio, se plantee su gran duda sobre lo que debe o no debe hacer, que es lo que hay detrás del famoso “ser o no ser”, está tratando de decidir entre el dilema de hacer lo que es más conveniente y lo que entiende como más correcto.

To be, or not to be, that is the question:
Whether ‘tis nobler in the mind to suffer
The slings and arrows of outrageous fortune,
Or to take arms against a sea of troubles

(Ser o no ser, esa es la pregunta:
Si es más noble en la mente sufrir
las hondas y flechas de la fortuna escandalosa
o para tomar las armas contra un mar de problemas)

Y, desde la experiencia de los años, creo que cualquiera de las dos opciones, opinar o no opinar, es válida porque depende exclusivamente de la idiosincrasia y de las circunstancias personales de cada uno de nosotros.

Aunque cuando digo que cualquiera de las dos opciones es válida, quiero decir exactamente que cualquiera de las dos opciones es válida, no que una sea mejor que la otra, o que los que adopten una de ellas deba considerarse poseedor de la razón y criticar al que elige la otra.

Estamos, y no es la primera vez en la historia de España, en una situación sumamente confusa, con una evidente pérdida de valores, una falta de claridad en los mensajes políticos, un claro intento de manipulación desde muchos grupos de opinión o de intereses personales, y un ir cada uno a la suya realmente sorprendente en una sociedad tan globalizada y tan comunicada por la tecnología y las redes sociales.

O será por eso porque, en mi opinión, el acceso a las redes ha provocado un nuevo perfil humano. El de los que evitan el contacto social directo, no salen de casa, y solo se comunican con el exterior a través del ordenador o del teléfono.

Es otro de los nuevos fenómenos, desconocido hasta ahora.

En cuanto al mundo de la comunicación, la gran diferencia es que en épocas anteriores los opinadores lo hacían a cara descubierta, sin disfraces ni avatares, y con muy pocos disimulos. Los lectores y/o asistentes a sus mítines sabían que Blasco Ibáñez era ateo, anticlerical y enemigo de la monarquía, que el diario Arriba era el órgano oficial de la Falange Española Tradicionalista y de las Juntas Obreras Nacional Sindicalistas, que el ABC era claramente monárquico, que El Pueblo era un diario católico que en su primer número anunció que “defenderá siempre las bases de la sociedad cristiana”, o que el Liberal era, como su nombre indica, liberal y de ideología republicana moderada.

Y ahora ¿podemos saber quién es quién en el mundo de las comunicaciones? ¿Qué intereses empresariales motivan algunas líneas editoriales?

En el fondo y lamentablemente, parece que a todos los que son algo en estos ambientes, el de lo público y el de las comunicaciones, les une el “cuanto peor mejor”, porque les permiten disfrazarse de “buenos”, aportar “ideas revolucionarias” para mejorar las cosas, o porque, simplemente, consiguen más audiencia, que equivale a tener mayores ingresos. Y a muy bajo coste. ¿Alguien analiza cuanto metraje se obtiene siguiendo, amplificando y repitiendo tomas sobre los casos mediáticos? Hay escenas que nos las sabemos de memoria. Mismas caras, mismas preguntas, mismos silencios de los interrogados, o mismas respuestas estúpidas dichas con cara de completa seguridad.

Y para garantizar su presencia en todos los foros, los grandes empresarios del audiovisual no dudan en poner una vela a Dios y otra al diablo, como Atresmedia, con Antena 3 o la Sexta, Mediaset con la Cuatro y Telecinco, o Roures, dueño de Mediapro, que ha apoyado la cusa soberanista. Algunos de ellos relacionados con personajes internacionales tan poco recomendables, como Silvio Berlusconi por poner un caso, personaje al que pocos le dejaríamos la cartera.

Son el auténtico «yin y yang» de la información. Como las bancas de los casinos. No importa quién pierda, ellos siempre ganan.

Puestas así las cosas y atrapados en este torrente de manipulación informativa, se puede adoptar varias posturas:

Mantenerse al margen de lo que ocurre y no crearse molestias o enemigos opinando sobre temas de actualidad o actuaciones concretas de políticos o notables del reino. Actitud perfectamente respetable y que puede deberse a muchas causas, como la falta de información, dificultades de expresión o, simplemente, el no querer significarse o enemistarse con alguno de los criticados.

Comentar estos mismos temas desde el punto de vista de la pertenencia a un partido o compartir una determinada ideología. Exactamente igual de respetable, siempre que no escondan estos condicionantes y aparenten una neutralidad inexistente.

O hacerlo desde la independencia. Teniendo claro que nadie es totalmente libre porque todos tenemos nuestra forma de entender las cosas, quisiéramos un determinado modelo de sociedad, o tenemos una opinión formada sobre cuál debería ser la actuación correcta de los servidores públicos. Seguramente muy cercanas a la utopía.

Lo que no vale es optar por cualquiera de las tres posiciones anteriores y criticar a los que se deciden por alguna de las otras dos. Eso es poco ético y bastante ventajista.

Y, estando donde estamos, es muy peligroso adoptar las posturas de los tres monos, “ni ver, ni oír, ni hablar”. Porque mientras, el mundo sigue y los manipuladores ganan. Seguramente ganarán de todas formas, pero por lo menos que se escuche nuestra última palabra.

Los que opinan, los que opinamos porque me incluyo en este grupo, lo hacemos desde plataformas conocidas y con una difusión limitada, al menos en mi caso. Y los que leen lo que escribimos lo hacen de forma voluntaria y, por supuesto, pueden opinar asintiendo, disintiendo o con el clásico “no sabe no contesta” tan popular entre los encuestados. Ese silencio, que puede significar no tener clara una posición, o la indiferencia sobre lo opinado.

Lo que no vale es etiquetar ni adjetivar. Una opinión es una opinión, con el mismo valor que la opinión contraria. Los que insultan a terceros tienen carencias sociales, una cierta sociopatía que les impulsa a odiar al que piensa otra cosa, y los que hacen juicios de valor o buscan intenciones ocultas, suelen manifestar, sin saberlo, el “otro yo” de su propia personalidad.

Es decir, los que piensan que un comentarista actúa por afán de notoriedad, no están demasiado lejos de descubrir su propia necesidad de protagonismo, su deseo de que se reconozca sus méritos y valores, obteniendo rédito en imagen de todas sus actuaciones. Los que buscan malicia o dobles intenciones suelen ser maliciosos. Muchos de los que opinan que deberíamos callarnos pueden pensar que haríamos mejor escuchándoles a ellos, e incluso algunos de los que manifiestan disconformidad cuando criticamos a los que mandan, también lo hacen en la intimidad, como el catalán hablado del ex presidente Aznar, pero prefieren “no mojarse”, en público.

No hay nada más desolador que una reunión en la que se proponen temas controvertidos, incluso conflictivos, sin que se escuchen comentarios discrepantes. Mucho más si, una vez fuera, en el pasillo, lejos del alcance de los oídos de los proponentes, no falta quienes se manifiestan claramente en contra.

En España se inventó el “silencio administrativo” (no se si existe en otros países) para forzar respuestas oficiales a preguntas de particulares, pero, en según qué temas, debería ser obligatoria una respuesta de la ciudadanía. De cada ciudadano. Porque lo que está pasando no es bueno.

Y, por supuesto, unos tendrán más preparación que otros, pero cada opinión es igualmente válida y digna de tener en cuenta porque refleja la de diversas capas sociales o intelectuales de la sociedad española. La mía, la de un pastor, la de un funcionario, la de un ama de casa, la de un joven en el paro, la de un jubilado, o la de un juez del tribunal supremo. Porque todos nosotros conformamos el conjunto de la ciudadanía, y los poderes públicos deberían satisfacer, dentro de lo posible y sin mentiras ni populismos, las necesidades básicas de todos los ciudadanos.

Que no se pueden simplificar encuadrándolas en unos pocos grupos.

Y no estaría de más librarse de tanto “influencer” y de tanto Community Manager casi siempre interesados. Son miles, y como son interesados no buscan tanto la verdad como crear polémica y provocar sensacionalismo. Casi ninguno se apoya en hechos. Son comentarios, juicios de valor y chascarrillos lanzados cada minuto. Están esperando que alguien, sea quien sea, diga algo para entrar en la bulla. Porque lo que quieren es presencia para buscar “me gustas” y “seguidores”.

Nunca les he seguido ni me importan demasiado pero el otro día, y como consecuencia de un cambio de impresiones con un amigo, salió el nombre de Miguel Angel Revilla como si se tratara de un referente cualificado, cuando, en realidad, es el fruto de los milagros de un buen marketing. Como ocurre con los personajes centrales de los “sálvame” de todas las cadenas de televisión. Las que consiguieron que Chikilicuatre nos representaran en Eurovisión. Magnífico ejemplo de cómo se puede influir en las masas si se preparan buenas estrategias. ¡Y casi mandan a Karmele Marchante, la que ahora es tan súper separatista y se hace fotos según el modelo “libertad guiando al pueblo” del excelente cuadro de Delacroix, aunque, en este caso, sin el gorro frigio y envuelta en la “estelada”!

Revilla nunca arrastró masas en las elecciones de Cantabria. Se benefició de ser bisagra de los grandes y se hizo un nombre público porque tiene muy buen rollo y un gran vocabulario, maneja de forma excelente los gestos, las pausas y los énfasis y, pese a que no tenga el mejor físico, es absolutamente fotogénico.

Ayer investigué la posición de Revilla y pude comprobar que tenía 1.197.245 seguidores en Facebook, y 712.000 en Twitter. Cualquiera de sus intervenciones en YouTube se mete rápidamente en miles de visualizaciones, aunque ninguna de ellas, que yo sepa, ha alcanzado las 308.707 de José Mota cuando le imita en su versión humorística de “En la tuya o en la mía”.

Desconozco si la práctica de esta nueva actividad es altruista, pero ahí hay mucho dinero.

Y, con todo respeto para su persona, el criterio y la opinión de este señor no tienen más valor que el de cualquier otro ciudadano. Posiblemente menos porque, en el fondo, el muy simpático Sr. Revilla, que lo es, se ha fabricado un personaje, como tantos otros en España, y lo explota magníficamente.

Y partiendo de esa base, dudo de que su opinión sea sincera porque, como he dicho antes, tiene intereses. Económicos o de proyección política. Lo desconozco.

Y necesita buscar el sensacionalismo porque, en la mayoría de las ocasiones, la verdad es aburrida y los datos tediosos. Nada mejor que un chascarrillo o una “maldad” dicha en su momento para provocar reacciones. ¿Quién gana audiencias con gráficos y datos?

Aclarando que no considero al Sr. Revilla de lo peor que circula por las redes. Ni mucho menos. Pero me sirve como ejemplo.

Y, claro, si cedemos toda la palabra a políticos en activo, propietarios de periódicos y de cadenas de televisión, o a los manipuladores de masas que mandan a “chikiliquatres” a Eurovisión, les dejamos el campo libre.

Que es lo que quisieran. Ellos a adoctrinar, nosotros a tragar y a consentir.

Lo que, mira por donde, en este momento de esplendor, libertades y tecnología, es otra forma del “vivan las cadenas” del absolutismo, o el “pan y toros” del franquismo.

El enorme capote militar de Franco. Antifranquistas, antisistema, separatistas, y extrema izquierda en general.

Otra vez tenemos como programa prioritario de un gobierno de izquierdas llamar la atención tratando de ampararse bajo el capote militar de Franco. Pronto le tocará a la iglesia.

Francamente, y valga el casi juego de palabras, contemplando objetivamente el panorama desde el punto de las ideologías de los partidos y de sus confusas posiciones frente a los grandes cambios de la sociedad, casi lo único que mantiene unida a la izquierda española es la figura de Franco, aunque se la represente con el avatar y el eufemismo del “antifranquismo”.

Hace tres años, estando en Oporto, un taxista me dijo que era del Barça “porque el Real Madrid era de Franco”. Yo me hice el despistado y le contesté “¿Franco? ¿Qué Franco?” Se sorprendió de mi respuesta y me dijo “¡el dictador!”. Y yo, siguiéndole la cuerda, cerré la conversación informándole de que Franco había muerto hacia cuarenta años, que el Real Madrid era una sociedad anónima, que parte de sus dirigentes no le habían conocido, y que la plantilla actual de españoles no habían nacido cuando él murió. Ni que decir tiene los extranjeros.

No se quedó muy convencido, pero si bastante desconcertado.

Y esta anécdota, real, refleja lo que es la manipulación de los hechos y de las situaciones. Franco murió hace ahora 43 años y la guerra terminó hace 79. Sin embargo, los que no tienen mejores argumentos, continúan recuperando recuerdos y falsas memorias para agitar conciencias que, en su gran mayoría, no saben diferenciar entre lo contado y lo sucedido. Porque lo que ahora se llama posverdad, esa palabra no incluida en el diccionario pero que se acepta cuando “las aseveraciones dejan de basarse en hechos objetivos, para apelar a las emociones, creencias o deseos del público”. ¡Que buena definición!

Palabreja inventada por los políticos con la que tratan de cubrir con maquillaje las mentiras o las medias verdades que ellos mismos inventan. Y, como dice la definición, que no se apoya en hechos, sino en emociones. Y, como tales, sujetas al grave peligro de las manipulaciones. Ellos saben, como no, que los hechos se pueden describir, rebatir y dimensionar, pero que es casi imposible racionalizar las emociones.

En cuanto a la guerra civil y por mucho que intenten desfigurar los hechos, nunca se trató de una contienda entre gente muy buena, que moría, y gente muy mala que mataba.

En realidad, la guerra, lo que se llamó “alzamiento nacional”, lo encabezaron un grupo de militares apoyados por parte del poder económico y por algunas potencias extranjeras, en base a una situación social degradada, unas ideologías, y un concepto intervencionista del ejército, ahora impensable.

En este caso no se desarrolló exactamente como una contienda de bandos, así se produjo en las guerras carlistas por ejemplo, sino que desde el primer momento se trazaron líneas imaginarias sobre las superficie de nuestra nación, y que a todos los que les tocó a uno de los lados, militares, guardia civil, guardia de asalto, y los pobre reclutados, fueron catalogados como “rojos” o “nacionales” por esas cosas de estar en un lugar inadecuado en un momento inoportuno. Es decir: hubo Guardia Civil fiel a la república y Guardia Civil sublevada según la localización de los cuarteles, ejército adicto y ejército sublevado según el mismo criterio, y población civil atrapada entre estas líneas que separaban a los buenos de los malos. Solo que los buenos y los malos eran unos u otros, según desde donde se mirara.

Porque el porcentaje de voluntarios sobre reclutados fue muy bajo y el mito de las dos Españas, la de la mano alzada y el puño cerrado, solo fue el resultado de la propaganda y de los excelentes carteles que llamaban al combate.

Poniendo un ejemplo, quizás exagerado, convendría revisar algunas imágenes de la Corea de Kim Jong-un, y tratar de adivinar si todos los que agitan banderas cuando les dicen que las agiten, que lloran cuando les dicen que lloren, o que aplauden cuando les dicen que aplaudan, son “KinJonistas” o simplemente supervivientes.

¿Quién inventó en su propio beneficio lo de las guerras románticas? Como ejemplo de romanticismo aplicado para fines inadecuados, José Antonio Primo de Rivera, personaje muy interesante, muy utilizado, y poco analizado desde la objetividad, dijo en el discurso fundacional de la Falange Española que “a los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!”.

Pero no fue la poesía ni los poetas los que movilizaron a los bocairentinos cuando estalló la guerra. Fueron las autoridades republicanas, en uno de los casos, y las de los sublevados en el otro, los que sacaron a los jóvenes de sus casas y les dieron un uniforme y un fusil.

Y que nadie os engañe. Pese a los reportajes de la época, pocos, muy pocos se fueron cantando con la ilusión de “acabar con los fascistas” o “con los rojos”. La inmensa mayoría se fue llorando amargamente por la dureza de su situación, arrancados de sus padres, hermanos, esposas e hijos, y por lo incierto de su futuro.

Ni fue la poesía la que alimentaba los motores de las camionetas conducidas por los que arrancaban de sus casas a gente de la retaguardia para meterlos en una checa, en una cárcel reglada, o para fusilarlos junto a una cuneta. Camionetas de los dos bandos, justicieros de los dos bandos. No eran poetas, no, ni mataban por libertades ni por ideales. Que no os engañen. Simplemente asesinaban.

Y a los que fusilaron al terminar la guerra tampoco les mató la poesía ni el romanticismo. Les fusiló una justicia sumarísima en la mayoría de los casos, adobada en muchas ocasiones por ajustes de cuentas, incluso entre familiares.

La poesía sirvió, eso sí, para atraer a jóvenes y no tan jóvenes a movimientos políticos o sociales que caldearon los ánimos pero, excepto minorías poco significativas, no fue la que llenó de muertos las trincheras. Para acudir a mítines y manifestaciones con banderas, cantos y soflamas, sí. Para ir voluntario a una guerra en la que matabas a gente que no conocías, gente del pueblo como tú, para evitar que ellos te mataran, pocos. Muy pocos.

Digan lo que digan los historiadores influenciados por sus propias ideologías, la guerra civil no fue una gesta. Fue, como todas, una guerra sucia y sin más razones que la falta de criterio de los políticos de la época. Y de los intereses.

Aunque también hubieron, ¡cómo no!, héroes en los dos bandos, porque ambos eran pueblo, que ayudaron a quienes pudieron, incluso con riesgos de sus vidas. Y no lo hicieron por ideales ni por romanticismo. Lo hicieron por lo que les quedaba de sentimientos y de solidaridad entre combatientes o entre gente de retaguardia.

Así pues, amigos míos, y salvando de la famosa “memoria histórica” a los anónimos que todavía quedan en las cunetas y que se merecen un entierro digno y el respeto de sus familias, todo esto es una gran farsa al servicio de una imagen desenfocada deliberadamente por intereses partidistas. Otra vez.

Y, por cierto, han cometido un gran error. Quitando tantos símbolos de la época de la dictadura, están eliminando la visualización del gran referente del mal. Por mucho que se empeñen, el franquismo no existe. Franquismo es el “régimen político de carácter totalitario que fue implantado en España por el general Francisco Franco desde 1936 hasta su muerte en 1975”, o en una segunda acepción que lo enmarca en el tiempo, “período histórico durante el cual hubo este régimen en España”.

Por lo que no dándose ninguna de estas circunstancias, el franquismo desapareció con la muerte de Franco, por un lado, y con la transición por el otro. Por mucho que se empeñen en mantenerlo con respiración asistida como en su tiempo se hizo con el propio general.

Y no sigan esparciendo la falsedad de que el Partido Popular es franquista, por favor. Es un partido conservador, demócrata, más que algunos de izquierda, mejor de extrema izquierda, que defienden la dictadura del proletariado por mucho que la envuelvan en las sedas y los tules del lenguaje y de los eufemismos, y similar, si no idéntico a los partidos conservadores de la Europa actual, que no han mamado en los pechos de Franco, ni compartieron su ideología.

Sin olvidar que la inmensa mayoría de nuestros padres, si fueron funcionarios u ocuparon algún tipo de cargo público, juraron fidelidad al Jefe del Estado y a los Principios Generales del Movimiento, por lo que según el leguaje de los puristas de la izquierda, fueron franquistas. ¿Memoria histórica? ¡Ya está bien de mirar a un pasado que los que lo vivieron tuvieron mucho interés en olvidar! Mi padre nunca me contó nada de la guerra, ni tampoco lo hizo mi suegro, si no fue para narrar alguna anécdota sin trascendencia. Tampoco lo hicieron mis abuelos maternos que vivieron a muy poca distancia de uno de los frentes, en la provincia de Palencia.

Pero ahora resulta que nuestros hijos y nuestros nietos, en sentido figurado, reclaman reparaciones por unos hechos que ni conocieron ni acaban de entender. Y quieren reclamar la “memoria histórica” de una historia distorsionada, contada por personajes que no la vivieron, pero que la utilizan como banderín de enganche para una supuesta justicia que ya saldó sus cuentas en el momento de la transición.

Porque de lo que no se habla, precisamente, es del mayor y mejor pacto que hicieron los políticos de la época renunciando a parte de sus reivindicaciones históricas en bien de la convivencia y del interés común. En bien del futuro.

Y ese pacto favoreció una transición, la española, que se estudió en todo el mundo occidental como modelo de cambio de régimen sin violencias ni rencores, y que propició una constitución de las más avanzadas de Europa y unas leyes modernas y garantistas. Incluso excesivamente garantistas.

Pero de eso no hablan los que defienden ideas totalitarias, porque es este pacto el que ahora quieren destruir, minimizando su importancia, y maximizando sus carencias y lo que se perdonó a unos y a otros. Son los que, en el fondo, no creen en la democracia representativa. Puede que crean en la asamblearia, pero solo si les conviene.

Excluyendo de estos grupos políticos a los independentistas que por su fanatismo y su sentido de la supremacía, quedan fuera de toda lógica y de todo análisis racional.

Y eso, a grandes rasgos, es lo que sucedió. Lo demás, no lo dudéis, son milongas interesadas de unos y de otros.

Las cosas en su punto – Iñaqui Urdangarin.

Dios me libre de defender a uno de los personajes más necios de la historia de la España moderna que teniéndolo casi todo y una vida cómoda y asegurada, se lanzó a empeños inexplicables, no se si por propia iniciativa o por pura estupidez al escuchar cantos de sirena de gente interesada y mucho más inteligentes que el propio personaje. Pero las dos alternativas del dilema no me suponen ninguna ventaja sobre su identificación como tramposo o como tonto útil.

Todo ello con grave perjuicio a la imagen de la Casa Real y a la propia monarquía, desconcertando a la opinión pública, empañando la imagen de su familia paterno-materna, y destrozando su propio núcleo familiar, especialmente sus hijos, a los que ha marcado con el estigma del abuso y la corrupción.

Dicho lo cual, me sorprende comprobar como somos y como nos comportamos. No hemos ganado nada. El ahora condenado ha pasado por las manos de la justicia sin ventajas y con algún que otro inconveniente, pero no, queremos más. Más sangre. Más morbo.

Urdangarin ha sufrido una Instrucción con bastantes sombras, con pena de paseíllo y telediario, y por la intervención dura de una acusación particular posiblemente más corrupta que el propio reo. Y por la propia instrucción del juez Castro que parecía querer estirar límites y razones.

Aunque todo esto, el castigo añadido por su popularidad, era de esperar por su propio comportamiento y por los delitos que cometió siendo quien era. Nunca me ha dado lástima.

Pero la justicia española, digan lo que digan, lo diga quien lo diga y lo diga todas las veces que quiere repetirlo, funciona con lentitud pero de forma implacable, y tras los dos recursos, el Supremo dictó sentencia definitiva. Hecho, el de la verdad judicial, que debería enorgullecernos por tener una justicia que aplica las leyes dentro de un estado democrático y con todas las garantías legales. Sea quien sea el infractor.

Y que contrasta con toda la propaganda maliciosa e interesada que los independentistas catalanes, encabezados por el Sr. Puigdemont, han lanzado por oriente y occidente cuestionando esta imparcialidad y hasta nuestra democracia.
Pero llegados a este punto, el Sr. Urdangarin ha sido condenado por la justicia y es hora de que recuperemos la razón. En contra de lo que se está diciendo como si fuera verdad, ha pagado las cantidades que le exigieron los jueces, incluso tienen que devolverle una pequeña parte, y tiene condena firme.

Y, como todos los reos en sus mismas condiciones, puede elegir la cárcel en la que quiere ingresar porque no ha sido encarcelado directamente por orden del juez, aunque la justicia se reserva el derecho de cambiarle a otra si lo estima conveniente. Es un derecho que tiene él y que tendríamos todos en sus mismas condiciones. Todos. Sin excepción. Sin ninguna excepción. Sin que este hecho suponga un trato de favor.

Y ha elegido una cárcel que se titula como “de mujeres” porque, efectivamente, casi todos los módulos son para mujeres. Pero también tiene un módulo de hombres, aunque sea de poca capacidad. Luego, en contra de lo que se está divulgando intencionadamente, es una cárcel “mixta”.

Y este señor, ejerciendo sus derechos, como hacen todos los que están en sus mismas circunstancias, la ha elegido por las razones que estime conveniente. Supongo que por su proximidad a Madrid y porque tiene garantizada la intimidad a cambió de la soledad. La misma cárcel y la misma celda que ocupó en su día Roldán, el que se quejó del frio y provocó una reparación en la calefacción del módulo de hombres.
Pero en esta España de nuestras desdichas surgen como moscas los salvapatrias y las “tricoteurs” o “tricoteuses” ociosas que esperan las ejecuciones públicas haciendo punto. Y no solo esperan la ejecución. Esperan contemplar el entierro y como se descompone el cadáver del ajusticiado.

Tengo la absoluta seguridad de que este está pagando en justicia por los delitos que ha cometido. Y también su familia. ¿Qué más se espera que hagamos? Pero para muchos no es suficiente. En una España de “realitis” quieren fotos en la cárcel, ver como sufre. Y para algunos, no estaría de más que le violaran en las duchas o en cualquier rincón. Como les ha ocurrido a otros hijos de vecino.

Lo que me desconcierta y desmoraliza es que actitudes como las que describo no están limitadas a “gente ignorante”. Hay mucho supuesto intelectual que defiende que el morbo y la sangre debe incorporarse a la identidad española. A nuestro perfil psicométrico como españoles.

Conmigo que no cuenten.

Inmigrantes y refugiados. Una aclaración necesaria.

Es muy frecuente que las redes sociales crucen mensajes malintencionados sobre el tratamiento que España está aplicando a los extranjeros que llegan a nuestro país por alguna razón. Ahora mismo se está diciendo que todos los que están a punto de llegar a España serán tratados como refugiados políticos.

Mensajes destructivos, xenófobos, racistas, y falsos, que comparan supuestas injusticias entre jubilados o parados españoles, con pocos recursos, con la abundancia de “favores” que recibe cualquiera que llega a nuestro país.

“Cada moro nos cuesta entre 10mil y 20mil euros”, acabo de leer.

El primer supuesto es el del inmigrante. Su definición es “persona que llega a un país o región diferente de su lugar de origen para establecerse en él temporal o definitivamente”.

Y puede llegar al país de destino de forma legal, con permiso de trabajo, incluso amparado por algún convenio entre países. Pero muchos de ellos entran de forma irregular, por lo que son ilegales.

En este caso las normas de la UE, no solo las de España, dictan que cada país debe identificar a los que están dentro de sus fronteras y devolverlos a sus países de origen. Mientras deberían estar en centros de acogida, (la mayoría no quiere porque tiene amigos o familiares que les ayudan a sobrevivir) y lo normal es que se atiendan algunas de sus necesidades básicas, como la sanidad en las urgencias hospitalarias o en los ambulatorios, según criterios de cada comunidad.

Pueden recibir alguna ayuda social de entidades y ONG’s, pero en ningún caso perciben salarios del estado, ni tienen acceso a viviendas gratuitas.

¿Cuál es el problema? Que muchos de ellos tratan de evitar las deportaciones destruyendo su documentación y ocultan su procedencia, lo que complica mucho la extradición. También es frecuente que finjan tener menos años que su edad real porque hay un tratamiento especial para los menores de edad. Es picaresca de inmigrante, pero muy comprensible dada su situación personal y lo mucho que les ha costado llegar a España.

El otro gran colectivo, aunque sea menor que el que sale de su país en busca de una vida mejor, es el de los refugiados. Su definición es: “persona que se ha refugiado en un país extranjero a causa de una guerra o de sus ideas políticas o religiosas”, y su tratamiento está reglado por la ley “12/2009, de 30 de octubre, reguladora del derecho de asilo y de la protección subsidiaria”.

Es decir, son personas que huyen de una situación de riesgo por circunstancias determinadas y ajenas a su voluntad, y que tienen intención de regresar en cuanto pase el peligro porque mantienen propiedades y lazos afectivos con su país de procedencia.

La ley sí que protege a este colectivo y les presta ayudas importantes por un período de tiempo, creo que son dos años, durante los cuales tienen derecho a vivienda, a escolarización de sus hijos, a cursos de idioma y de adaptación a su país de destino, permiso de trabajo a partir del sexto mes, y una asignación económica mensual. Todo ello proporcional a la composición de cada núcleo familiar.

Terminado este periodo, y si continúan en España porque no se han resuelto las condiciones que les obligaron a salir de su propio país, se quedan sin las ayudas y las prestaciones, y pasan a depender de sus propios recursos y/o de las ayudas que reciban de Cáritas o de las otras ONG’s.

La acreditación de refugiado es muy complicada de obtener, especialmente si proceden de naciones que no están en guerra y aluden persecución política o similares.

Así pues, y se diga lo que se diga en los medios de comunicaciones o en alguna declaración confusa de responsables de la administración, los que llegarán a Valencia a bordo del Aquarius y de los otros dos barcos recibirán un tratamiento individualizado para saber a que grupo pertenece y obrar en consecuencia.

Por lo que, lamentablemente y después de todo un periplo de miserias, peligros y desventuras, muchos de ellos serán repatriados a sus países de origen meses después de su partida, deteriorados físicamente, y más pobres porque han sido engañados por las mafias que se ocupan de estos menesteres. Otros no podrán regresar porque habrán muerto.

Por lo que es muy peligroso y especialmente indignante que se haga demagogia política con un tema tan sensible. La única solución posible al fenómeno de la inmigración ilegal pasa por un acuerdo firme de la Comunidad Europea en cuanto a los cupos de recepción que corresponden a cada país, negociando con terceros países la forma legal de que vengan a España sus ciudadanos, potenciar el desarrollo en esos mismos países de origen para que no tengan que buscar otros horizontes de progreso, y perseguir duramente a los que hacen negocio con este fenómeno. Y no solo a los patronos de las pateras, también a muchos gobernantes corruptos de sus países que se apoderan de una parte considerable de lo que reciben como ayudas para el desarrollo.

Todo lo demás son mentiras. Y no cabe el desconocimiento de la realidad porque los populistas que utilizan la sensibilidad como argumento para lo que sea, conocen mucho mejor que yo la normas y la leyes, y también saben que los países tienen el derecho y el deber de proteger sus fronteras.