Los detonantes de la historia: Sarajevo ayer, Ucrania hoy.

Es curioso como un suceso aparentemente menor puede desencadenar acontecimientos insospechados. Lo mismo que el detonante de la primera guerra mundial fue el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona austrohúngara, la invasión de Ucrania ha sido la gota que ha rebosado el vaso del rechazo que estaba provocando en el mundo civilizado el sociópata asesino Vladímir Vladímirovich Putin, presidente actual de la Federación Rusa, posiblemente el hombre menos empático y más despiadado entre los actuales dirigentes mundiales.

Ha conseguido que la Comunidad Europea actúe con una sola voz, el reverdecimiento de la OTAN, un refuerzo de los lazos de los líderes del mundo libre, especialmente entre Estados Unidos y Europa, que Suiza abandone su tradicional neutralidad, que la ONU, ¡la ONU! vote una resolución condenatoria de la invasión, que naciones que permanecían fuera  de la OTAN, Suecia y Finlandia, estén pensando en participar en el tratado, que Turquía, la del imprevisible Erdogan, bloquee el paso de naves de guerra en el Bósforo, que la economía rusa se esté yendo al garete, que rusos de todos los niveles hayan manifestado su desacuerdo con la invasión, afrontando con valentía las inevitables represalias y, en resumen, una ola de solidaridad con el pueblo ucraniano absolutamente imprevista en este mundo que utiliza la globalización a su conveniencia y tan acostumbrado a mirar para otro lado cuando mirar de frente resulta incómodo.

Solidaridad generosa, de la que nos cuesta dinero y bienestar a todos nosotros y, muy especialmente, a algunas de las naciones clientes mayoritarias del gas o las materias primas que llegan de Rusia.

Invasión que, por otra parte, ha puesto de manifiesto que el gran dictador ni siquiera es un estratega de media capa. Se ha limitado a hacer un alarde de fuerza mandando miles de tanques y otros vehículos militares sin tener en cuenta la logística, de forma que muchas columnas se quedan paradas en espera de víveres o combustible, o llegando a la tan temida guerra de guerrillas urbanas, en la que un ucraniano armado con un cóctel molotov puede inutilizar un tanque de doce millones de euros.

Seguro que en el entorno militar de Rusia están rodando cabezas, pero hasta llegar a la del propio Putin hay que escalar muchos peldaños en la jerarquía de esa hermosa nación que tanto me sorprendió cuando la conocí.

Ucrania caerá porque es imposible evitarlo, pero el prestigio del loco homicida también. Prestigio que ya nunca recuperará porque no habrá en el mundo nadie capaz de creer en su palabra y en sus buenos propósitos. Excepto Cuba, Venezuela y alguna que otra nación dirigida por dictadores falsarios disfrazados de demócratas, como el mismo Putin.

Y me permito terminar con este enlace con el discurso de Borrell. Un socialista de la vieja escuela, sin bandazos y claro, muy claro, exponiendo sus convicciones.

Democracia versus dictaduras.

El caso Ucrania pone en evidencia otra de las debilidades de la democracia, debilidad afortunada, por supuesto, pero evidente. Las democracias creemos en los derechos humanos, respetamos la vida humana y establecemos controles para que los gobernantes necesiten recabar autorizaciones para hacer según que cosas. Invadir países, por ejemplo.

Putin ha podido mover tropas como ha querido y ordenar lo que ha ordenado por su cuenta y riesgo, aunque haya disfrazado algunas de sus decisiones como consentidas por su parlamento de cartón. Parlamento que puede convocar en media hora con el orden del día que él indique y que aprobarán por unanimidad lo que él proponga.

A diferencia de las naciones democráticas en donde los gobernantes necesitan pasar filtros y respetar normas antes de aprobar medidas drásticas como la que nos ocupa. De hecho, la facultad de declarar una guerra, que es lo que ha hecho Putin, en España está reservada al Rey, único que puede hacerlo a propuesta del gobierno.

Y esta diferencia de condicionantes crea una brecha temporal inevitable en la toma de decisiones, por lo que un loco como Putin podría invadir Europa mientas cada una de sus naciones y la propia comunidad se toman su tiempo discutiendo si son galgos o podencos.

Repito que afortunadamente.

¿Cuál es la solución? Muy complicada, pero seguramente lo más eficaz y casi lo único que se puede hacer es lo que se está haciendo con Rusia: estrangularla económicamente, cerrando sus canales de acceso a los mercados exteriores, de forma que se resienta la economía del país y provoque una reacción de la ciudadanía. Y, por supuesto, bloquear o embargar todos los bienes de los dictadores y de los componentes de sus núcleos duros, siempre cuantiosos y “colocados” en países terceros.

Pero eso no es eficaz para evitar disparates como el de Ucrania si se aplican sobre hechos consumados. Hay que ponerlos em marcha cuando se ven síntomas evidentes de sus intenciones. En el caso de Rusia hace más de siete años, cuando empezó la operación de acoso a las regiones del este de Ucrania.

Ególatras históricos: Alejandro Magno, Napoleón, Hitler, Putin…

Putin ha seguido la hoja de ruta que había planeado hace años invadiendo Ucrania. Seguramente apurando el calendario porque el plan inicial, una vez absorbida Crimea, parecía ser anexionar las regiones del este por el procedimiento habitual de los malditos dictadores que quieren parecer libertadores: Convencer a una parte de la población de las maravillas de la patria rusa, completar la población con rusos reales, hacer la vida imposible a los ucranianos desafectos de Rusia para que se vayan o se resignen a ser ciudadanos de segunda, provocar que estas regiones pidan la independencia, reconocerla y apoyarlos miliarmente para proteger a “los pobres rusos” y pro rusos de esos lugares de la maldad de sus opresores ucranianos. De manual.

Pero esta vez ha dado un salto cualitativo y parece que, además de las regiones del este, tiene prisa por ocupar las del sur, incluida la ciudad de Odesa y su puerto, con lo que deja a Ucrania sin costa en el Mar Negro y, como consecuencia, cercada por todos los flancos y estrangulada en sus vías de salida al resto del mundo.

Espero que Estados Unidos y Europa sean tan contundentes como dice que serán y consigan con sanciones económicas y otras medidas, dejar a Rusia fuera de las finanzas y los mercados del resto del mundo. Incluido, si es posible, cortar cualquier posibilidad de acceder a las redes de internet del mundo libre para evitar pirateos, bloqueos y ataques de cualquier tipo.

Y lo lamentable es que no hay absolutamente ninguna razón que justifique semejante despropósito, invadir terceros países y causando muerte y destrucción, que no sea la egolatría de un enfermo de vanidad, Putin, que engrosa la lista de los otros grandes ególatras de la historia mundial, como Alejandro Magno, Napoleón o Hitler, pongo por caso.

Y, curiosamente, los cuatro han sido, como Putin, bajos de estatura, tan cortos de estatura como gigantes en vanidad. Y no es que ser bajo de estatura sea una deshonra, pero no deja de ser una curiosidad

Porque no eran, como no lo es Putin, los líderes de países amenazados por el hambre que necesitaban invadir para subsistir. Tampoco ninguno de ellos lo hizo porque el pueblo les empujara a hacerlo.

Todos han sido, como lo es Putin, enfermos de soberbia y con delirios de grandeza sin límites ni control. Verdaderos monstruos versados y tratados como grandes hombres por gente indigna de versar ni de glosar, que solo ven la punta deslumbrante de un enorme iceberg de muerte y destrucción. Muerte y destrucción inútil y despiadada.

Lo pienso ahora y lo pensé cuando vi el enorme esplendor de la tumba de Napoleón en la Iglesia de los Inválidos, en el Museo del Ejército de París. Restos colocados en seis féretros, uno dentro de otro, siendo los dos últimos de ébano y de porfirio rojo el exterior, el último visible.

Un hombre que, según la historia escrita por franceses, personifico la “grandeur” de Francia. Grandeza sustentada por cadáveres, como la de sus compañeros Alejandro Magno o Hitler y como será la de Putin si el tiempo y los rusos, que son los primeros que sufrirán las consecuencias, bien luchando y muriendo por una guerra absurda e injustificada, bien empobrecidos, faltos de productos del cada día y aislados de ese otro mundo que tanto gustan de visitar.

Y nosotros, ¿Cómo podemos ayudar al hundimiento de Putin? Apoyando las decisiones del gobierno dentro del marco de la Unión Europeo y de la OTAN y aguantando las consecuencias de las sanciones económicas que impondrán a Rusia sin quejarnos. Nos quejemos o no son inevitables, pero está claro que lo que a nosotros nos supondrá un aumento importante en el coste de materias primas, a ellos, a los rusos de a pie, les supondrá perder mucho más.  Que no deja de ser una forma de que vean que esos lujos del Klemlin, ese pasear ufano de su líder con pie de barro, tiene consecuencias.

Hay algo evidente: Rusia tiene un gran ejército, pero carece de los recursos económicos necesarios para soportar un conflicto armado por mucho tiempo. Y a China, aunque parezca aliada de Rusia, tampoco le interesa el conflicto si pasa de ser otra “Chechenia” a un enfrentamiento con el resto del mundo, por lo que puede ser un moderador conveniente o, simplemente, les abandonará a su suerte.

¿Díaz Ayuso en VOX?

A la vista de la dimensión de la brecha abierta en el PP, alguien ha planteado la posibilidad de que Díaz Ayuso se pasara a VOX.

Pues no creo que lo haga porque de lideresa indiscutible en un partido de gobierno, pasaría a ser una simple tránsfuga, demostrando que, como dicen que dijo Groucho Marx, “estos son mis principios y si no le gustan tengo otros”. Aunque en este caso más bien sería  “estos son mis principios y si no me interesa mantenerlos, tengo otros”.

Tránsfuga de partido como otros, tipo Gil Lázaro, que después de toda una vida de juramentos y adhesiones al PP, la primera vez que no le metieron en listas ni le dieron puestos de prestigio, vio la luz y se dio cuenta de que ese no era el partido de su vida. Mejor en VOX, donde está muy bien colocado en una de las vicepresidencias del Congreso.

Porque ni siquiera tendría el pretexto de Abascal y de parte del PP vasco, que dejaron el PP porque entendían que los gobiernos de su partido habían sido muy tolerantes con los herederos de ETA y poco comprometidos con las víctimas. Aunque es cierto que hubo formas diferentes de gestionar la desilusión: los desengañados con el partido, siendo del partido, dejaron la política, como ocurrió con María San Gil y tantos otros, mientras que otros, más cabreados o con más ego, cómo Abascal, fundaron VOX u otras plataformas con menos éxito.

Pero Díaz Ayuso solo puede alegar que cambia de partido porque se ha sentido atacada o poco valorada, no porque su partido haya cambiado de ideología o de objetivos políticos, por lo que no creo que tome esa decisión por la pérdida de imagen que le supondría.

Sus dos opciones son dimitir y dejar la política, o solucionar, dialogando con los inquilinos de la calle Génova, este entuerto que tanto daño está haciendo a su partido de toda la vida, el que la apoyó y el que la hizo candidata al puesto que ocupa y a ella misma.

Pero, como estamos en España, prever lo que pueda decidir es pura ciencia ficción. Y ahí no llego.

Lo cierto y real es que los dos grandes partidos que tanto hicieron por la democracia y la modernización de España, PSOE y PP, están seriamente dañados y es urgente, muy urgente, su regeneración para que sean alternativas reales de gobierno. Solos, con apoyos, o con pactos de gobierno, pero alternativa creíble.

Castilla y León, la gran encrucijada

Hemos tenido elecciones en esta comunidad y los resultados plantean una situación realmente interesante. Muy interesante. Son elecciones autonómicas, pero no hay ninguna duda de su inevitable proyección nacional, como demuestra el hecho de que el sanchismo esté tan volcado en valorar los resultados como lo estuvo en defender su opción política durante la campaña.

Cosechando un gran fracaso, dicho sea de paso, por mucho que el gobierno y sus potentísimos medios de comunicación afines, traten de dirigir el foco donde no corresponde.

El que el PP no haya conseguido una mayoría suficiente para gobernar en solitario, pese a su modesto avance, ha convertido a VOX en un participante incómodo, pero muy a tener en cuenta, dando pie al gran debate, tan artificial como tantos otros, de si es bueno o no que se forme un gobierno PP-VOX

¿Bueno para quién? ¿Para VOX? ¿Para el PP? ¿Para el gobierno de Castilla y León? ¿Para los castellanoleoneses? ¿Para España? ¿Para el sanchismo?

Porque desde foros exteriores a la propia comunidad, partidos interesados únicamente por sus  votos en las nuevas elecciones en clave nacional, pretenden condicionar el futuro inmediato de la comunidad, sin considerar los daños o beneficios que cualquier opción puede causar a los propios castellanoleoneses .

Y me explico.

Si nos limitamos al entorno objeto de las elecciones, la Comunidad Castellano Leonesa, los ciudadanos han votado lo que han votado: el partido más votado ha sido el PP y la mayoría de los votos han sido, con una notable diferencia, para las opciones “de derecha”. Es decir, parece que es voluntad inequívoca de los votantes que sea ese bloque el que gobierne la Comunidad los próximos años.

Pero eso es lo que dicen los votantes, los que deberían ser los que deciden cual debe ser el próximo gobierno y otra muy diferente lo que opinan los dirigentes de los diversos partidos, que se han apresurado a etiquetar a todo y a todos con el tradicional lenguaje populista y con etiquetas falsas.

Porque, en primer lugar y por mucho que se diga, VOX es un partido homologado que nunca ha hecho nada en contra de la Constitución ni contra las libertades. Ha manifestado ideas, eso sí, con muchas de las cuales estoy en completo desacuerdo, como su opinión sobre la Unión Europea, sobre la inmigración, sobre la España autonómica y alguna que otra de igual o menor calado, pero hacer, lo que se dice hacer, no ha hecho nada, en contra de lo que ha sucedido con algunos de los partidos que apoyan al gobierno actual, principal escandalizado por lo “que puede pasar”, acusados de sedición o de ser los herederos políticos de ETA.

Gobierno que, repito, se rasga las vestiduras y tilda de enorme catástrofe la posibilidad de que se forme un gobierno con el PP y VOX.

En segundo lugar, porque estamos hablando de una autonomía, no del gobierno de la nación, desde la que no se pueden dictar normas ni promulgar leyes que contradigan las del Estado. En una autonomía se gestiona y se regula, pero no se cambian ni recortan leyes estatales. Y puede ser bueno que VOX deje de torear desde la barrera y participe en conseguir el pan, la sanidad y tantas otras cosas del cada día para los castellanoleoneses, desde puestos de responsabilidad en lugar de pasarse el día diciendo “lo que harían” si pudieran.

Y en tercer lugar porque parece que los votantes, los únicos importantes en esta farsa, aunque parezcan el último mono, así lo han decidido. Con el agravante, o mejor el atenuante, de que, según los expertos, muchos de ellos han cambiado sus votos directamente desde Ciudadanos a VOX, lo que demuestra que no buscan tanto un determinado ideario, sino reforzar la idea de que sea un bloque conservador el que gestione su autonomía.

Porque, además, han barrido literalmente a Ciudadanos y a Podemos, entendiendo que solo son rémoras interesadas que no aportan nada al futuro de la comunidad.

Así pues, Señor Mañueco, haga lo que cree que debe hacer para garantizar una mejor gobernabilidad de su autonomía,  sin escuchar cantos de sirena ni las voces de los agoreros interesados. Ni siquiera si los cantos le llegan desde la calle Génova. No digo que vayan contra su partido, pero sí que negocien lo mejor para la autonomía.

Yo preferiría un gobierno PP-PSOE, otra posible mayoría mucho menos arriesgada, pero me temo que esa opción no entra en los planes inmediatos de Pedro Sánchez.

Y, muy especialmente, sin provocar una repetición de las elecciones que no harían más que empeorar la situación actual.

No a la guerra o la locura de Putin.

Supongo que los profesionales del “no a la guerra” se han quedado mudos porque no hay forma humana de hacer creer que la posible defensa de un pueblo invadido es una guerra contra el agresor. Aunque hemos visto y oído cosas más incomprensibles.

Lo que no tiene sentido, ninguno, es la actitud absurda de un dictador empeñado en resucitar a la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, llamándola la gran Rusia, aunque una cosa no tenga nada que ver con la otra ni en composición geográfica ni en estructura política,

Una URSS que se construyó atrayendo a unas naciones con futuros de grandeza o invadiendo a otras que no querían unirse, recordemos Hungría y tantas otras, exactamente igual que quiere hacer ahora con Ucrania. O quizás peor, porque Putin no habla de alianzas, sino de integración de la nación como una región más de la Rusia actual.

Repitiendo, casi paso por paso, lo que hizo en su día Hitler con sus locuras de la Gran Alemania y de la primacía de la raza aria sobre todas las demás. Putin no ha llegado todavía a ese punto, pero lleva camino de hacerlo.

Sacrificando a una nación que todavía está lejos de llegar a niveles de prosperidad deseables, no digamos de derechos y libertades de sus ciudadanos, dedicando muchos recursos, eso sí, para seguir siendo una potencia mundial en armamento y capacidad militar.

Pero hoy, en pleno siglo XXI y estando el mundo como está en avances y globalizaciones, no puedo por menos que preguntarme ¿quién es el enemigo actual de Rusia? ¿Quién puede tener la tentación de atacarles o invadirles? ¿Europa? ¿Estados Unidos?

He dicho en otras ocasiones que Rusia es de hecho una nación europea, aunque tenga parte de su territorio en Asia y que es en este continente en donde tiene que establecerse buscando un encaje apropiado y justo. Rusia no puede formar parte de la Unión Europea, claro que no, pero si que puede establecerse un estatus de relaciones comerciales y sociales similares a las de otras naciones del continente o del resto del mundo.

Porque lo que no son, de ninguna manera, es un enemigo militar. Pueden ser un competidor comercial, pero también un suministrador de materias primas y productos básicos que vendrían muy bien a nuestras naciones. Lo que nunca ocurrirá mientras existan personajes endiosados como Putin, que encarcela o elimina a sus adversarios políticos y que necesita inventarse enemigos externos para justificar sus desmanes armamentísticos, como hacen los otros tiranos disfrazados de demócratas en el continente americano y en otras regiones del planeta.

Yo he estado en Rusia en dos ocasiones y, aunque desconozco la forma de pensar de los rusos actuales por razones de idioma, he visto gente como la que hay en otros muchos rincones de nuestra Europa conocida. Gente acogedora que va y viene a sus tareas, con un aspecto más boyante en las grandes ciudades, mucho más atrasados socialmente en los pueblos del cauce del Volga. Gente acogedora a la que de ninguna manera deseo invadir y que no tienen pinta de querer invadirme. De venderme sus productos sí y de presumir de su pasado y de su cultura también. Exactamente como hacemos nosotros.

Gente que lleva en sus genes parte de los grandes escritores que me hicieron felices a lo largo de mi vida o de esos grandes músicos que me emocionan cada vez que los vuelvo a escuchar, incluso más, porque descubro nuevos matices en sus melodías. Un regusto especial.

Recuerdo que mi padre, que era Guardia Civil y con pocos recursos, tenía un modesto tocadiscos en el que ponía discos de compositores rusos, especialmente de Tchaikovsky y de Rimski-Kórsakov que, junto a las Czardas rusas o húngaras eran sus preferidos. Seguro que es de ahí de donde procede mi admiración por todos ellos, especialmente por mi mejor ruso, Tchaikovski, en todas sus formas musicales.

¿Guerras? ¿Invasiones? Contactos personales, comercio, literatura, música…

Los famosos partidos o gobiernos de derechas que nunca han existido.

Acabo de leer un resumen de la entrevista de Lola Herrero, excelente actriz donde las haya, en las que reafirma su ideología de izquierdas, cosa a la que tiene todo el derecho del mundo y que fundamenta en sus raíces familiares.

No es la primera vez que lo declara y, como no puede ser de otra manera, me parece bien, entre otras cosas porque una nación necesita contar con alternativas de gobierno para facilitar la alternancia o la amenaza de alternancia para estimular al bloque gobernante. 

Pero hay alguna cosa que me ha sorprendido y aprovecho la ocasión para aclarar hechos históricos y puntualizar alguna de sus manifestaciones.

En primer lugar y por mucho que se diga, ni ella ni yo hemos conocido gobiernos de derecha como los que se pintan en los estereotipos de la izquierda: retrógrados, minusvaloradores de la mujer, defensores de “los ricos”, explotadores de los trabajadores, etc.

Porque en España solo han gobernado partidos conservadores elegidos en urnas desde la llegada de la última democracia y en ellos han coexistido varias corrientes y ninguna de ellas extremista. Y el primero fue el de Adolfo Suarez. También hubo una derecha de pacto en el segundo bienio de la Segunda República, pero nada más.

Lo anterior no fueron “gobiernos de la derecha”. Porque, por mucho que se empeñen los que lo dicen y lo digan cuantas veces lo digan, fue una dictadura surgida de un golpe militar. Y como los militares no se rebelaron por ideología, sino por lo que ellos entendían como “defensa del orden”, una vez que terminó la guerra, Franco tuvo que inventarse una y de ahí lo de la “Falange Española, Tradicionalistas y de las JONS”, todos ellos partidos de derecha desconectados entre sí y ponerse una camisa azul con emblemas de los otros partidos cuando convenía.

Incluso en algún momento, los dirigentes de los partidos ensamblados por la dictadura y muy especialmente algunos de la Falange, manifestaron discrepancias con algunas medidas de los gobiernos de Franco y fueron objeto de alguna que otra purga.

Quiero aclarar mi opinión de que las fuerzas armadas, que basan su forma de ser en el honor, la disciplina y el orden, siempre han sido respetuosos con los gobiernos legalmente elegidos, siendo muy minoritarias las asonadas o las rebeliones, aunque, eso sí, siempre han tenido consecuencias políticas importantes, como el fin de las dos repúblicas. Lo singular de la de 1936 es que ha sido la que más tiempo ha mantenido el poder en la historia de España.

Es evidente que lo que convivió con la dictadura no fue una “derecha” política. Fueron grandes capitales que especularon y se enriquecieron más aprovechando las circunstancias. Porque el dinero, como los ejércitos y salvando las distancias, tampoco tiene ideología y podría convivir sin problemas con cualquiera, incluso con la Rusia de Putin o la China en desarrollo.

Así que, querida Lola y todos los que confunden la realidad con el deseo, que quede muy claro que en España no ha gobernado ningún partido de derechas que sirva de referencia al PP, a Ciudadanos, ni siquiera a VOX, o de los que sean sus “herederos”. Porque incluso este último, siendo el más extremo, tiene unos estatutos perfectamente compatibles con la democracia y han prometido o jurado defender la constitución y someterse a sus reglas.

Cosa que han hecho hasta el momento. No como otros, que han sido sentenciados por el Constitucional por tomar decisiones impropias de lo enmarcado por nuestra Carta Magna.

Y, por supuesto, nunca darán un golpe de estado, ni entrarán a caballo en el parlamento como se dice que hizo el general Pavía, el que dio un golpe de estado que acabó con la primera república, también para “terminar con los desórdenes” del país.

Como tampoco el hecho de que gobernara en Alemania un partido conservador liderado por nuestra gran valedora, Margaret Tacher, supuso ninguna nostalgia del nacismo ni que fuera su referencia.

Obviaré sus comentarios a la presidenta Ayuso, aunque me resultan un poco sorprendentes. Pero eso sí que forma parte de la libertad de opinión.  

En resumen y para evitar malos entendidos: En España solo han existido partido “de derecha”, democráticamente elegidos, en el segundo bienio de la primera República y los de Adolfo Suarez, Calvo Sotelo, José María Aznar y Mariano Rajoy.

Y todos ellos, junto a los del PSOE, han contribuido de forma muy evidente a la modernización y al progreso de España y al gran avance en libertades y en garantías sociales.

Ningún otro. Y tengo que manifestar que considero que todos estos, incluido VOX, son mucho más de fiar que algunos de izquierda, como Podemos, que nunca ha ocultado su ideología comunista y eso sí, el comunismo, es muy conocido por sus trágicas consecuencias en los países en los que ha gobernado y por su habilidad para conseguir el poder por medios democráticos y derivar hacia el totalitarismo. ¿Hablamos de Venezuela o de Nicaragua?

Conclusión: Solo gente poco informada o mal intencionada puede afirmar que los partidos conservadores actuales en España son herederos de “los anteriores”, aludiendo a la dictadura, porque son exactamente iguales que los conservadores de Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y de todos los países democráticos, excepto en Estados Unidos, donde los Republicanos parecen vivir en el pasado.

Francina Armengol y la política lingüística

Era una mañana sorprendentemente atractiva para pasear por el paseo marítimo, sobre la playa de la Concha, disfrutando de un sol inesperado y de las extraordinarias vistas de la bahía, no solo en ese día y con esa temperatura, sino siempre y en todas las circunstancias.

Francina Armengol, presidenta del gobierno balear, tenía unos días libres y había decidido aprovecharlos haciendo una escapada a Euskadi con su hijo para enseñarles las maravillas de esa comunidad.

Habían pasado un día feliz en un ambiente cordial, típico del pueblo vasco, siempre acogedor y colaborador con el visitante. Francina conocía San Sebastían, pero había necesitado hacer algunas preguntas, siempre en castellano porque no conocía el euskera, que le habían contestado con los buenos modos característico de la gente vasca. Incluso un señor los había acompañado a un museo próximo cuando le preguntaron por su dirección

Pero, de repente, el niño empezó a sentirse mal y parecía tener dificultades para respirar. Francina esperó unos minutos, pero viendo que el problema no se resolvía, más bien empeoraba, paró un taxi y pidió que los llevara al hospital más próximo. El taxista se percató que el asunto podía ser grave y después de un trayecto no muy largo realizado a buena velocidad, les dejó en la puerta de un hospital en la que había un cartel en el que se podía leer la palabra “Larrialdiak”.

Francina se dirigió a un mostrador de información en el que una joven sonriente y con tono tranquilizador, le preguntó:

— Egun on. Zer gertatzen zaio mutikoari?

La madre se quedó desconcertada y le contestó:

— No le entiendo nada. ¿Puede hablarme en castellano?

A lo que la enfermera que les atendía le contestó:

— Sentitzen dut baina Eusko Jaurlaritzak gure lanean euskara erabiltzera behartzen gaitu.

Francina Armengol, nerviosa y angustiada porque no entendía lo que le decían, se sentó en una silla junto a su hijo y rompió a llorar desconsoladamente.

Naturalmente todo esto es una ficción. Desconozco si Francina Armengol tiene hijos o si ha estado en San Sebastián, espero que sí, por su bien, ni tampoco estoy seguro, creo que no, que las normas lingüísticas para funcionarios sean tan estrictas en el País vasco. Pero la escena no es tan de ciencia ficción como parece. Puede darse.

Porque la señora Armengol, la presidenta, está dando instrucciones muy tajantes de que los funcionarios, incluidos médicos y personal sanitario, solo atiendan a los pacientes en catalán. Sin excepciones.

Tengo la absoluta seguridad de que en ningún lugar de España se reproducirá esta escena porque, por mucho que les digan, ningún médico mantendrá esa instrucción tan fuera de lugar, incluso con el riesgo de sufrir una sanción, pero eso, el obligar a que un idioma sea un arma política en lugar de un vehículo para la comunicación, es lo que está intentando Francina Armengol y otros dirigentes políticos de este país llamado España

Nuestra vicepresidenta guay y los trabalenguas conceptuales de nuestro presidente

La vicepresidenta Yolanda Díaz se nos desmelenó el otro día en un mitin de Podemos, del partido de los comunistas según reafirmó hace dos días el mismo Pablo Iglesias y anunció otra vez las medidas de gracia y bienestar que va a conseguir porque “están en el pacto de gobierno”.

Tengo que aclarar que el desmelene fue verbal, aunque sosegado según su estilo, porque desde el punto de vista estético estaba como suele de correcta, incluso con un punto de juventud rebelde con su minifalda, su blusa blanca y su pelo suelto. Suelto, que no desmelenado.

(¡Que buen gusto tiene o que buenos son sus asesores personales! Aunque tengo para mí que es más cosa suya)

Dicho lo cual, es lo de siempre en boca de comunistas sin poder, aunque sea vicepresidenta, ni responsabilidades reales de gobierno. Anunciar una Jauja de bienestares, y mensajes tópicos para el futuro inmediato y, especialmente, para “el día qué”

Porque no hay nada más bucólico y tierno que tomar un micrófono y prometer jornadas reducidas, subidas de las pensiones, subidas de los sueldos mínimos, subvenciones, pagas no contributivas, no aumentar la edad de jubilación y todo lo que se le ocurra, porque decirlo, a ella le sale gratis.

Y si un periodista le preguntara que cómo se iban a financiar todas esas cosas diría que esa no es su competencia. Que para eso está las ministras de hacienda. O el gobierno en pleno. Y si se viera muy apurada, volvería al lugar común de los comunistas del siglo XXI: subiendo los impuestos “de los ricos”.

Amiga mía, quizás sea demasiado joven y no ha conocido lo que es el llamado “socialismo real”, el comunismo, o no ha leído lo suficiente, porque u olvida o ignora que en los países comunistas nunca ha habido ricos para subirles los impuestos.

Decía Susanita, la amiga pija de Mafalda: “que suerte que haya pobres para poder hacer caridad”. Me temo que mi amiga, no me atrevo a llamarla la representante pija del comunismo, piense lo mismo, pero a la inversa: “que suerte que haya ricos para poder culparles de todo”.

He buscado en el diccionario de la RAE y no he encontrado ninguna definición que se acomode al “ser rico” de la vicepresidenta. Esperaré con paciencia la no llegada del caudillo revelado, todavía líder de Podemos, que dice que Pedro Sánchez debe negociar con Esquerra y con Bildu.

Y hablando de Pedro Sánchez, podemos pasar de la utopía de la vicepresidenta a esa insistencia suya en que somos incapaces de razonar o de interpretar adecuadamente los trabalenguas conceptuales a los que es tan aficionado.

Hoy ha anunciado la subida del salario mínimo argumentando que no se puede permitir que exista mucha gente en precario mientras hay empresas con muchos beneficios. No será la frase textual, pero, más o menos, es lo que he interpretado. Incluso puede que sea una frase de telediario sacada de contexto. Pero la trato como cierta porque ya hace días que se rumorea el tema, a modo de los terremotos que anunciaron la erupción del volcán de La Palma.

No puedo opinar sobre la subida del salario mínimo porque se trata de dos platos de una balanza muy difícil de equilibrar, sobre todo desconociendo los datos.

Que hay gente con problemas que necesitan soluciones, sin ninguna duda. No creo que haya un solo español que le lleve la contraria. Pero apoyarse en el argumento de que hay empresas con muchos beneficios para subir el salario mínimo no tiene ningún sentido ni existe ninguna relación. Es, simplemente, una de tantas frases con esa voz impostada de decir la verdad a las que nos tiene acostumbrado.

En una economía liberal, señor Sánchez, las empresas se crean para obtener beneficios y si alguna tiene la suerte de ganar mucho, mejor que mejor. Y si se quieren evitar excesos, lo legal es definir un programa y una política fiscal adecuada en el que figuren claramente las reglas del juego. Nunca con un “exprópiese” venezolano, insensato e ilegal que ni podrá aplicarse en España ni lo permitiría la Comunidad Europea.

El salario mínimo, señor Sanchez, se le va a subir a todos los empleados, repito a todos los empleados, o a los que están en espera de ser empleados por empresas, repito empresas, entre las cuales hay muchas que no solo no tienen grandes beneficios, sino que están en la cuerda floja y esta medida les dificultará más emplear a gente, Resultado: más economía sumergida y más picaresca y malas prácticas en la contratación.

Pero sonar, de cara a su galería ¿a que suena bien? Y mi gran pregunta es: ¿de verdad se cree “su galería” todas las sandeces e incongruencias de nuestro presidente? Porque a algunos los tengo por inteligentes. Incluso muy inteligentes.

Si hubieran ganado “los buenos” hace 82 años.

Por fin, después de leer y escuchar tantas cosas y tan graves, en buena parte reales, sobre la represión después de la maldita guerra civil, me han convencido del gran error, la broma de mal gusto que nos jugó la historia haciendo que ganaran los sublevados.

Porque, ahora estoy seguro, de haber ganado el bando republicano, todo hubiera sido una balsa de aceite. Un mundo de amor y perdón en el que los vencedores habrían recibido a los vencidos con aplausos y ofreciéndoles tabaco para fumar, vino para beber, pan para comer y un abrazo para perdonar.  

Lister, el Campesino y los generales de la guerra habrían ordenado a sus tropas que recibieran con abrazos a los que habían sido sus enemigos y les manifestaran comprensión y afecto. Actitud que solo superarían los batallones anarquistas que antes les habían combatido a sangre y fuego.

Los responsables de las muchas checas que se abrieron por toda la geografía nacional habrían liberado de inmediato a los detenidos y localizarían a los familiares de los que habían asesinado para indicarles en qué lugar les habían enterrado y poder así recuperar sus cuerpos.

Los que antes sacaban de sus casas a los muy peligrosos enemigos de la patria para fusilarles en alguna cuneta, se dedicarían a trasladar a los vencidos a sus pueblos para que pudieran reunirse con sus familias.

Ningún juicio sumarísimo, ningún fusilamiento, ninguna represión, ninguna causa general. Ningún prisionero para construir carreteras o “valles de los caídos”.

El día de la victoria hubiera sido el de la auténtica paz, el de demostrar al mundo que la reconciliación es posible y que, por fin, un bando vencedor lo había demostrado con hechos.

Naturalmente esto es una ficción dramática y triste. Ficción que no pretende más que afirmar que no, que el mundo de las posguerras no está compuesto de buenos y malos, solo de vencedores y vencidos. Y que los vencedores siempre son crueles. Puede que unos más que otros, pero lo son más los que también lo fueron durante las guerras.

Maldita sea. Estoy harto, muy harto, que se continue demonizando y/o santificando a unos u otros según una visión ideológica, casi irracional de hechos que nunca debieron producirse y en el que participaron seres humanos, la mayoría forzados a hacerlo, que ni la causaron, ni la quisieron y en las que no se les había pedido nada. Relato que, en algunos casos, demasiados, solo obedece a campañas de marketing que pretenden beneficiar a determinados partidos políticos, partidos carroñeros, con relatos falsos o exagerados de algo que sucedió cuando casi nadie de los protagonistas vive en la actualidad.

Hace ¡ochenta y dos años que terminó! y todavía continúa la matraca de los empeñados en que solo unos fueron los malos y que, además, lo fueron hasta unos niveles de crueldad desconocidos hasta el momento. Y que los otros, los sufridores, los que perdieron eran buenos y defendían causas románticas y luchaban por nuestras libertades.

Y es cierto que hay relatos reales de hechos sucedidos, pero, curiosamente, solo se refieren a uno de los bandos contendientes. Como si “en el otro lado” no hubiera ocurrido nada punible, nada condenable.

Váyanse a paseo. ¡claro que los vencidos eran buenos! Pero no lo fueron quienes les obligaron a salir de sus pueblos para empuñar fusiles que no querían empuñar y matar a enemigos que ni lo eran ni nunca lo habían sido.

Comentario que, estoy seguro, no servirá de nada. Pero, al menos, permítanme el desahogo.