El fraude de los debates electorales

Somos un país de muchas leyes y pocos desarrollos, incluyendo los capítulos de nuestra Constitución. Y así nos va, porque de vez en cuando se produce alguna circunstancia en la que ni el ejecutivo ni el judicial tienen muy claro que  deben hacer.

Como sucedió con el artículo 155, que no se había desarrollado, como también ha ocurrido en tantos otros casos, porque nadie suponía que sería necesario aplicarlo.

Otra regulación pendiente es la de los llamados debates electorales. He comprobado si hay alguna norma sobre el particular en las competencias de la Junta Electoral Central y, como me suponía, ni se menciona.

Y, como no, los medios de comunicación, especialmente las televisiones,  se han apoderado de ese vacío legal en su propio beneficio, montando supuestos “debates” que no están enfocados, de ninguna manera, a que el ciudadano conozca las ofertas electorales de cada candidato, sino a conseguir audiencia.

Lo primero sería más bien aburrido y serían menos los  televidentes interesados. Una buena bronca, venga  o no a cuento y sobre temas menores, es lo más de lo más.

Los “a mi partido nadie le da lecciones de democracia”, o “de honradez”, o de “patriotismo”, o los “tú más”, que enfervorizan a los entusiastas del amarillismo, es lo que prima.

Y cuando terminan, se vota para saber quién ha sido el “ganador”. ¿Por la calidad y solvencia de su programa? ¿Qué programa? Seamos serios: por la “personalidad”, la agresividad, e incluso la mala leche de los participantes.

No seamos ingenuos. Las televisiones privadas, lo disfracen como lo disfracen, solo buscan fórmulas para mejorar su negocio, lo que resulta lógico y legítimo, pero  sería conveniente que respetaran ciertos límites que se sobrepasan con mucha frecuencia.

Sin embargo yo creo que los debates parlamentarios sí son importantes  sí son serios. Y para que lo sean deben realizarse en la televisión pública, la única que no debería regirse por criterios económicos, y moderados por alguien imparcial y con prestigio.

Con preguntas obligatorias sobre los puntos que más interesan a los ciudadanos y, naturalmente, con una parte de debate sobre esos mismos puntos para que cada uno de los participantes intente demostrar que su solución es la mejor.

Sin insultos ni salidas de tono.

Sería más aburrida, por supuesto, pero tendría más audiencia de lo que se supone y resultaría mucho más clarificadora.

Pero me temo que en este momento ni siquiera los líderes de los partidos están por la labor, y mucho menos los favorecidos por las audiencias.

Un debate comporta el riesgo de tener un “mal día” que empañe una campaña, y les resulta mucho más confortable montar una legión de mini mítines en los que lanzar frases preparadas, consignas, y ardientes soflamas que siempre terminan con una gran subida de volumen en la voz del candidato, voz potente y venas del cuello dilatadas, según manda el manual de estilo. Mítines muy controlados y sin ninguna oposición.

Y, por supuesto, disponen de las redes sociales, donde se puede volcar toda la malicia y la basura que quieran contra los adversarios. Porque en los Twitter, en los Facebook o en cualquiera de las plataformas digitales, no esperes mensajes sobre los programa.

Algunas alusiones suaves y de pasada si los titulares son los líderes, pero detrás y en tromba, aparecen los simpatizantes o supuesto simpatizantes que en una gran mayoría son voceros del partido, si no “replicantes” digitales o  falsos usuarios, disparando con la artillería pesada de los bulos y las descalificaciones.

Hoy he recibido los sobres de cuatro candidaturas, en las que una cara amable me pide el voto para que pueda arreglar España.

En lugar de las papeletas, que no me molestan, preferiría que me mandaran su programa y una declaración jurada de que iban a cumplirlo. Pero, claro, esto no es Brigadoon, el mundo feliz y protegido de los males exteriores.

Es un mundo real en el que, elección tras elección, me piden plena confianza y, elección tras elección, me defraudan. Y lo hacen siguiendo una línea descendente cada vez más inclinada.

Acabo de abrir una página en la web buscando un producto y me aparece la muy fotogénica cara de nuestro presidente con el lema “haz que pase” y la frase “vota al PSOE”

Son los nuevos tiempos y hacen bien en aprovechar las nuevas tecnologías y sus oportunidades, pero la gran pregunta es “vota al PSOE, al PP, a Ciudadanos, o a Podemos…”

¿Para qué? ¿Qué vais a hacer con mi voto?

Me temo que no conseguiría más que frases estereotipadas,  viejunas y desgastadas por el uso:

“Para eliminar la corrupción”, “para cambiar las cosas”, “para defender las libertades”, “para proteger las pensiones”, “para que no nos roben”, “para proteger a la mujer”, “para …”

Lo del “cómo” no viene a cuento ni necesitan explicarlo. Tenemos la obligación de asumir que cada uno de ellos tiene  su “cómo” y que es el mejor. 

Porque, o no se han enterado de que estamos en abril de 2019, o creen que los que no nos hemos enterado somos los ciudadanos.

El otro día me decía un amigo que me veía desmoralizado y le contestaba que a corto plazo sí, pero que a la larga tengo la seguridad de que España, una vez más, saldrá adelante.

Pero si me preguntas “cómo”, la verdad es que no sabría decirte. No llego a tanto.

Había acabado este comentario cuando me entero de la maniobra del presidente para contraprogramar el debate de Antena 3 convocando otro el mismo día en “su” televisión pública por mano de Rosa María Mateo. Dirán que ha sido ella y no el presidente, pero ni me lo creo yo, ni se lo creen los colectivos de empleados de la propia televisión que se han manifestad en contra de esta decisión.

Y, mira por donde, el presidente tuvo un momento de debilidad en la entrevista con Julia, en Onda Cero, cuando la comunicadora le comentó que podrían realizarse los dos debates en días sucesivos.

Sánchez, que tiene ese enorme aplomo y seguridad para contestar todo lo que le preguntan, aunque tenga que desdecirse poco después, se vio obligado a utilizar ese recurso del que no sabe que contestar y necesita lanzar una frase hecha para ganar un segundo de tiempo.

En este caso fue decirle “y yo estoy de acuerdo con usted” para, a continuación, manifestarle la razón por la, pese a lo dicho un segundo antes, no estaba de acuerdo con ella: La Junta Electoral había obligado a cambiar el formato  de Antena 3 excluyendo a VOX.

Con lo que incurrió en un doble fallo y algún contrasentido: La decisión absurda de cancelar su asistencia alegando ese pretexto, y la evidencia de que necesita a VOX, que no es su adversario, como arma arrojadiza contra el PP y Ciudadanos.

Otra novedad y segundo añadido a esta nota: Hoy, día 19, a las nueve y cuarto, he escuchado que Sánchez rectifica y acepta los dos debates.

Mi impresión es que no ha tenido más remedio por la reacción que había provocado con la negativa, pero esta nueva rectificación indica que, importante novedad, en este momento no tienen muy clara la estrategia más adecuada para ganar las elecciones.

Lo tenían todo perfectamente programado y todo transcurría como estaba previsto, pero ha bastado este contratiempo, contratiempo menor por supuesto, para abrir alguna brecha en su equipo de campaña.

Será porque continúan existiendo demasiados indecisos y las encuestas, por muy sólidas que parezcan, las carga el diablo.

Las campañas electorales y la manipulación de los candidatos.

Si alguien que me conoce  quisiera hacerme daño, le bastaría con lanzar esta frase desde un escenario o en una red social: “Yo no creo que José Luis sea corrupto”. Sin más.

Porque lo que acaba de hacer es introducir deliberadamente un concepto nuevo asociado a mi nombre  que, indudablemente, marcará mi futuro en mayor o menor medida dependiendo de la importancia del concepto y de la imagen que los demás tengan de mí.

Porque la mecánica de los acontecimientos a partir de la frase será la siguiente:

Una parte se sorprenderán, o contestarán en la red,  “de ninguna manera, José Luis es una persona honorable”. A otros les entrará alguna duda y pensarán “¿por qué se cuestiona la honorabilidad de José Luis?”, y otro grupo, quizás el menor en número pero el más peligroso, opinará, comentará o retwitteará la noticia en términos de “ya me parecía a mí que detrás de esa fachada podría haber algo oscuro”.

¿Qué ha ocurrido? Que al lanzar esa primera frase, maliciosa porque se ha difundido sin venir a cuento,  ha conseguido asociar mi nombre a la palabra “corrupción”, y causar impacto en muchos niveles de opinión, siendo los más importantes “no lo creo”, “supongo que no, pero” y “algo habrá de verdad cuando se dice”.

Te parecerá una solemne tontería, pero no te confundas. Esta es una de tantas  técnicas de manipulación conocidas y utilizadas desde hace mucho tiempo, que siempre ha funcionado. Bastante más eficaz que la calumnia, pese al refrán de “calumnia que algo queda”, porque en este último caso, si se trata de un hecho concreto y se puede demostrar la falsedad de la afirmación, es relativamente fácil aclarar la verdad, e incluso puede acarrear responsabilidades penales a los calumniadores.

Sin embargo, la frase del ejemplo no tiene ningún tipo de recorrido judicial porque, realmente, no me están acusando de nada.

Este tipo de malicias, que siempre ha existido, se ha hecho mucho más evidente en los últimos tiempos, especialmente cuando las campañas electorales españolas han adoptado el modelo estadounidense, ¡que no importamos de Estados Unidos sea regular, malo o peor!, el mejor “utilizador” de estas técnicas de tan dudosa ética.

Son el equivalente popular al “si yo te contara”, “no quiero opinar” o “no me tires de  la lengua”, frases malvadas que dicen muchísimo y malo sin necesidad de decir nada.

Y en esta campaña electoral no hay candidato que no haya contratado a un asesor que le indique lo que debe decir, cuando debe decirlo, que cara debe poner cuando lo dice, que gesto debe hacer con las manos o con las cejas,  y el entorno en el que debe decirlo.

Y todos picamos. Es cierto que de vez en cuando avanzan alguna frase del programa electoral, pocas y en la mayoría confusas porque dicen que es lo que “van a hacer” pero no explican cómo lo costearán, pero, otra vez o quizás más,  se prefiere atacar al adversario diciendo lo que dicen que han hecho, lo que dicen que hace y lo que dicen que hará si consigue poder. Lo hará, “sin ninguna duda”, porque lo dice el adversario-enemigo-político-personal. Y lo sabe seguro.

Y seguimos cayendo en la trampa: En España no hay ningún partido que pueda atentar contra las libertades, ni contra la mujer, ni contra el progreso, ni contra la unidad de España, salvo los muy extremos, que solo tendrán influencia si los “grandes” les dan protagonismo.

Y no existen porque ni el PP, ni el PSOE, ni Ciudadanos son ni siquiera sospechosos, y porque estamos en la Unión Europea, ¡gracias a Dios!, que no permitiría veleidades ni salidas de tono.

Pero da lo mismo: nuestros muy cultos y comedidos candidatos aceptan, unos más que otros y se nota claramente en los dichos, los hechos y los gestos, las consignas de sus asesores, que no siempre aciertan en indicarles quién es su adversario más peligroso o el público objetivo al que atraer.

No se si acierta o no, pero creo saber porque lo hace: El PSOE califica a VOX, que no es su adversario natural,  como paradigma de la super derecha. Y ¿por qué lo hace? Supongo que para marcar una referencia válida del anticristo de la tolerancia y la modernidad y, a continuación, asociarlos con los partidos que están la derecha del PSOE: el PP y Ciudadanos.

“Las tres derechas”, gran frase de campaña en la que les agrupan, los “tres temores” en la última versión.

Ahora se usa menos  el término “franquista” porque en España este título es demasiado concreto y conocido. Es mejor “fascista”, término cajón de sastre que lo mismo sirve para un roto que para un descosido. Y hasta se puede ver a un “proetarra” llamar fascista a uno de Ciudadanos, pongo por ejemplo.

Podemos introdujo con cierto éxito, los términos “república”, “libertades”, y otros parecidos, que abrieron falsos debates sobre algo que, o es historia común con muchas luces y muchas sombras, o es común a la gran mayoría de los partidos políticos. Pero, en ambos casos, el mensaje subyacente era “la república es la alternativa deseable frente al sistema corrupto actual” o “en España no hay libertades”.

Aunque aprecio cambios en los mensajes subliminales del resto de partidos, y cito las dos acepciones de la palabra, “que es percibido sin que el sujeto llegue a tener conciencia de ello” y “que está aparentemente implícito y sugerido”,  sigo pensando que de los tres “grandes” es el PSOE el que tiene la estrategia mejor definida, porque no en vano tiene detrás a Iván Redondo, politólogo al que he seguido con interés desde hace años.

Y lo personalizo en este asesor que “ni es de aquí ni de allá”. Es un extraordinario profesional que ha trabajado para alguna comunidad del PP, por ejemplo, y al que cualquiera de nosotros puede contratar mañana, si tuviéramos suficientes recursos para hacerlo, si quisiéramos  ser director general de nuestra empresa, u ocupar un determinado cargo político o social. Él nos diría lo que tenemos que hacer y es muy probable que tuviéramos éxito.

Esto es lo que yo creo que está pasando. Y es así, porque nosotros nos dejamos engañar, o al menos seducir, por la parafernalia y la envoltura de los mensajes, sin que lleguemos nunca a analizar la calidad o la solvencia del propio mensaje.

Tierno Galván, “el viejo profesor”  para sus seguidores, aunque murió relativamente joven, y “una víbora con gafas” para la afilada lengua de Alfonso Guerra,  dijo con ese cinismo profesional que le caracterizaba que “las promesas electorales están para no cumplirse”. Y así ha sido durante mucho tiempo. Yo creía que estábamos avanzando hacia un concepto de la política más germánico o más anglosajón pero, como en tantas otras cosas, estaba equivocado.

Lo visceral es lo que sigue contando, quizás más hoy que ayer, y cualquier fórmula para “enamorar” como se dice ahora, o para convencer, vale.

Sin ir más lejos, ayer mismo escuché al más auto valorado de los candidatos, a nuestro presidente, decir que si no les convencía del todo como futuro presidente, le votaran “como al menos malo”. Seguramente le costó bastante no decir “porque soy el mejor”, pero las estrategias son las estrategias, y ante el enorme número de indecisos que aparecen en las encuestas, tocaba “una de humildad”

¡Vivir para ver!

Y, lo cierto, es que por unas cosas y por las otras, esta campaña es la más crispada, más violenta verbalmente e incluso físicamente, de los últimos años.

Ayer mismo vi las imágenes de Rentería, pueblo natal de mi abuela María, como he visto las de otros acosos, y los rostros de los participantes son verdaderamente preocupantes, porque no reflejan oposición. Manifiestan odio, mucho odio.

Pero no hay problema. España es muy fuerte y sobrevivirá, una vez más, a ese espíritu autodestructivo que nos caracteriza.

El prólogo de la novela “documento 303”

Una buena amiga, que ha leído y, según dice, disfrutado con mi novela “la cruz de piedra” me ha recomendado que lea “el documento 303”, de José Manuel Surroca, porque, lo mismo que en mi caso, fabula sobre hechos históricos, en este caso relacionados con los orígenes del Reino de Aragón, en una trama que, según me dijo, también  se desarrolla  en diversos momentos de la historia, incluido el tiempo actual.

Seguro que me gustará, pero no puedo opinar porque apenas he empezado a leerla. Lo que sí que me he encontrado es con  un prólogo de mucha calidad de María Luz Rodrigo Esteva, profesora titular del Área de Historia Medieval  de la Universidad de Zaragoza, según he podido comprobar en internet, en la que comenta la confusa  situación del conocimiento de la historia, vulgarizada, difundida e interpretada de forma poco profesional, si no utilizada con fines políticos o a favor de determinadas ideologías.

Eso no lo dice ella textualmente, pero lo añado yo porque es lo que está ocurriendo.

Y en un momento de sus reflexiones se hace la pregunta “¿qué hacer ante los cada vez más crecientes usos públicos de la historia?”

Y yo le contestaría: negarnos firmemente a aceptarlos. Luchar contra los timadores de tribunas, columnistas poco escrupulosos, tertulianos indocumentados, falsos protagonistas de redes sociales, docentes desaprensivos, y cualquier otro falseador de los hechos históricos.

Y denunciarlos con firmeza.

Siempre he asumido que la historia la escriben los vencedores, y que en las cortes medievales eran los escribanos reales los que narraban los hechos, por lo que, naturalmente, no escribían nada que perjudicara el buen nombre del rey su señor, o que cuestionara sus decisiones.

Pero los historiadores profesionales, conocedores como nadie de esta realidad, consultan los relatos de las cortes antagonistas o de las noblezas en conflicto para poder atisbar la verdad de los hechos.

Que complementan buscando donde deben: en las cartas de los interesados, en los pactos escritos, en las capitulaciones, en la correspondencia de particulares, y en cualquier fuente que permita crear una bibliografía que justifique los hechos que describen.

Y, sabiendo que nadie es totalmente imparcial a la hora de juzgar o interpretar los hechos históricos, cada vez se dispone de más información objetiva para analizar la verdad de la historia.

Pero ese nivel, ese magisterio, está reservado a los historiadores profesionales, no a la legión de arribistas que, utilizando parte de lo sucedido, incluso partiendo de oídas o leyendas, construyen historias muy a medida de sus intereses o de su ideología. O simplemente opinan por la vanidad de demostrar que “saben”.

Y que, citándose los unos a los otros, acaban construyendo  una verdadera red de citas y  bibliografías  circulares que no hacen sino dar un barniz de veracidad a lo que es pura invención o verdades a medias.

Y, estando totalmente de acuerdo con sus reflexiones, digo lo que siempre he dicho: pese al “empoderamiento” de la clase política, ningún congresista, o senador, o líder de un partido, tiene la autoridad de un historiador para describir hechos, ni la de un académico para regular el idioma.

Pero se ha perdido la vergüenza Y se atreven a hacerlo incluso cuando vivimos muchos de los que participamos de alguna forma con los hechos que se intentan tergiversar, o los negros acontecimientos que se quieren blanquear.

Y así hay partidos que afirman que debemos pedir perdón a Méjico porque Cortes y unos quinientos españoles masacraron a millones de indígenas, o que tal o cual régimen, excluida la dictadura porque no se puede considerar un régimen, eran “los buenos” y los otros eran “los malos”.

Y me pilla en un momento de especial sensibilidad porque solo hace unos días he publicado un comentario en mi blog sobre los desdichados hechos ocurridos en el parlamento vasco, donde un diputado de Bildu se dedicó a insultar a los que en su día fueron víctimas de ETA, sus antecesores, protegido por esa supuesta capa de impunidad por la que cualquier elegido en una urna puede decir lo que quiera mientras mantenga el uso de la palabra.

Afirmación que, por supuesto, es absolutamente falsa.

Y, aludiendo a esta intervención desdichada, decía entre otras cosas en mi artículo:

“Pasar página sí, pero no permitir ese continuo intento de blanqueo de la violencia y de los violentos, incluso propiciado por otros partidos como Podemos, Izquierda Unida, todos los nacionalistas y, en ocasiones, algunos miembros del PSOE, que quieren hacernos creer, y pueden hacer creer a los más jóvenes, que el lobo del cuento era una víctima de los tres cerditos”.

Y que conste que mi comentario no está alimentado por ningún color político. Cito a los que cito porque todos ellos han sido colaboradores necesarios para que lleguemos a esta situación en el caso de ETA y el relato de lo sucedido.

Espero, pues, disfrutar de la novela como, de momento, he disfrutado con el preámbulo.

Y espero también que alguien, algún día, entienda que esto es inadmisible. Y que la historia es la que es, y no como quieren algunos que hubiera sido.

Y que todos nosotros, sin ninguna excepción, asumamos que tenemos antepasados héroes y antepasados villanos. Antepasados que mataban y antepasados que morían.

Pero que hoy, en pleno Siglo XXI, lo único sensato y práctico es aceptar que la historia es como fue, que aprendamos, y que no repitamos los mismos errores que cometieron las generaciones que nos precedieron.

Que así sea.

Bildu – El matonismo y el blanqueo de los violentos.

Los que tenemos cierta edad y vivimos la negra época de ETA, la de los asesinos cobardes que causaron 850 víctimas de todos los estamentos, que ejecutaron vilmente a militares, fuerzas de orden público, incluidos algunas ertzainas, miembros del poder judicial, políticos de todos los partidos, menos del PNV claro, y entre ellos varios niños, recordamos lo que era parte del manual de los valientes soldados gudaris en caso de que los detuvieran.

Una de las normas era que siempre, y en todos los casos, denunciaran brutalidad policial en el momento de la detención o en los interrogatorios. Siguiendo esta consigna se produjeron más de tres mil denuncias, soportadas y defendidas por sus abogados, la mayoría de los cuales militan hoy o son cargos de Bildu, la sucesora de los sucesores de ETA.

La inmensa mayoría de estas denuncias fueron desestimadas por los jueces porque no encontraron causa, aunque sí que prosperaron algunas de ellas, incluso con algunos encausados entre las fuerzas del orden. Pero, insisto, solo en una mínima parte de las denuncias.

La otra consigna, para los que estaban en territorio francés, era ir armados pero no ofrecer resistencia en caso de ser detenidos. La razón es que llevar armas en Francia es un delito por el que debían juzgarlos en el país, y de esta forma, al existir causa pendiente en territorio francés, no les podían deportar aunque estuvieran reclamados por la justicia española.

Esas, entre otras, eran las consignas difundidas entre los miembros de la banda asesina.

Pues bien. Los mismos, o casi los mismos ideológicamente hablando, que cometían estos desmanes son los que ayer montaron el espectáculo aberrante en el parlamento vasco, incomprensiblemente soportado por los parlamentarios de casi todos los partidos allí presentes, incluido el muy honorable lendakari, y con una presidenta que permitió que continuara con su discurso brabucón, torticero e intolerable, alegando que el parlamentario estaba en uso de la palabra, cuando no hay parlamento de país civilizado que permita que un diputado aproveche su turno en el estrado para insultar, ofender, provocar, y mentir como él lo estaba haciendo.

Y el pretexto para semejante espectáculo fue la defensa de una ley que permite reflotar todas aquellas denuncias por brutalidad policial, ley que ya fue derogada en un intento anterior por el Tribunal Constitucional, y que ayer, para nuestra vergüenza, fue aprobada, ¡con los votos a favor del PSE-EE , el partido socialista del País Vasco! El de Idoia Mendia, la que confraterniza con Otegui, la que dice que trabaja “para que la izquierda abertzale reconozca que nunca se debió matar”

Y, evidentemente, lo está consiguiendo. No hay más que prestar atención. Porque son legión los etarras que se manifiestan arrepentidos por lo hecho, los que colaboran con la justicia para esclarecer los más de trescientos asesinatos sin resolver, y los que se niegan a que les reciban como héroes cuando salen de las cárceles.

Y es que, señora Medía, hágase cargo. Es casi imposible convencer al escorpión de que debe amputarse el aguijón.

Porque, naturalmente, es necesario hacer justicia a aquellos pobres asesinos capturados injustamente por las fuerzas de orden público cuando luchaban descerrajando tiros en la nuca de inocentes por su noble causa.

Ley que, por supuesto y una vez recurrida, como se hará, volverá a ser declarada inconstitucional.

Pero el problema de fondo, el gran problema, es que los radicales, en este caso concreto radicales peligrosos, están envalentonándose cada vez más, y lo hacen amparados por esas leyes nuestras, tan garantistas, que permiten los excesos de personas o partidos que comienzan a ser muy preocupantes.

Y que, en ausencia de protección legal contra semejantes intentos,  están provocando movimientos pendulares de otro signo, como puede ser el crecimiento de VOX, al que, lamentablemente, están alimentando con los extremismos de cada día de los partidos nacionalistas, independentistas, o simplemente antisistema

Todos ellos enemigos de nuestro país y de nuestra convivencia.

Y lamento comprobar que la sociedad civil, la famosa mayoría silenciosa, asimila día a día este ambiente enrarecido e insano de los fanáticos iluminados como si fuera un panorama normal en nuestro horizonte. Habitual sí que lo es, pero indeseable.

Y continúo pensando lo que siempre he pensado: que todo el mundo tiene derecho a opinar como estime conveniente, a expresar sus ideas con toda libertad, y a luchar políticamente para conseguir sus objetivos, pero desde el respeto, sin violencias físicas o verbales, y asumiendo que episodios de matonismo y de ocupar las calles de forma violenta por los que no son sus propietarios, ya son historias superadas. Las de nuestra España en blanco y negro.

Y está bien que nos ocupemos de nuestros asuntos, que nos quejemos de las injusticias de la sociedad,  que gocemos o suframos con el futbol según el caso, o que disfrutemos con las cosas pequeñas o grandes de nuestra comunidad, pero lo cierto es que cada vez estamos más adormecidos. O porque no nos damos cuenta de lo que está pasando en nuestra sociedad, o, lo que sería peor, porque no queremos verlo

Y defiendo sin ninguna duda que debemos pasar página de muchas cosas como se hizo en la transición, incluso de la historia de ETA,  pero sin permitir que se niegue o se tergiverse lo que ocurrió.

Pasar página sí, pero no permitir ese continuo intento de blanqueo de la violencia y de los violentos, incluso propiciado por otros partidos como Podemos, Izquierda Unida, todos los nacionalistas y, en ocasiones, algunos miembros del PSOE, que quieren hacernos creer, y pueden hacer creer a los más jóvenes, que el lobo del cuento era una víctima de los tres cerditos.

Y, si no recuperamos el control de la información, nos puede ocurrir como el ejemplo de la rana y el agua de la cazuela. Y cito literalmente la fábula:

“Si echamos una rana en una olla con agua hirviendo (a veces dicen agua muy caliente), esta salta inmediatamente hacia fuera y consigue escapar. En cambio si ponemos una olla con agua fría (a veces dicen temperatura ambiente) y echamos una rana esta se queda tan tranquila. Y si a continuación empezamos a calentar el agua poco a poco, la rana no reacciona sino que se va acomodando a la temperatura hasta que pierde el sentido y, finalmente, morir achicharrada”.

Y en eso estamos. Si no hacemos nada, y hacer algo es manifestar opiniones, no admitir imposiciones ni mentiras, y votar con conocimiento, acabaremos achicharrados.

Y no quiero exagerar poniendo como ejemplo a países sudamericanos. Los populismo son una de las desgracia de nuestros tiempos y se está estableciendo cada vez más en nuestra muy avanzada civilización occidental. Y, como ejemplo, basta con ver lo que ocurrió en Grecia, lo que está ocurriendo en Italia (¿alguien podía imaginar lo que ocurre en Italia?) y lo que apunta en otros países de la Unión Europea.

Quizás tengamos que volver a cantar con Jarcha  aquel casi-himno de la transición:

Libertad, libertad
Sin ira libertad
Guárdate tu miedo y tu ira

Porque hay libertad
Sin ira libertad
Y si no la hay sin duda la habrá

La democracia, la política, y la “política real” – Elecciones en Bocairent

La palabra “política” tiene varias acepciones, pero a mí solo me interesa la que la define como “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.

Porque otras, como “arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados”, o “actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos” no las tengo muy bien consideradas en estos tiempos.

Porque creo firmemente en la democracia, esta democracia que no “nos vino dada” porque costó muchos sacrificios, muchas renuncias, mucha generosidad y muchas muertes, no empezó a regir, ni mucho menos, como consecuencia de la muerte de Franco, tan querido por las izquierdas con pocas ideas, porque la mayoría de las izquierdas, las que conocen los hechos, tiene muy claro que aquello fue una etapa cerrada.

Y dentro de las varias figuras de ejercer la democracia, mi preferida en estos momentos, como lo ha sido siempre, es la que llamamos “democracia real”, la practicada en los municipios de pocos habitantes, como Bocairent por ejemplo, en la que los rectores pisan las mismas aceras que sus votantes o los que no les han votado, y en donde debe primar la tolerancia y la transparencia porque los cargos electos están muy a la vista de la ciudadanía.

Y se vota por listas, naturalmente, y las listas indican tendencias e ideales, y las tendencias marcan una parte de las políticas municipales pero, normalmente, no las encorsetan porque unos y otros van a las mismas romerías, o son miembros de las mismas comparsas de Moros y Cristianos.

Esta introducción viene a cuento de que he sabido que Josep Vicent Ferre i Domínguez no se vuelve a presentar como alcalde. Yo no le voté, entre otras cosas porque no estoy censado en el pueblo en el que tengo alguna propiedad y muchos lazos afectivos, todos, pero creo que ha sido un buen alcalde. Y lo digo en su despedida y habiendo tenido, como así ha sido, muchos encuentros y algún que otro desencuentro que siempre ha acabado bien. Y me refiero a ese final feliz en el que los discrepantes mantienen sus posturas dentro de ese marco de cortesía, no me atrevo a decir cordialidad, que debe presidir, sobre todo, los desencuentros.

Josep Vicent es un hombre culto que ha trabajado por el pueblo, seguramente no a total satisfacción de todos, especialmente si se le juzga a través del prisma de las ideologías, pero lo ha dejado mucho mejor que lo encontró, y es de lo que se trata.
Y que siendo como es socialista, ha sabido sacar recursos de todas partes, incluido del PP cuando gobernaba la Generalitat o la Diputación.

Como no nos “deja” en el sentido más trágico de la palabra, dejaremos las cosas así y seguiremos manteniendo ese contacto esporádico que hemos tenido en los últimos años. Espero que le vaya muy bien en su vida personal.

Y he comprobado que el candidato del PSOE es Xavi Molina. A Xavi le conozco poco, pero siempre que lo he necesitado me ha respondido de forma muy satisfactoria y me parece un hombre cordial y “de fiar”. Y tengo buenas sensaciones transmitidas por otros bocairentinos amigos míos que son de fiar y que le conocen bien. Esos sí, con derecho a voto.

¿Quiere decir que me gustaría que fuera el próximo alcalde? Ni mucho menos. No conozco a los otros candidatos y es muy posible que me merezcan un juicio igual de favorable, pero los bocairentinos, y no yo, serán los que decidirán con sus votos llegado el momento. Y espero que decidan desapasionadamente entre los cabezas de lista, ponderando eso sí, su capacidad de diálogo y de entendimiento con todo el mundo.

Pero que Xavi sea uno de los candidatos me da una cierta tranquilidad. Espero una lucha noble y reñida, un nivel parecido, y que gane el mejor. Por cierto: tengo curiosidad por conocer los programas de los partidos, porque todavía hay algunos temas culturales pendientes de resolver.

Porque problemas ya tenemos bastantes. Demasiados. Sería bueno que la política local aprendiera de las comparsas de Moros y Cristianos que yo conocí, focos de pasión y acaloramiento, donde, por lo que recuerdo, cuando los ánimos se exaltaban más de lo conveniente, siempre surgía la iniciativa de una de las partas, o de un tercero, que lanzaba el grito mágico ¡festa avant!

Lástima que no esté bien visto, o quizás sí, el grito de ¡política avant!, entendiendo su verdadera etimología griega, “politeia”, la teoría de la polis (ciudad), de la convivencia basada en la ley y el orden, aunque, como sabemos, los que dieron ese primer paso hacia la democracia tampoco eran tan demócratas como nos hacen ver, porque solo podía participar en las decisiones los llamados “ciudadanos”. Pero eran otros tiempos y supuso algo muy diferente a los gobiernos de los “aristos” de Esparta. Su clase dominante.

Lo malo es que cuando salimos de la política real y asciendo a las comunitarias o a las nacionales, cada vez veo más “aristos” y menos “ciudadanos atenienses”.

Pero ese es otro tema.

Ha muerto Javier Arzalluz

Ayer falleció Javier Arzalluz y, como es natural, se han disparado los comentarios sobre su vida y su obra, la mayoría muy negativos, aunque también he escuchado alguna que otra alabanza a su aportación a la política o a la causa del nacionalismo.

Quiero aclarar que cuando hablo de Javier Arzalluz me refiero únicamente a su faceta de hombre público. De político. Ni le traté ni conozco a quien le tratara “en la intimidad”, por lo que no se lo que hacía su mano izquierda. Sin embargo sí que recuerdo, recuerdo muy bien, lo que hizo su mano derecha. Porque fue un personaje que despertó mi curiosidad desde el principio, y al que seguí con atención desde sus primeras actuaciones políticas.

Y pronto me di cuenta de que detrás de esa fachada elegante, de buen porte, con aire de profesor exigente y de buen negociador, había mucho más de lo que parecía.

Que era alguien muy poco de fiar.

Hoy he escuchado que era un personaje contradictorio, que “ponía una vela a Dios y otra al diablo”, que “nunca se sabía por dónde iba a salir”, y cosas semejantes. Pero no creo que nada de eso sea cierto. Javier Arzalluz sabía perfectamente a donde quería ir y tenía trazada una ruta hacia un destino final, al que nunca llegó. La independencia del País Vasco.

Javier Arzalluz era una persona de una gran cultura. Fue ordenado sacerdote en la Compañía de Jesús, aunque años más tarde abandonó la carrera eclesiástica para dedicarse a la política. Nacionalista de convicción, supo aprovechar los pactos con el PP y con el PSOE, ¡hay nuestros inteligentes partidos mayoritarios! para ir empedrando de concesiones y transferencias su ruta hacia la gran Euskal Herria.

Para entender al personaje hay que tener en cuenta que su etapa política coincidió con lo más duro de ETA, banda terrorista nacida en el seno de un grupo de disidentes del colectivo EKIN, que a su vez era una especie de rama joven del Partido Nacionalista Vasco, al que echaban en cara su lentitud en conseguir el objetivo final de sacar al País Vasco del Estado español.

No creo que Arzallus se alegrara de las muertes a manos de ETA, pero es cierto que hubiera podido acabar con ellos en una semana si hubiera querido. Porque en aquellos tiempos disponía de todo el poder y sabía perfectamente quienes eran, donde se escondían, y quién les protegía. Quizás sea muy aventurado por mi parte esta afirmación, pero no creo estar muy lejos de la realidad.

Una información de El Mundo publicada hoy mismo, el primero de marzo de 2019, dice textualmente:

Quizás un episodio antiguo contribuya a explicar la controvertida relación de Xavier Arzalluz con ETA. La historia la contó en varias ocasiones José María Bandrés, el abogado que fuera considerado el rostro de ETA polimili, disuelta en 1982. «Se estaba negociando el Estatuto con Madrid», relató también en su día a esta redactora, «un día quedé con dos personas importantes del PNV. Se comió, se bebió, y a los postres se dijo claramente que estábamos tocando la flauta, que a quién se le ocurría decirles a los polimilis que dejasen de dar golpes cuando estamos en un momento importantísimo en la profundización del autogobierno. Luego los propios polimilis me lo contaron: ‘Oye, que ha estado aquí Arzalluz para decirnos que no hagamos tonterías, que no nos disolvamos’». El presidente del Eukadi Buru Batzar (EBB) se reunió en aquella época dos veces con los peemes y una con los milis y la acusación era tan grave que valía la pena comprobarla.

Es decir. El Mundo confirma lo que opinábamos muchos de los que vivimos en aquella época: que el PNV, o al menos así lo creía Arzalluz, necesitaba la violencia de ETA para presionar al Estado. Su famosa frase de que “unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces”, que se cita más adelante, es un resumen perfecto de su pensamiento sobre la violencia etarra.

Y no me extrañaría que se apoyara en su prestigio y su pasado de religioso jesuita para influir en el incomprensible apoyo que la iglesia vasca proporcionó a los etarras. Esos a los que él llamaba “los chicos” sin llegar más lejos que adjetivarlos como “descarriados”.

Y los que me conocen saben que tengo dos temas tabú en mis tertulias de amigos, y que uno de ellos es ETA. Porque me altera en lo personal que una banda que asesinó impunemente a 850 españoles de toda edad y condición, tenga el más mínimo apoyo para blanquear su historia como se está haciendo.

Y ninguna de sus víctimas, ni siquiera las que fueron especialmente duras con los terroristas, se merecían lo que les pasó. Y lo digo desde la tranquilidad de no haber dormido la noche anterior a que fusilaran a los condenados en el juicio de Burgos. Porque ninguna persona, ni siquiera los asesinos, se merecen la muerte.
Pero ¡blanqueos no, por favor! ETA dejó de matar cuando no pudo seguir haciéndolo porque estaban acorralados por las Fuerza de Seguridad del Estado, y porque se dieron cuenta de que su objetivo era inalcanzable. Pero, sin ninguna duda, todos ellos, ejecutores o colaboradores necesarios, fueron asesinos. Nunca patriotas, ni gudaris, ni nada que suene a civilizado. Asesinos cobardes que ni siquiera se jugaban la vida cuando asesinaban.

En cuanto a Arzalluz y por todo lo anterior, espero no encontrarme con ninguna placa en su honor ni escuchar que alguien le tilda de persona a imitar. Pudo evitar muchas muertes y no lo hizo y, que yo sepa, nunca asistió a funerales de los asesinados por la banda.

Y, como buen cínico, jugaba con las palabras y las situaciones tratando de tergiversar sus andanzas cuando ya se hizo mayor. Pero de nada le servirá.

No lo digo yo. Al pie de una entrevista que le hizo el diario El Mundo el 16 de abril de 1917, reproducían algunas de sus “perlas”:

Sobre el Rey: “Es tonto, porque aunque le escriban los discursos, que los lea antes para no decir tonterías” (2001).

“En Europa, étnicamente hablando, si hay una nación, ésa es Euskal Herria” (1993).

“La sangre de los primeros europeos corre hoy solamente por las venas de los vascos”, afirmó citando a un antropólogo alemán. “La sangre con el RH negativo confirma que este pueblo antiguo tiene raíces propias, identificables desde la prehistoria, como sostienen investigaciones de célebres genetistas” (2000).

“Nosotros no somos los violentos, ni siquiera ETA; la violencia viene de la derecha” (1987).

“No creemos que sea bueno para Euskal Herria que ETA sea derrotada” (1992).

“En una Euskadi independiente, los españoles serían tratados “como se trata hoy a los alemanes en Mallorca” (2000).

Y la más célebre, que confesó haber pronunciado en una reunión:

No conozco de ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan. Unos sacuden el árbol, pero sin romperlo, para que caigan las nueces, y otros las recogen para repartirlas“. (Más tarde matizó, echando mano de una distinción que de poco servía: “Me refería a HB, no a ETA…“).

Puro pensamiento de Sabino Arana.

En mi opinión, y en su faceta política, Javier Arzalluz fue un personaje maquiavélico que hizo mucho daño a España y a los españoles. Descanse en paz, lo digo sinceramente porque todo puede perdonarse, pero nunca olvidaré que, se arrepintiera o no, creo que es uno de los personajes más siniestros de la política española desde la transición.

Y tampoco tenía necesidad de publicar este comentario, pero lo he considerado conveniente porque, tal y como nos están cambiando la historia reciente, me puedo encontrar con que a Javier Arzalluz le pongan como referente de tolerancia y “buen hacer”. O de hombre de paz.

Como ocurre con Otegui.

La ministra de justicia y la exhumación de Franco

Hace unos días escuché a la actual ministra de justicia, Dolores Delgado, afirmar que la exhumación de Franco es un “asunto de estado”. No, señora ministra, no. La exhumación de Franco es un tema menor, muy menor, entre los asuntos importantes que nos ocupan y que amenazan a nuestra economía, nuestro bienestar, o nuestra calidad democrática.

Lo único cierto es que esta decisión se ha convertido en uno de los banderines de enganche de nuestro presidente, que acaba de insistir en su ejecución. Ni siquiera creo que sea una idea de Iván Redondo, al que he admirado en el pasado aunque empiezo a tener serias dudas de que no se esté convirtiendo en un personaje a poner en cuarentena si fuera el responsable de “todo”, el único guionista de lo que hace su aconsejado.

Porque no todo vale ni en política, ni en la abogacía, ni en los asesores de imagen o directores de campaña de políticos. Y estas campañas tan a la americana, basadas en gestos y en decir lo que sea, se pueda o no cumplir, que es exactamente lo mismo de lo que acusan a los populistas, están cruzando muchas líneas rojas.

Donde esté o no esté el cadáver de Franco puede interesar a la familia, a unos pocos nostálgicos, a una parte decreciente de la sociedad entre los que no estamos la mayoría de los que vivimos en la dictadura y, por supuesto, al gobierno de Sánchez. Y digo al gobierno de Sánchez y no al PSOE, porque mucha gente del partido se ha dado cuenta de que estas historias del pasado ya no “venden” como vendían.

El otro día decía de broma que la única explicación de las prisas de nuestro presidente para desenterrarlo es porque quiere incluirlo en las listas electorales del próximo abril, pero quizás me equivoque.

Asuntos de estado, señora ministra, son la ley de educación, la reforma del poder judicial, la posible reforma de la ley electoral, las políticas de inmigración, la solución definitiva al problema de las pensiones, y algunos otros de importancia similar y que condicionarán nuestro futuro como nación. Que no salen adelante porque los ciegos egoístas que nos dirigen, gobiernos y oposiciones, son incapaces de consensuarlos. Prefieren caer en manos de los nacionalistas, ahora separatistas, que hablar entre ellos para llegar a acuerdos de futuro en lo que son pilares básicos de la democracia, de la cultura y del bienestar social. Como si la otra opción, consensuar entre ellos temas de estado, fuera imposible.

Dialogar con los extremistas sí. Dialogar con los demócratas constitucionalistas ni hablar. ¡Hasta ahí podríamos llegar!

Lo demás son sandeces, paridas en lenguaje más coloquial, que lo único que demuestran es el enorme desenfoque de muchos políticos en activo, ¡algunos son ministros!, que siguen creyendo que los españoles somos tontos y que se nos puede confundir con cuatro eslóganes, cuatro frases brillantes, o cuatro poses del presidente diciendo lo que le aconsejan sus asesores.

Lo que me preocupa es que esta señora, de la que apenas tenía referencias salvo alguna noticia de prensa sobre su participación en cacerías y similares, y a la que he descubierto cuando ejercía de ministra, volverá a la judicatura y tendrá que participar en causas en los que estén involucrados miembros o simpatizantes del grupo de los “trifálicos”, de los separatistas catalanes, o tantos otros que han sido sus amigos o sus enemigos el tiempo que ha ejercido su cargo en el ministerio.

Una ministra que ha exigido que la iglesia le entregue un listado de sacerdotes involucrados en delitos de acoso sexual o de pedofilia, sabiendo que todos ellos ya están denunciados en los tribunales por cualquiera de las partes, pero que no ha incoado causa contra sus compañeros del estamento judicial a los que, según conversaciones grabadas por ese peligro público llamado comisario Villarejo, vio alternando con menores en un viaje a Sudamérica.

Una ministra que se mostró de acuerdo en que la casa de citas montada por el propio comisario Villarejo para obtener información de sus clientes, y así poder chantajearlos, iba a resultar todo un éxito.

Meterme con personas en concreto está muy lejos de mi manera de pensar. Critico hechos o decisiones, pero nunca personas, pero en esta ocasión sobrepaso mis propios límites porque esta señora, tan fuerte de carácter, me parece muy poco consecuente en sus hechos y dichos. Y me refiero a su etapa como ministra, porque he sabido de su gran profesionalidad y su compromiso contra el terrorismo cuando ejercía de fiscal. Cosa que le agradezco.

Señora Delgado: ya hace muchos años que ninguno de los que tienen poder en la España actual, sea político, económico, militar, religioso o de cualquier otro tipo, son “franquistas”. Serán de derechas, o de extrema derecha, o de extrema-extrema derecha, pero Ud. sabe muy bien, porque es cualquier cosa menos inculta, que el franquismo no fue un movimiento político ni una ideología concreta, sino un seguimiento al líder, por lo que desapareció cuando murió Franco. Como ocurre con todas las dictaduras. Y lo mismo que sucede con el franquismo, tampoco existe un “pinochetismo”, ni un “videlismo”.

Y le aconsejo que dedique su tiempo a temas más prácticos o más éticos, según como se mire. Determinar si los miembros de la judicatura que intervienen en la política deben de volver a ejercer su profesión si más es un asunto que despierta serias dudas desde hace años. Eso sí que me parece un tema importante. No digo que un tema de estado en sí mismo, pero sí que debería de ser uno de los puntos a analizar en esa reforma del poder judicial que estamos esperando.

Este, como todos los citados anteriormente, sí que son asuntos que nos interesan y afectan a la totalidad de los españoles.

Formar y educar – Carencias de la ley de educación

Hace unos días leí un buen artículo de Higinio Marín en el Levante, en el que intentaba ver la luz en ese laberinto de intereses y responsabilidades que enmarañan la formación y la educación española, sin que, en este momento, sepamos a ciencia cierta cuales son las verdaderas responsabilidades del docente, de los padres, del estado, o de la sociedad.

En mis tiempos, seguramente porque éramos más pobres y, sobre todo, más prácticos, los papeles de cada cual estaban perfectamente definidos.

Simplificando los roles y las responsabilidades, los maestro nos proporcionaban el ochenta por ciento de la formación y un veinte por ciento de la educación, los padres eran ochenta por ciento educadores y veinte por ciento formadores, y la sociedad colaboraba en ambas cosas con normas que ayudaban a desarrollarnos intelectualmente o que corregían, incluso con leyes, las desviaciones que pudieran producirse. Seguramente no estoy demasiado acertado diferenciando la educación de la formación, pero creo que se entenderá lo que quiero decir.

Lo que es absolutamente cierto es que el maestro “al que querer”, el “profe” cómodo, era un personaje desconocido para nosotros.

Yo siento una gran admiración por el que fue mi maestro, Don Fidel, en esos años de la infancia y la juventud en los que se forjan los caracteres. Nunca le agradeceré todo lo que hizo por mí, aunque trato de citarle cuantas veces puedo y se lo reconocí muchas veces siendo mayor, cuando me visitaba en mi lugar de trabajo para saber “cómo me iba”.

Pero entonces no. Entonces le respetaba, en ocasiones le temía, y raramente me resultaba cómodo. Era una figura severa, exigente y comprometida con mi futuro, apoyado sin reservas, eso sí, por mis padres. Mi maestro era la autoridad académica y nadie lo discutía. Mis padres, a los que mandaba de vez en cuando una nota en sobre cerrado dando sus opiniones sobre la marcha de mis estudios o sobre alguna actitud claramente mejorable en mi comportamiento, sí que reconocían la importancia de su papel. Y formaban un buen equipo.

Y, naturalmente, cuando hablo de mis padres lo hago extensivo a “los padres” en general.

Las asignaturas eran claras y universales, salvo alguna con más intencionalidad por mor de la época, pero los niños de toda España conocíamos los mismos ríos y los mismos montes, por ejemplo, y tratábamos de descifrar las mismas matemáticas.
Hace muchos años, y para nuestro bien, vino la transición y se cambiaron los hábitos y las leyes. Pero, como suele ocurrir en estos casos, sobrevino el “pendulazo” y empezaron a surgir formas nuevas y los convencidos de que autoridad y disciplina eran “cosas de la dictadura”. Y aparecieron los “profes colegui” a los que se debía tutear, y/o asociaciones de padres que trataban de invadir la necesaria independencia de los colegios. Y los padres que cuestionan las decisiones de los profesores cuando valoran o califican a sus hijos con algún insuficiente. O cuando les avisan de algún comportamiento inadecuado.

Porque, naturalmente, el profesor “tiene manía” a sus hijos, a los que dan más credibilidad que a los profesores.

Y claro, una parte de los docentes se rebelan, otros se deprimen y otros, la posición más lamentable, acaban aburridos de estar en esa tierra de nadie entre lo que deben hacer y las presiones del sistema y de las familias, y “pasan” olímpicamente, convirtiendo en oficio lo que era vocación.

Porque un daño colateral de la enseñanza en tiempos de la democracia y de las nuevas libertades, es que políticos tan sobrados de ganas de “hacer cosas” como faltos de la formación adecuada, pusieron sus zarpas en la educación e hicieron saltar por el aire las reglas del juego y el posicionamiento de las piezas en el tablero de juego. En tiempos de la dictadura la enseñanza tenía sus bastantes “peros” en algunos temarios y “disfrutábamos” de la “formación del espíritu nacional”, pero, lo digo desde mi edad actual y sabiendo lo que digo y en el charco en el que me meto, era mucho menos “adoctrinante” de lo que se dice ahora. Solo que no era nada sutil.

Ahora tenemos una educación dirigida, fraccionada por autonomías, con unos libros de texto en los que “cuelan” lo que quieren colar o, lo que es más grave, omiten cosas que no deberían omitirse. Y difícilmente aprovechables para otros alumnos, lo que, sin ninguna duda, es un gran negocio para algunos.

Y al amparo de este desorden, y como digo anteriormente, aparecen los padres que exigen responsabilidades a los profesores de los malos resultados de sus “pobres” hijos. Hijos a los que en la mayoría de los casos les permiten demasiadas horas de televisión, o a los que regalan un teléfono móvil demasiado pronto.

Lo que antes era un bloque educativo en el que encajaban todas las piezas, se ha convertido en un “tú la llevas” de agrupaciones o sectores de población que rechazan responsabilidades y culpan a la otra parte.

Y mientras, los gobiernos de turno, o cedieron su autoridad, o se sumaron a la sarta de despropósitos bajando el listón de la exigencia académica. No importa el conocimiento, facilitemos las titulaciones. Aceptemos que pasen de curso alumnos con asignaturas suspendidas y carca, facha, o franquista el que piense que eso es un gran error.

Eximir de exigencia a la educación es condenarla a muerte, y un método infalible de lanzar a la sociedad a oleadas de jóvenes que más tarde, cuando llegan a las universidades o al mundo laboral, o se dan cuenta de sus carencias y tratan de solucionarlas, los menos, o pasan a formar parte de ese lamentable grupo de personas con más dificultades para encontrar trabajo. Por lo que pedirán explicaciones al gobierno y se sentirán víctimas de la sociedad.

Y no les falta razón, porque la que fue su sociedad más inmediata, la de los padres y profesores, no pudieron ponerse de acuerdo y cooperar en su formación, en buena parte por las carencias de las sucesivas leyes de educación, y también por los intereses espurios de los políticos nacionales o de sus comunidades, tan condicionados por la comodidad del “buenismo” y con muy poca visión de futuro.

Es un tema complejo y que da para mucho más, pero en esencia opino que el problema no tiene solución a corto plazo, porque todas las partes comprometidas miran para otro lado. La política estaba presente y condicionaba en parte mi educación, pero ahora lo está mucho más y de forma mucho más dañina, porque nuestra clase política y su falta de autoridad, ha facilitado que nos encontremos en la situación actual, en la que no sabemos que hacer, pero que tenemos claro que la culpa la tiene “el otro”.

Y que a los responsables de arreglar este desaguisado, les preocupa menos la formación de los jóvenes que las tendencias de las encuestas de opinión. O tratar de adivinar cuantos votos ganarían si incluyen es su programa electoral que se pueda pasar de curso con más o menos asignaturas suspendidas. ¡Pobres niños!, es el lema de algunos responsables de la educación, incluidos los padres, ¡ya sufrirán cuando sean mayores!

Porque si no fuera así, y aquí los incluyo a todos, tendríamos una verdadera ley electoral estatal e inamovible, fuera de las tentaciones de su utilización política y del adoctrinamiento tan del gusto de los gobiernos de turno.

La agresividad verbal de la izquierda española:

Vamos de mal en peor y muchos representantes de partidos y simpatizantes de la izquierda están perdiendo totalmente los papeles y no tienen ningún reparo en insultar y menospreciar a los que sienten más simpatías por la ideología de centro o de derecha, a la que, para empezar y continuando con la magistral utilización del idioma como herramienta política, han englobado como “las derechas”.

Como estoy viendo que ocurre cuando califican a los organizadores y asistentes a la manifestación del pasado domingo en la plaza de Colón.

Y que conste que no hablo de los políticos “profesionales”. A mí de disgusta que un líder de la oposición tilde al presidente actual de felón y de traidor, como tampoco me gustó que un líder de la oposición, ahora presidente, acusara al presidente de entonces de corrupto. Pero ese mundo, el de los profesionales, ni lo juzgo ni lo entiendo, porque la mayoría de las veces acaban de medio matarse, parlamentariamente hablando, y a continuación se van a tomar unas cervezas y a bromear sobre los momentos más álgidos de la discusión. Que lo he visto.

Me preocupo por nosotros, por los que nos encontramos en las aceras de las calles todos los días o, según edad, en el mismo ambulatorio, y debemos hablarnos y respetarnos.

Volviendo al principio, hay mucho descerebrado al que no se le puede pedir cuentas, pero me desmoraliza ver que entre los insultantes, que no digo discrepantes, hay personajes de los que se podría esperar mucho más. Y, como ejemplo de menor entidad porque también han entrado en el juego hasta ministros de gobierno, pongo a Eva Hache, monologuista y actriz mimada por el público español y que, seguro, no pone ningún obstáculo a que los participantes en la manifestación, “esos mierdas”, acudan a sus espectáculos si abonan las entradas.

Vamos mal, muy mal y ya es hora de que refrenemos el “forofismo” y respetemos las libertades de todo el mundo, incluso la de los adversarios políticos. Por mucho que se pretenda evitar, según la estrategia de Göbbels, una mentira repetida muchas veces no es más que una mentira repetida muchas veces, aunque algunos la quieran convertir en verdad divulgando masivamente noticias falsas, a las que ahora llaman “fake news”, como si no tuviéramos un idioma mucho más rico que el inglés.

En España, señores de la izquierda, no hay millones de franquistas, fascistas, fachas, o como quieran llamarlos. Ni mucho menos. Si atendemos a los resultados de las últimas elecciones generales, el partido “Falange Española de las JONS” obtuvo 9.862 votos a nivel nacional, lo que supone un 0,04 % de los votos totales. Y habrá otros partidos menores de ideología similar, pero de muy poco tirón electoral.

Hay, eso sí, millones de españoles que prefieren un modelo de estado y un tipo de organización social, como hay millones que prefieren otro. Y la gente de nuestra edad hemos olvidado a Franco y practicamos la muy sana y solidaria “desmemoria histórica” que se acordó en la transición cuando se decidió empezar de cero, con mucha ilusión, sin mirar atrás, y con los menos rencores posibles. Decía hoy de broma a un amigo, que la Fundación Francisco Franco, que he descubierto gracias a los últimos intentos de exhumación, debería conceder sus galardones anuales, si es que los tiene, a los gobiernos socialistas por lo mucho que han hecho por mantener viva su memoria.

Y, en cuando a los bloques ideológicos, añado un hecho irrefutable: los primeros son mucho más moderados cuando ocupan plazas y asisten a manifestaciones que los segundos, que tienen en su seno a gente más radical. En la plaza de Colón no se produjeron disturbios, ni se quemaron contenedores, ni se saquearon tiendas, ni se rompieron cajeros.

Y si alguien piensa que por ser “de izquierdas” es más importante o más ciudadano que otro que es del centro o de la derecha, el que tiene el problema es él. Todos somos iguales y a todos se nos valorará, o así debería ser, por lo que hacemos y no por lo que decimos. Y todos tenemos un solo voto y la misma autoridad moral. Y el voto del presidente del gobierno o del presidente dela Conferencia Episcopal vale exactamente igual que el mío o el de mi vecina de 85 años. Por mucho que les pese a la sarta de “iluminados” que florecen en nuestros país que se creen con más autoridad que el resto. Aunque, por mucho que les pese, no consiguen avances en las intenciones de voto.

Yo tengo amigos de todos los colores con los que, afortunadamente, discutimos posturas políticas con un mínimo de acritud. Porque sabemos que hay un punto final, casi sin retorno, que no debemos pasar porque no afecta a los hechos, sino a los sentimientos y las convicciones. Y no se debe sobrepasar para evitar daños irreparables en lo que es más mucho más importante que la política. La convivencia en paz.

Las “resistencias al cambio” 1 – Los taxistas de Madrid y Barcelona, y otros colectivos.

En los últimos años se suceden los enfrentamientos o las algaradas callejeras provocadas por agrupaciones o gremios especialmente privilegiados, que actúan como auténticos monopolios, porque no aceptan cambios en la forma de relacionarse con el estado, ni acatan las normas que son recomendaciones o de obligado cumplimiento que nos vienen dadas desde la Unidad Europea en favor de la libre competencia.

No hace tanto era el conflicto de los controladores aéreos, más reciente el de los estibadores de puertos, la lucha del comercio minoritario contra las grandes superficies y, más recientemente, el de los taxistas contra los VTC (vehículos de turismo con conductor).

Y todos ellos tienen en común la intención de defender parcelas de actividad tradicionales que, siendo públicas o de utilidad pública, las consideran como de su propiedad, y la no aceptación de lo que consideran “interferencias” del gobierno de turno, su verdadero patrón en muchos de los casos, al que consideran un intruso.

El problema de los taxistas es muy especial porque la mayoría de ellos son patronos autónomos y porque están regulados, demasiado regulados, por los gobiernos regionales o municipales de turno, pero no deja de ser un intento corporativo de bloquear los caminos a su competencia. Dicen defender sus puestos de trabajo, pero también son puestos de trabajo los de los conductores de vehículos VTC que pueden perder su empleo si prosperan las exigencias de los taxistas. Y, como ellos, también tienen compromisos y familias que mantener.

Con el agravante de que los sufridores de sus reivindicaciones somos nosotros, sus clientes, a los que deberían de mimar por la cuenta que les trae y por la amenaza real de que dispongamos de otras alternativas, cada vez más disponibles, que nos resulten más favorables en términos económicos y/o de comodidad en los servicios.

Es cierto, como decía, que los taxistas es un colectivo excesivamente regulado para los tiempos que corren, y esa debería de ser, sin ninguna duda, su verdadera reivindicación. Porque algunas de las trabas administrativas y los controles los que están sujetos les impiden luchar con su competencia más actual en igualdad de condiciones, pero nunca tomando como rehenes a sus clientes, ni intentando poner puertas al campo, frase muy manida pero que describe con realidad este tipo de intentos.

Y no puedo por menos que recordar mis tiempos de empresario asalariado en una multinacional y de empresario real en una modesta empresa propia, cuando me enfrentaba con frecuencia con las “resistencias al cambio”, concepto reconocido y muy tenido en cuenta en el mundo de la calidad cuando se establecen planes a medio y corto plazo o cuando se necesita modificar los procesos de trabajo en empresas y/o entidades. Es decir: cuando se detecta la necesidad de emprender “cambios” de cualquier tipo.

Porque una de las obligaciones de los dirigentes de empresa, como debería ocurrir en el mundo del funcionariado, en el de los líderes sindicales y con los coordinadores de los diversos colectivos, es tener en cuenta que todo lo que va mal es corregible, y todo lo que va bien es mejorable.

Y, aunque suene a pura teoría, que lo es, es bueno que recuerde la fórmula que utilizábamos cuando llegaba la ocasión, tratando de dar valor y peso a cada uno de los factores. Es una fórmula con abreviaturas inglesas, porque es en ese entorno donde empezaron a utilizarla:

Factores que influyen en el cambio = (P x V x CR x TPL)/R, donde P = Presión para el cambio, V= Visión para el cambio, CR = Realidad Actual, TPL= Plan de Transición y R= Resistencia al cambio.

Donde la “presión para el cambio” son las nuevas demandas de los clientes, tan cambiantes en el tiempo, especialmente si afloran nuevas competencias. Competencias que siempre se ven como una amenaza, pero que tiene el valor positivo de ser un excelente revulsivo. El detonante que obligará a activar la imaginación empresarial, tantas veces adormecida.

La “visión para el cambio” definirá cual es el punto al que queremos llegar, los cambios en el producto, o la identificación de las nuevas normas y estrategias. El reposicionamiento empresarial que estimamos necesario para no perder mercado.

La “realidad actual” es el punto en el que nos encontramos como empresa o colectivo en el momento en que se decide el cambio. Lo que hacemos, como lo hacemos y cuál es nuestra posición real en nuestro mercado natural. Es el punto de partida desde el que emprenderemos los cambios, y no es tan fácil de valorar porque solemos ser poco objetivos con nosotros mismos. Requiere un estudio serio y desapasionado de la realidad y no es mala práctica pedir alguna ayuda a expertos “de fuera” que nos ayuden a identificar nuestra situación real.

El “plan de transición” es el conjunto de estrategias o de medidas concretas que tenemos que definir para garantizar el éxito de la transición, en plazos y resultados, desde la “realidad actual” hasta la “visión para el cambio”. La ruta y los medios más adecuados para llegar a donde queremos ir partiendo de donde estamos.
Pero, ¡cómo no!, cada vez que se emprende un plan de mejora aparecen las inevitables “resistencias al cambio” que frenarán el curso natural de la estrategia acordada.

Los “si estamos bien, ¿para que cambiar nada?”. Son importantes y peligrosas. Hay que tenerlas en cuenta y solo hay dos formas de vencerlas o de amortiguarlas: explicar cuantas veces sea necesario la necesidad del cambio y las mejoras que se esperan conseguir, o la disciplina empresarial.

Siendo esta última fórmula la menos deseable porque los afectados aceptarán los cambios porque no tendrán más remedio, pero no se sentirán involucrados ni comprometidos con las nuevas estrategias.

Esta es una definición que he encontrado en internet y que nos puede valer para definir el concepto:

Se denomina resistencia al cambio a todas aquellas situaciones en las cuales las personas deben modificar ciertas rutinas o hábitos de vida o profesionales, pero se niegan por miedo o dificultad a realizar algo nuevo o diferente”.

Porque, en el fondo, es muy, pero que muy difícil, que los que estamos afectados por las medidas “entendamos” la necesidad de adaptarse a las nuevas circunstancias. Por egoísmo personal, porque “no lo ven” o porque sienten verdadero vértigo cuando salen de su “zona de confort”, incluso aunque las zonas no sean realmente confortables desde el punto de vista de la comodidad o de la seguridad. Simplemente es “lo conocido”.

Y la práctica de la evolución continuada que fue necesario imbuir en el mundo empresarial hace cincuenta años, es absolutamente indispensable asumirlo en los tiempos actuales donde los mercados cambian a gran velocidad, y el entorno tecnológico, un auténtico laberinto de oportunidades o fracasos, se nos muestra verdaderamente endiablado por su capacidad de influir en procesos y personas, para bien o para mal, según la preparación de los usuarios.

Recordemos que cuando Henry Ford aplicó el montaje en cadena de sus coches, se dijo, y así fue, que se perderían muchos puestos de trabajo de los operarios que los montaban manualmente. Pieza a pieza.

Pero solo a corto plazo, porque la novedad abarató el precio de los coches, que se pusieron al alcance de más compradores, por lo que aumentaron las ventas de forma casi exponencial. El resultado es que se necesitaron muchos más operarios para abastecer las cadenas de producción, y se crearon oficios nuevos que diseñaban los mecanismos de las cadenas y las mantenían activas.

Lo cierto es que muchas empresas que no fueron capaces de evolucionar tuvieron que cerrar arrolladas por el mercado y la competencia.

Pero hay un caso que siempre he considerado un referente en los cambios: el de nuestra empresa estatal de Correos. La que hace cincuenta años tenía el monopolio real del reparto de la correspondencia y de la paquetería, y a la que le aparecieron graves amenazas en forma de teletipos, empresas de mensajería que transportaban sacas de correo entre las sucursales de las empresas, los correos electrónicos, y los transportistas tradicionales que incorporaron a su porfolio la pequeña paquetería.

Pero Correos se resistió, evolucionó, incorporó nuevas tecnologías, ofreció otras alternativas y hoy en día seguimos viendo la silueta amarilla y azul de los carteros españoles transitando por nuestras calles, conviviendo con repartidores de otras empresas con otros uniformes y otra organización. Incluso ha llegado a acuerdos para distribuir paquetería con empresas que son su competencia.

Así pues, señores taxistas, antes de dar un mal paso identifiquen su “donde están” y su “visión para el cambio” para trazar la ruta adecuada de su evolución. Y háganlo apoyados por los mejores negociadores, que con animadores de algaradas no conseguirán absolutamente nada. Asuman que no podrán mantener privilegios durante mucho tiempo y su prioridad debe ser doble: negociar con los ayuntamientos o con las autonomías los cambios necesarios en su regulación, y mejorar su servicio y sus vehículos para mantenerse como la mejor opción para sus usuarios.

Esa será su única garantía de supervivencia. Incluso de mejorar sus condiciones económicas